Mucho ruido y pocas nueces
"Amor latino", telenovela protagonizada por Coraima Torres, Diego Ramos, Ana Claudia Talancón, Mario Cimarro y Dora Baret. Elenco: Arturo Maly, Gino Renni, Martin Karpan, Osvaldo Guidi, Edward Nutkiewicz, Cecilia Narova y otros. Autores: Enrique Torres y Raúl Lecouna. Dirección de arte: Celina Amadeo. Iluminación: Walter D´Ilela. Sonido: Hugo García. Producción ejecutiva: Sofía Izaguirre. Dirección integral: Nicolás Del Boca. Una realización de Raúl Lecouna. Lunes a viernes, a las 20, por Azul TV. Nuestra opinión: Regular .
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"Amor latino" no es una telenovela. Tampoco es una comedia. Esta es la cuestión. Hace casi treinta años, Alberto Migré inventó "Pobre diabla", un teleteatro -tal como él solía hacer decir- en el que Soledad Silveyra y Arnaldo André se pasaron los primeros meses haciéndose la vida imposible. Ella era una vendedora de café que se había casado con un millonario que, sabiéndose enfermo, había planeado que ella fuera su heredera. El otro secreto heredero: Arnaldo André, un hijo no reconocido de ese millonario. En el medio, parientes que defendían mezquindades.
Para sobrevivir al impacto de ser una intrusa, Marcela Morelli de Mejías Guzmán (Silveyra) hizo muchas locuras, como intercambiar identidades con su mejor amiga, interpretada por Mabel Pesén. Esa telenovela tuvo personajes inolvidables, como el de China Zorrilla en el papel de la señora Morelli ("Mamita sabe"), e hizo reír a muchos argentinos con escenas como aquella en la que Silveyra y André se dividían la mansión por la mitad con una cuerda.
Mezclados, pero no juntos
"Amor latino", que parte de las andanzas de dos pilotos de aviación mujeriegos, quiere recorrer el mismo camino que "Pobre diabla", pero por ahora no puede. ¿Qué tiene para cumplir sus objetivos? Una dirección precisa, una buena escenografía, un elenco de actores con matices y personajes bien delineados: Paloma Domeq, una señora delirante muy bien interpretada por Dora Baret hasta el detalle de un nervioso pañuelito en su mano; Andrea Lucchino (Gino Renni), un piloto obsesionado por la limpieza; Nicanor Fernández (Osvaldo Guidi), un empleado adicto a la pornografía y enamorado de Paloma, y Clotilde, una mucama bailarina clásica.
¿Qué le falta? Para empezar, un buen libro que no sólo propicie gags, que esos gags no siempre terminen con un beso, y que esos pasos de comedia tengan sentido en una historia. Es decir, los enredos se producen pero no terminan de funcionar porque no hay una situación dramática de base que los justifique.
Cuando Silveyra y André se dividían la mansión, la escena era en sí misma graciosa, pero el televidente podía apreciarla desde otras perspectivas: sabía quiénes eran (viuda e hijo), qué se disputaban (una herencia), qué representaba -por sus modestos orígenes- en sus vidas (ascenso y reconocimiento social) y por qué se peleaban (atracción sexual/amor/odio). En "Pobre diabla" la comedia nacía de un nudo dramático concreto.
En "Amor latino" se pretende lo inverso: que los elementos de comedia sean autosuficientes hasta que llegue la historia. Porque no aparece, por ahora, un conflicto -o una serie de ellos- que le dé complejidad al relato: existe una pelea por la presidencia de la empresa en la que los protagonistas están involucrados superficialmente; Leandro Villegas (Arturo Maly) oculta ser el padre de Rosita, la secretaria de su hija reconocida; se suma un novio trepador (Martín Karpan) que desea acceder a la titularidad de la compañía casándose con Marina Villegas. Y no hay mucho más para agregar.
Cuatro no es más que dos
¿Qué otra cosa le falta a "Amor latino"? Actores protagónicos que transiten la comedia sin quedar heridos de sobreactuación con gritos a falta de expresividad y con sacudidas de cabeza que suplen la ausencia de intensidad. Tal es el caso de Coraima Torres (Rosita Reyes), Diego Ramos (Fernando Domeq), Ana Claudia Talancón (Marina Villegas) y Mario Cimarro (Nacho Domeq). Los cuatro, quien más quien menos, hacen sus esfuerzos, pero la suma no es equivalente a una sólida pareja protagónica. A la falta de historia -es decir, de conflicto- y a la debilidad del plantel protagónico, se suma cierta inmovilidad. A pesar de que "Amor latino" tiene una escenografía multiplicadora (las habitaciones en la mansión Domecq, los ambientes del departamento de Andrea, las oficinas), son pocos los momentos en que el guión aprovecha las puertas para los enredos o las proximidades para concatenar escenas, por poner dos ejemplos.
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