Muller fue el referente rosarino del folklore
La semana pasada, la muerte del compositor Chacho Muller entristeció al ambiente cultural rosarino. Las radios de esa ciudad se plegaron durante toda la semana a diferentes homenajes hacia uno de los iconos musicales más importantes de Rosario. Pero, a pesar de ello, en los últimos días amigos y músicos comenzaron a movilizarse para que no se remate la casa donde vivía junto a su mujer, Vilma.
Muller tenía 71 años y una decena de obras monumentales -dentro de la música de raíz folklórica- dedicadas a esa geografía costera de la que nunca se quiso ir. El pianista nació en Rosario, ciudad en la que vivió toda su vida, desarrolló su revelador estilo musical y poético y donde murió el martes pasado víctima de un cáncer de colon.
La noticia tardía de su fallecimiento también respondió, de alguna manera, a su condición de músico oculto. "Nunca se quiso mover de Rosario y creo que en Buenos Aires no habría podido sobrevivir", afirma la cantante entrerriana Liliana Herrero.
"Ay Soledad", "Creciente abajo", "Monedas de sol", "La isla" o "Juancito en la siesta" forman parte de esas piezas insuperables que fueron interpretadas por decenas de artistas como Mercedes Sosa, Los Trovadores, Daniel Toro, Jorge Fandermole o Raúl Carnota. "Su condición autoral es impecable y fue uno de los primeros en salirse del libreto, porque era un tipo que seguramente anduvo por el jazz -cuenta Carnota-. Pero a la vez era tan desconocido para el público como el Cuchi y Castilla, Nella Castro y tantos otros tipos cuyas obras son más conocidas que ellos mismos."
Su obra recibió el halago del propio Atahualpa Yupanqui, que le dijo: "Si alguna vez no llega a componer más nada en su vida, cosa que dudo, con el tema "La isla" ya cumplió". La anécdota que retrata el valor de Chacho Muller, quedó plasmada en el sobre interno de "Monedas de sol", el último disco que el músico había grabado en Rosario. Paradójicamente, el segundo en toda su trayectoria.
Anecdotario rosarino
Muller era un declarado antiperonista, insobornable amigo y exquisito anfitrión. Toda la vanguardia folklórica de la década del sesenta pasó por su casa. Famosas son las anécdotas cada vez que invitaba a pasear a los artistas en su bote. Una vez, con Mercedes Sosa, Daniel Toro y otros ilustres músicos, bromeó: "Si el barco se hunde desaparece medio país folklórico". Y ya forma parte del imaginario rosarino aquel episodio en el cual se llevó a pasear a los integrantes de la Sinfónica de Moscú, que había llegado para actuar en Rosario, y terminaron en su casa comiendo los dorados que habían pescado en el río.
El músico que aprendió a tocar el piano a los cinco años y la guitarra a los catorce se convirtió con el tiempo en uno de los autores más completos de la canción litoraleña. Pero a pesar de eso, no gozaba del reconocimiento merecido. En los últimos años, Muller actuaba en recitales ocasionales -en marzo actuó por última vez-, pero andaba mal económicamente. "Cacho en realidad vivía de la carpintería, tenía un tallercito en el fondo y con eso comía. Pero tuvo que dejarlo a causa de su enfermedad".
Su casa se puso a remate en la última semana y algunos amigos se movilizaron para que su compañera de toda la vida, que tiene problemas de salud, no quedara desamparada.
Pero todos los males con los que el músico "isleño" tenía que convivir se le olvidaban cuando se sentaba al piano. Chacho Muller compuso hasta los últimos días de su vida. "Fue un tipo que no pasó en vano por la tierra -afirma Carnota-. Hizo cosas con una poética que van a quedar mas allá del transcurso de su vida. En una época donde la tendencia compositiva es el vuelo rasante de perdiz, Chacho Muller perteneció a una generación de cóndores."





