Amanecer verdiano
Verdi aún no había compuesto "Rigoletto" ni "La traviata" ni "Il trovatore", es decir, su formidable "trilogía popular", cuando en 1851 Buenos Aires conoció "I lombardi alla prima crociata" (Los lombardos en la primera cruzada), en el Teatro de la Victoria. Habían pasado ocho años, que no es mucho para la época y las circunstancias, desde el estreno de la ópera (la cuarta compuesta por Verdi), ocurrido en la Scala de Milán el 11 de febrero de 1843. El estreno americano se había realizado en 1847, en la Palmo Opera House de Nueva York.
Para los porteños de entonces se trataba de la cuarta ópera verdiana conocida en Buenos Aires, después de "Ernani", estrenada aquí en 1841, seguida por "I due Foscari" y "Nabucco", las dos representadas en 1850. Luego llegaron nuevos títulos (a veces dos en un mismo año), pertenecientes a la etapa del "risorgimento", hasta que en 1855 hizo su ingreso el gran Verdi, de la mano de "Rigoletto" y de "Il trovatore". Al año siguiente, se estrenó "La traviata".
Según puede leerse en el volumen que César Dillon y Juan Andrés Sala dedicaron a la historia del Teatro Marconi, una de las salas más populares del arte lírico en Buenos Aires durante cincuenta años, "I lombardi" se repuso el 25 de noviembre de 1915, en la que podría ser, según los autores, la última vez que este título verdiano se dio en Buenos Aires, tras otras cinco versiones en distintas temporadas y salas, una de ellas la del antiguo Colón. Ahora, al cabo de noventa años, el "nuevo" Colón resuelve incorporarla a su repertorio.
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Naturalmente, debemos ir preparados para asistir a los esfuerzos de Verdi por lograr un éxito popular semejante al obtenido un año antes con "Nabucco", la obra que le hizo sentir el sabor inicial de la gloria. En pleno período de luchas por la independencia del norte de Italia, dominada por los austríacos, el compositor volvía a encender el fuego patriótico, esta vez ubicado en la historia italiana del siglo XI, a través del episodio que narra la cruzada de los lombardos contra los sarracenos, para liberar a Jerusalén. Esto significa que bajo la óptica y la sensibilidad del público de la Scala, los sarracenos equivalían a los austríacos del momento.
Siguiendo el camino de una simplificación elemental de argumentos muy complejos, Verdi vuelve a recurrir a Temistocle Solera, joven literato, además de empresario y político, que desencadena sobre estos temas toda la violencia de la que es capaz, tanto en la métrica, como en el lenguaje y en los caracteres. Mientras tanto, ya hay por parte de Verdi una inclinación hacia la lógica musical, excitada de ímpetu patriótico, que lo conduce hacia cabalettas de incontenible vigor, que no conoce, por el momento, esfumaturas. Pues bien, con este Verdi y sus lombardos nos encontraremos cuando el Colón inicie el 15 de abril su temporada oficial.






