Allegro

Pablo Kohan
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24 de diciembre de 2009  

Gounod y una extraña guerra de sombreros

Día tras día se multiplican los inventos y pareciera que todo puede llegar a ser ideado. Sin embargo, no hay ninguna máquina o adminículo que otorgue certezas sobre la recepción que habrá de tener una novedad cultural. Tras un estreno pueden llegar la fama y el éxito o la indiferencia y, mucho peor, el rechazo más cruel. Antes del estreno de Fausto , en 1859, Antoine de Choudens, un hábil editor de París, le acercó a Charles Gounod una oferta para que cediera los derechos de publicación de la ópera. Sin ser una suma rutilante, los quince mil francos aparecieron demasiado tentadores y el compositor firmó el contrato de cesión. Sabido es, el Fausto de Gounod fue, hasta la aparición de Carmen , en 1875, la ópera francesa más interpretada. La ópera fue una proveedora inagotable de dineros que iban, en su totalidad, hacia las arcas del editor. En cierta oportunidad, Choudens vio por las calles de París al gran Gounod, usando un sombrero un tanto ruinoso, que hasta un remiendo lucía. Definitivamente, ese atuendo no era decoroso para el creador de Fausto . Ante el asombro de Choudens, con algo de amargura, le dijo: "Este es mi sombrero Fausto". Con todo, Gounod nunca le planteó una reconsideración del trato, sobre todo porque el editor continuó publicando las obras de Gounod, las que, como también es sabido, no repitieron la performance de Fausto . Una de esas óperas de pobre historia fue Le tribut de Zamora , de 1881. Poco tiempo después de la edición de la partitura, sólo comprada por algunos desprevenidos, Gounod lo vio a Choudens con algo indistinguible y aparatoso sobre su cabeza. La aclaración de Choudens, mascullada en silencio durante años, fue obvia: "¿Qué mira, Gounod? ¿No es claro que éste es mi sombrero Zamora?".

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