Arte y política
Por Horacio Sanguinetti Para LA NACION
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Hace medio siglo, el 30 de noviembre de 1957, en Roma moría Beniamino Gigli, uno de los "dioses mayores" de la lírica universal. Su voz soberana había arrasado el mundo, pues alcanzaba inmediato efecto en el oyente. De incomparable dulzura y extensión y volumen más que suficientes, podía adelgazarla hasta un hilillo mínimo, pero siempre audible. Era infatigable, movido por una imbatible técnica y por el amor a lo que hacía. Desde su debut en Rovigo (1914) hasta su muerte, cantó sin pausa ni flaqueza en teatros, iglesias, al aire libre, a los postres de alguna pantagruélica comida No correspondía exigirle condiciones de actor ni físico de galán, pues apenas oída su voz, estos detalles pasaban a segundo plano. Abarcó un amplio repertorio, desde L elisir d amore hasta Aida , y cientos de piezas sacras y profanas de irregular valor, que él dignificaba. Cayó a veces, tentado por ciertos abusos propios de su tiempo, en sollozar sin tasa, o agregar agudos y frases no escritas, excesos que hoy se imputan como pecados mortales. Pues ahora se sujeta férreamente al cantante, que ha debido ceder protagonismo al régisseur .
Oficios honrados
Gigli había nacido en Recanati, la tierra de Leopardi, el mismo día que el fenomenal tenor danés Lauritz Melchior, el 20 de marzo de 1890. Tras descartar las objeciones de su padre, quien le sugería que en vez de cantar asumiese "un oficio honrado", Beniamino venció el que suponemos primer concurso lírico de la historia (Parma, 1914) y cursó honores en los teatros italianos raudamente hasta su debut en La Scala: Mefistofele, de Boito, en diciembre de 1918, fue su única actuación con la batuta de Toscanini, de quien pronto lo separarían disidencias políticas y quizá también estéticas.
Su primer triunfo internacional sería en el Colón, durante 1919. Desde entonces, fiel a nuestro público, cantó en el Coliseo, el Cervantes, el Gran Rex, la Casa del Teatro, en Rosario, La Plata, Avellaneda, ¡Capitán Sarmiento!, y donde se lo requiriesen las frenéticas multitudes que lo adoraban. Sumó en total diez temporadas, y se extendió a Uruguay, Chile y Brasil. Porque su éxito fue global, no hubo teatro primordial que no lo recibiese. Al Metropolitan de Nueva York arribó en 1920, donde compartió la última stagione de Caruso. Muerto éste, heredó su lugar sin otra competencia que la ofrecida por el gran Giovanni Martinelli. Así, hasta 1932.
Ese año, la crisis alcanzó al Met y sus autoridades solicitaron a los artistas una renuncia voluntaria del 25 por ciento de sus honorarios. Todos aceptaron menos Gigli. Airadamente se retiró, vociferando que Estados Unidos era un país en decadencia. Se afincó principalmente en la Italia fascista, de la cual pronto se convertiría en ícono. Grabó Giovinezza , la marcha política oficial, elogió la "voz viril de Mussolini" y el desarrollo moral y material del país. También editó el folleto Por qué soy fascista , filmó varias películas en la Alemania nazi y se presentó ante todos los jerarcas. En 1939, en las vísperas bélicas regresó al Met del brazo del nuevo director, su amigo y ex tenor Edgard Johnson. Pero fue un tránsito fugaz. Otras declaraciones desatinadas lo radiaron definitivamente del gran teatro neoyorquino, aunque bien pasada la guerra, hacia 1955, lo aceptaron incidentalmente en el Carnegie Hall.
Luego de la debacle mussoliniana, y avanzadas las tropas aliadas, Gigli se aprestaba ingenuamente a recibirlas en un gran concierto. Pero la Unione Lavoratori dello Spettacolo se opuso, fue vetado y reemplazado por su gran rival, el joven Tagliavini. Hizo su dolida defensa pública en el folleto La verità sul mio caso , estuvo encerrado en su mansión varios meses y debió leer inspiradas notas necrológicas que sobre él se publicaron perversamente. Por fin, tentó algunas plazas benévolas, como España, Portugal y la Argentina de 1947. Y también Londres.
¡Y qué no se le perdonaría a un artista con semejante voz! Pronto volvió a ocupar su trono real, y no se calló más. Dejó una cantidad de grabaciones enormes para su época, y un mensaje estético que acalla sus errores humanos. Gigli es una de las estrellas mayores en el maravilloso cielo ficticio de la ópera. Para siempre.Ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires y futuro director del Teatro Colón.



