
Modesta pero emotiva puesta de Verdi
Opera "Il Corsaro", de Giuseppe Verdi. Libreto de Francesco María Piave basado en el poema homónimo de Lord Byron. Intérpretes: Juan Carlos Valls Corrado); Claudia Arce (Gulnara); Edith Villalba (Medora), Leonardo López Linares (Seid); Sebastiano de Filippi (Giovanni); Fernando Nuñez (Selim); Norberto Lara (Esclavo). Puesta escénica e iluminación: Eduardo Casullo. Coreografía: Yamil Ostrovsky. Coro del Centro Cultural Italiano y del Conservatorio Provincial de San Pedro, preparados por Leonardo San Juan y Mauricio Cimini, respectivamente. Orquesta Sinfónica Municipal. Director: Roberto Luvini. Producción de la Subsecretaría de Cultura del Gobierno Municipal de Avellaneda. Teatro Roma. Nuestra opinión: bueno
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Con el estreno de "Il corsaro" en el teatro Roma, de Avellaneda, la deuda de conocer todas las óperas de Verdi se redujo a tres títulos: "Un giorno di regno", "Alzira" y "Stiffelio".
El compositor adquirió en su juventud mucha popularidad como consecuencia de su talento, su amor por la tierra natal y su temple, puestos de manifiesto con el éxito de su primera ópera, "Oberto", y la inmediata muerte de sus hijos y esposa, casi simultáneamente con el fracaso de "Un giorno di regmo", su segunda obra.
Durante el período histórico del Risorgimento (1820-1870) y más concretamente entre 1840 y 1849, época del fermento revolucionario que condujo a la unificación de Italia, Verdi se transformó en un símbolo de ideales políticos y sociales a partir de "Nabucco". Libreto en el que abundan conspiraciones, asesinatos políticos y exhortaciones contra la tiranía, manifestados por medio de un vibrante y apasionado impulso melódico, fue interpretado como un mensaje al pueblo que compartía su pensamiento. Nada más gráfico que los graffiti pintados por las calles de Milán, con "Verdi" como sigla que significaba: " Vittorio Emanuele Re Di Italia ", quizás una voz de mando para los patriotas de Italia.
Y luego verían la luz "I Lombardi", "Ernani", "I duo Foscari", "Giovanna d´Arco", "Alzira", "Attila", "Macbeth", "I Masnadieri", "La battaglia di Legnano" y asimismo "Il corsaro", ejemplos primeros de una galería que, como escribió Ildebrando Pizzetti, "fueron expresadas en un lenguaje que volviéndose cada vez más rico y variado (cada título de Verdi tiene una misteriosa identificación sonora), permaneció siempre, profunda e intransigentemente italiano y por eso pudo ser y continuará siendo escuchado en todo el mundo como lenguaje universal".
Genio desde la cuna
El poema "The Corsair", de Byron, de tendencia romántica y aventurera se había hecho popular en Italia por sus alusiones a la lucha por la independencia griega y por los ecos que provocaba la asociación del protagonista con Garibaldi, que había realizado expediciones marinas a América del Sur. Proyecto que Verdi quiso llevar a cabo de una forma más profunda, pero que abandonó estando en París.
Por lo tanto, surgió un título llevado a cabo en corto tiempo, pero no menos atractivo que otras obras de la primera forma de composición, con una historia romántica entre, aventurera y truculenta, con una joven llamada Medora (soprano), doliente amada de Corrado (tenor), un corsario griego que logra infiltrarse en el campo de los turcos comandados por el Pashá Seid (barítono), pero que es herido y condenado a muerte, y la favorita del turco, Gulnara (soprano absoluta), capaz de asesinar a su amo, salvar al joven y huir con él. La historia concluye con Medora, que se envenena por creer muerto a Corrado. Este, al saberlo, se suicida arrojándose al mar. Los gritos de Gulnara y el asombro de los presentes permitieron al autor un cierre impactante con coro mixto, brillo vocal y a toda orquesta.
La partitura posee subyugante inspiración melódica (es claro el conocimiento que Verdi tuvo de Rossini, por la semejanza de la orquestación con "Maometto II", en el aria de soprano con predominio de arpa y flautas), esplendoroso tratamiento vocal, bellas arias, escenas de conjunto, rico colorido para dar la atmósfera oriental, tal como lograría años después en "Aida", afirmación de genio incorporado desde la cuna.
Entusiasmo y amor
La versión ofrecida tuvo en el tenor uruguayo Juan Carlos Valls a un protagonista de voz sonora y buena estampa en la escena; a un Seid poco menos que ideal en la composición del personaje a cargo de Leonardo López Linares cada día más aplomado en la línea de canto y decir; a Claudia Arce, de agraciada figura y dotada de buen material sonoro y valentía para afrontar las exigencias de Gulnara, y a la soprano Edith Villalba, convincente para transmitir el tono doliente y desesperanzado de Medora. Pero también fue audible la debilidad del conjunto coral, con pocos graves y ajuste. El director musical Roberto Luvini acertó con los tempi e impronta del discurso verdiano, pero no pudo evitar pasajes instrumentales y aun vocales de los solistas, de vacilante afinación, aspecto que seguramente ha de mejorar en las próximas representaciones cuando todos no sufran la presión de un estreno.
En cambio, y a pesar de los modestos recursos de espacio y elementos, el trabajo del régisseur Eduardo Casullo, mostró ideas ingeniosas para crear una ambientación creíble, buena utilización de los escasos espacios y una iluminación mucho más rica en efectos de los hasta ahora vistos en el Roma, que por otra parte incorporó por primera vez un equipo de traducción del texto, proyectada sobre el fondo del decorado.
Con modestia, pero con mucho amor por la ópera, todo el elenco y los muchos colaboradores invisibles, a pesar de las debilidades apuntadas, concretaron un enriquecedor aporte. Nuevas funciones estarán a cargo de Gerardo Marandini, Marcela Paturlann, Enrique Gibert Mella y Myrian Tocker, en los personajes centrales.
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