50 años de Woodstock: lo que hay que saber... y lo que seguro no sabías

Una imagen de la multitud que protagonizó Woodstock, el gran festival de la generación hippie
Una imagen de la multitud que protagonizó Woodstock, el gran festival de la generación hippie Fuente: Archivo - Crédito: AP
Martín Graziano
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15 de agosto de 2019  • 00:01

Entre el 15 y el 17 de agosto de 1969, la generación de Acuario alcanzó su propio cenit con el Festival de música y arte de Woodstock: tres jornadas donde, frente a la estupefacción de todo el planeta, se cristalizó el vértigo de una nación alternativa.

Cinco cosas que hay que saber

Paz, amor y números

Técnicamente, los tres días del Festival de Música y Arte de Woodstock fueron cuatro: 15, 16, 17 y la larga madrugada del 18 de agosto de 1969. El combo tenía un valor de dieciocho dólares por anticipado (a la venta en las disquerías de Nueva York o por correo a través de una casilla postal del Radio City Station Post Office de Manhattan) y unos veinticuatro en la puerta. Si es que podemos considerar la posibilidad de una puerta.

En fotos. Festival de Woodstock: a 50 años de un evento incomparable

Tocaron treinta y dos números artísticos. Nueve de cada diez personas fumaron marihuana y, según los reportes policiales, tan solo treinta y tres fueron detenidas por razones vinculadas a las drogas. Aunque se habían garantizado no más de cincuenta mil personas para mantener a raya la suspicacia de los pobladores de la zona, asistieron unas cuatrocientas mil con entradas y -aunque no hay forma de confirmar el número- unas cien mil más sin sus correspondientes tickets.

Medio millón de personas acampando en el corazón de los Estados Unidos, entregadas al vértigo de una nación alternativa, aún hoy resultan un número inocultable. Sobre todo si cada uno de los componentes de ese medio millón estaba de acuerdo en dos términos del gran plebiscito ético de los sesenta: paz y amor.

Annie Birch, una asistente al festival
Annie Birch, una asistente al festival Fuente: Archivo - Crédito: Colección personal de Annie Birch

Las declinaciones

Los Rolling Stones fueron convocados pero tuvieron que responder negativamente porque Mick Jagger estaba en Australia filmando Ned Kelly y, por su lado, Anita Pallemberg y Keith Richards estaban recibiendo a su hijo Marlon. El Jeff Beck Group se separó casi exactamente con la invitación y tanto los Byrds como The Doors subestimaron la escala del festival. Led Zeppelin ya tenía programada una serie de conciertos americanos y, aunque estaban a unos pocos kilómetros de distancia, Simon & Garfunkel se encontraban en los estudios neoyorquinos de Columbia produciendo el clásico Bridge Over Troubled Waters.

Jethro Tull y los Mothers of Invention de Frank Zappa, por su parte, nunca sintonizaron demasiado con el ala más radical del hippismo. "Había demasiado barro. -dijo el bigotudo-. Nos invitaron, pero dijimos que no". La declinación más célebre, sin embargo, fue la de Bob Dylan. Instalado en el pueblo de Woodstock desde su misterioso accidente de motocicleta, el trovador de Minesotta se inclinó por el festival de la Isla de Wight (dos semanas más tarde) y no dejó de quejarse por la invasión de hippies que estropeaba los jardines de su paz familiar.

Los conciertos

Demorados por la policía, la apertura de Sweetwater se canceló y los organizadores corrieron en busca de Richie Havens. El cantautor de Brooklyn no paniqueó. Subió al escenario con una túnica naranja y, frente a quinientas mil personas expectantes, se tomó su tiempo para afinar. Luego se desató una lluvia que Ravi Shankar aprovechó para meditar sobre su sitar y la Incredible String Band para postergar su show. El cierre de la primera jornada marcó los centros cardinales: en el punto crítico de su adicción a la heroína, Tim Hardin apenas sí pudo interpretar dos canciones; en el punto crítico de su embarazo, Joan Baez cantó "We Shall Overcome".

Al día siguiente, mientras el público se revolcaba en el barro, Country Joe McDonald ofreció su set acústico y Santana desató la fiebre. Aunque no estaba previsto en la grilla, John Sebastian (ex Loovin Spoonful) andaba dando vueltas por el backstage. Cuando le propusieron subir al escenario, no lo dudó ni un segundo. La programación seguía con jamón estrictamente del medio: Creedence, Janis Joplin, Sly & The Family Stone, The Who, CSNY, The Band y Jefferson Airplane. La dimensión masiva, la película y su soundtrack, le otorgaron status de leyenda a algunas de las performances. Su poder fue tan apabullante que, en algunos casos, algunos artistas no pudieron escapar nunca de la sombra proyectada. Joe Cocker es, de algún modo, el caso paradigmático.

El himno según Hendrix

Visto con cierta perspectiva, todo salió mal. Programado como el grand finale, la grilla se demoró tanto que Hendrix pisó el escenario a las nueve de la mañana. Para entonces, buena parte del público se había ido (quedaban "solo" doscientas mil personas) y la multitud se veía exhausta y confundida. El presentador dijo The Jimi Hendrix Experience pero, como corrigió el zurdo de Seattle, se trataba de Jimi Hendrix and Gypsy Sun & Rainbows: un sexteto a mitad de camino entre Experience (estaba Mitch Mitchell) y la Band of Gypsies (estaba Billy Cox), que tenía solo dos ensayos encima.

