Cualquier argentino sabe cuál es la velocidad aceptable, y por lo tanto, "correcta", para "La cumparsita" o para "Aurora". La tradición y el conocimiento de los códigos, entre otros muchos factores culturales más, así lo establecen. Pero la elección del tempo es mucho más compleja cuando la obra por ser llevada adelante ha sido escrita por un compositor y su recreación debe efectuarse desde una partitura. Las cuestiones interpretativas, siempre sujetas a opinión, implican también la determinación de un tempo. Para aportar una solución y establecer fehacientemente a qué velocidad debía ser ejecutada una obra, hacia 1812, el holandés Dietrich Winkel inventó el metrónomo. La novedad fue patentada por Johannes Maelzel y el pequeño aparato de doble péndulo, que permite marcar un pulso regular y ajustable en su frecuencia, se generalizó como una herramienta útil para que los compositores pudieran indicar con exactitud con qué presteza debía ser tocada o cantada una pieza de su creación. Con todo, el metrónomo nunca fue demasiado práctico con las canciones ya que en este género no son únicamente los componentes musicales los que deben ser contemplados en la interpretación, sino también los contenidos textuales y las infinitas posibilidades expresivas que de él pueden derivar. Gabriel Fauré fue uno de los más prolíficos compositores de mélodies, el término con el cual comenzó a designarse en Francia, en el siglo XIX, a la canción para voz y piano. En cierta oportunidad, le preguntaron cuál era el tempo que él consideraba ideal para cantar una mélodie. Sin atender a cuestiones metronómicas, rotunda y sucintamente, Fauré contestó: "Si el cantante es malo, cuánto más rápido, mejor".