Andrés Calamaro: la transformación de salmón a cantante
Anoche, AC hizo el primero de sus cuatro shows de Licencia para cantar en el Gran Rex y mostró su costado más íntimo
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"Sos mejor que Dylan", se escucha desde los palcos. Andrés Calamaro está parado en el escenario de traje y pañuelo rojo en el bolsillo superior del saco. Parece inalterable. Está concentrado en sus canciones, en su nuevos instrumentos: armónica, melódica, pandereta y clave. Esta noche solo acariciara el piano durante unos segundos y no habrá guitarra. Lo acompañan Germán Wiedemer (piano), Antonio Miguel (contrabajo) y Martín Bruhn (percusión). Vino a presentar Licencia para cantar, la gira de Romaphonics Sessions, su anteúltimo disco que nació como un ensayo antes de telonear a Bob Dylan y en el proceso de hacer algo en conjunto con el cineasta Fernando Trueba, pero que después se convirtió en otra cosa. Hace días lanzó su nuevo trabajo Volumen 11, pero de eso no va a haber nada esta noche.
Pasadas las 9, Andrés sale a escena con una puesta minimalista, más cercana a la de un club de jazz que a un concierto a gran escala. Este es el primero de los cuatro shows que dará en Buenos Aires. En un clima entre nostalgia y madurez, AC toca otra vez en el Gran Rex, después de 17 años. Es ahí donde justamente hizo su último show donde presentaba Honestidad Brutal (en 1999), antes de entrar en una especie de retiro forzoso que lo mantuvo en las sombras durante 5 años. Sentado en un banco alto, arranca con las primeras estrofas de "La libertad" y sigue con uno de sus temas más nuevos, "Bohemio", donde de a poco se empieza a entender la naturaleza del show. La gente no fue a cantar por sobre el músico sino a descubrir la novedad en cada uno de los temas, la mayoría más lentos como el caso de "Ok perdón" que combina con "Soy tuyo". También habrá son y chachachá en "Tuyo siempre", ranchera en "El tercio de los sueños" y una interesante versión de "Quién asó la manteca", en una concierto que durará casi dos horas.
Además de probarse en un lugar netamente de cantante, AC tiene homenajes que hacer. El primero es con "Algo contigo", el bolero de Chico Novarro que reversionó en El cantante. Después hará lo mismo con "Piedra y camino", donde se sumerge en el folklore de Atahualpa Yupanqui, y, más tarde, llegará el turno de "Garúa", el tango de Aníbal Troilo y Enrique Cadícamo. Cacho Castaña también tendrá su reconocimiento, dentro del setlist está incluida "Cacho de Buenos Aires", donde hay pasos sutiles de baile y AC muestra su costado más romántico. Con dos simpáticos coristas que completan la puesta, Andrelo vuelve a sus tiempos con Los abuelos de la nada con "Himno de mi corazón", donde el público se suma al estribillo invitado por el mismo cantante y resuena en el teatro un "Ooooh, oh oh" universal.
Calamaro está cómodo, camina por la tarima. Saluda. Casi no habla con el público, solo para presentar a los músicos, que en cada intervalo le gritan cosas. Se respira latin jazz. Con luces violetas, el ambiente le va perfecto para cada tanto improvisar un zapateo, unos pasos de tango o hacer pasajes de armónica como en "Carnaval de Brasil". Incluso se anima a emular a un torero después de interpretar "El tercio de los sueños". Sin distorsiones ni residuos rockeros, AC ofrece una propuesta absolutamente aggiornada de sí mismo. Si en el 99 hacía saltar a todo el teatro con las estrofas desangradas de "Alta suciedad", "El día de la mujer mundial" y "El canal 69" , ahora cuelga la campera de cuero y la eléctrica y saca baladas que tenía olvidadas como "7 segundos" (de su época en Los Rodríguez), que termina con unas estrofas de "El día que me quieras" y recurre a "Ansia en plaza Francia" (Honestidad Brutal).
Aunque hay temas bastante parecidos a sus versiones originales como "Los aviones", "Copa rota" y "Media Verónica", el piano como base y la versatilidad del percusionista son una constante. Andrés parece haber tomado prestado del nuevo Nobel de Literatura no solo el uso de la armónica sino también su costumbre de cantar siempre diferente las mismas canciones.
Cada tanto AC se saca los anteojos de sol y mira adelante, hace una reverencia y vuelve a conectarse con la música. El bloque de despedida es a medida: "Para no olvidar", "Estadio azteca" y termina con un dúo especial para los nostálgicos "Flaca" y "Paloma". Pero falta. Se tira al suelo y apela a sus baladas más conocidas. Las elegidas: "Mi enfermedad" y "Crímenes perfectos". Esta vez no hay pogo, ni cantos, esta vez no hay rock, hay canción. Porque, al menos en esta etapa, Andrelo parece más cerca de la generación a la que perteneció y su público, heterogéneo, dispuesto a darle una oportunidad a su invención. Anoche, con un Gran Rex llenó se pudo ver un Salmón más cerca del Cantante que de frontman rockero en la madurez de los tiempos.