Pusieron a prueba la tolerancia con varios temas nuevos ("Message to Love", "Jam Back at the House", "Izabella" y "Villanova Junction") y, a pesar de los esfuerzos del guitarrista Larry Lee y los percusionistas, en la mezcla se escuchaban apenas como trío. Sin embargo, todo ese vía crucis habría valido la pena por la versión de "The Star Spangled Banner", donde Hendrix llevó a límites insospechados las capacidades expresivas de su Strato blanca. Una versión instrumental del himno norteamericano donde, con la asistencia del feedback y la palanca de trémolo, reconstruyó una escena de horror bélico (bombas, aviones, aullidos) en medio de la guerra de Vietnam. Una intervención situacionista en el crepúsculo de los sesenta.

La canción

Atrapada en un compromiso con The Dick Cavett Show, Joni Mitchell también debió declinar su invitación al festival. La canadiense, sin embargo, siguió la cobertura minuto a minuto. Extática frente a la televisión, habló de "un chispazo de belleza" y se sentó frente al piano para componer su propia celebración. Publicada en Ladies of the Canyon y catapultada por la versión incendiaria de Crosby, Stills, Nash & Young, "Woodstock" cifró el espíritu de la Era de Acuario en un estribillo whitmaniano: "Somos polvo de estrellas, somos dorados / Y tenemos que encontrar / nuestro camino de regreso al jardín".

Cinco cosas que tal vez no sabías

No fue en Woodstock

Aunque se promovió como un festival en las inmediaciones del pequeño pueblo de Woodstock, el promotor Michael Lang (junto a los productores ejecutivos: Joel Rosenman y John P. Roberts) se topó con unas cuantas dificultades. Los pobladores del condado de Ulster se opusieron a la celebración dionisíaca: primero en Wallkill y luego en Saugerties. Con el estreno de Easy Rider ( Busco mi destino) en mente, no es difícil entender las razones. Providencialmente, el escritor Elliot Tiber contactó a los organizadores con Max Yasgur: un granjero de Bethel, condado de Sullivan, que tenía una propiedad de 240 hectáreas destinada a la producción de leche y alfalfa. Los pobladores montaron en cólera ("No compren leche / Detengan el Festival Hippie de Max"), pero los organizadores pusieron setenta y cinco mil dólares sobre la mesa y garantizaron no más de cincuenta mil personas. Alto chasco.

Gente nace y gente muere

Aunque su auge y caída se limitara a tres días y medio, esa nación espontánea movió la aguja de su propia demografía. Tal como fueron reportadas, durante el festival se produjeron tres muertes: una sobredosis de heroína, una ruptura de apéndice y un accidente vial que involucró un tractor y un muchacho dormido sobre el suelo. Se desconoce la magnitud de la población concebida y, según la leyenda, también hubo alumbramientos. "Sabemos que ha nacido un niño de una madre que viajaba al festival en helicóptero -dijo John Sebastian frente a la multitud, en un alto de su concierto-. Y otro que nació en un atasco cerca del recinto". Los nacimientos nunca fueron apuntados oficialmente y la identidad de esos niños adquirió espesor de mito. En su novela Esperanto, el escritor Rodrigo Fresán aprovechó todo ese caudal literario para crear un personaje llamado, justamente, Woodstock Baby.

La conexión argentina

Aunque la crónica ubica su estreno local en la inauguración del cine América de avenida Callao, la película Woodstock está asociada al Ritz en cada corazón hippie argentino. Allí, durante las trasnoches de sábado de los tempranos setenta, una pequeña multitud de pelilargos hacían fila desde Cabildo hacia Olleros. Una ceremonia de iniciación y, al mismo tiempo, un rito semanal. Poco después, mientras el cantito tribal bajo la lluvia devenía en obligado de cada recital del rock, los argentinos accedieron a su propia réplica sísmica: el 10, 11 y 12 de agosto, con funciones llenas en el Luna Park, Joe Cocker cantó su icónica versión de "With a Little Help from my Friends". Desde el backstage, su manager esbozaba una sonrisa. Era el mismísimo Michael Lang: alma páter de Woodstock.

El granjero

Exactamente un año después del festival, algunos empresarios se acercaron para alquilar nuevamente la propiedad. Lacónicamente, Max Yasgur declinó la oferta con una frase para marcar con flúo: "hasta donde sé, yo soy un granjero". Para entonces, Yasgur tenía cincuenta años y arrastraba sus problemas coronarios desde mucho tiempo atrás. Murió en 1973 y se llevó a la tumba su verdadera opinión sobre Woodstock. Sabemos que era un republicano decidido y que estaba a favor de la Guerra de Vietnam, aunque también objetaba la intolerancia de rednecks o meros squares. "Si la distancia generacional se tiene que cerrar -dijo, en una oportunidad-, nosotros los viejos tenemos que hacer más de lo que hemos hecho".

Nick y Bobbi

Retratados hacia el infinito y más allá, la pareja de enamorados que protagoniza el célebre afiche de la película ni siquiera adivinó al fotógrafo. Estaban, como pedía su propia generación, entregados al momento. Arropados por una manta en el amanecer: muertos de amor y de frío. Nick Ercoline y Bobbi Kelly se habían conocido seis meses antes del festival y, si bien atendían las grandes demandas culturales de su tiempo, jamás habían siquiera probado el LSD. Solo eran dos muchachos de veinte años que vivían con sus familias y trataban de abrirse paso con trabajos mal pagos. "Nada, no recuerdo absolutamente nada -dice Nick, sobre la fotografía-. Ni yo ni ella. Fue simplemente abrazarla. Y esa pose la puedes presenciar todas las mañanas en mi cocina, en nuestro dormitorio, en las noches antes de irnos a la cama o cuando nos levantamos. Ahí nos damos un abrazo y un beso, igual que esa vez".

Nick Ercoline y Bobbi Kelly, los dos jóvenes del afiche, lanzaron su abrazo hacia la eternidad. Todavía están juntos.

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