Arturo Sandoval

Un show montado para su lucimiento, en el que todo giró en torno a sus habilidades
Ricardo Carpena
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28 de septiembre de 2011  

Concierto del trompetista cubano Arturo Sandoval . Banda : Con doce músicos argentinos y numerosos invitados. Sala : Gran Rex

Nuestra opinión: bueno

Arturo Sandoval no es sólo un excelente trompetista, sino también, o ante todo, una celebridad. Su concierto del martes pasado en el teatro Gran Rex confirmó que las celebridades se sienten con licencia para hacer lo que se les dé gana. Y no está mal.

Sobre todo para alguien como Sandoval, presentado como "el mejor trompetista del mundo". No debe de ser nada fácil cargar con ese rótulo, que tiene mucho de cierto: es uno de los mejores y, además, es sinónimo del jazz latino, fundador del famoso grupo Irakere, amigo de una leyenda como Dizzy Gillespie, ganador de premios de todo tipo.

Pero quizá sí haya un problema cuando el peso de la celebridad le gana al concepto que elige para mostrar lo que le pasa por el corazón y por la cabeza. El show del Gran Rex pareció montado más en función de mostrar todas sus habilidades, que son muchísimas, e incluso sus amistades, que en ofrecer un muestrario homogéneo y compacto de su indiscutible talento. Pasar de la salsa al bebop, del tango al bolero o del hard bop o al latin jazz sin escalas no permite que nadie se aburra, pero sí que la platea pueda quedar algo desorientada. No siempre en la variedad está el gusto. Ahí es donde se entiende que esa propuesta es precisamente rendir un culto a la celebridad. Un culto a sí mismo. Si se aceptan esas reglas de juego, el show se entiende mejor. Sandoval maravilló con la sonoridad y la digitación veloz de su instrumento y también se permitió tocar percusión, piano y hasta cantar. Y se mostró como un showman: hizo chistes, habló con el público, retó al iluminador, bailó, arengó a los músicos, imitó los instrumentos con su voz como la versión cubana de Bobby McFerrin.

Hasta tal punto la estrella es él, y él lo sabe y lo hace notar a cada rato, que seguramente eso provocó que haya elogiado a los doce músicos argentinos que, "por primera vez", lo acompañaron en su presentación porteña, pero se haya olvidado de identificarlos (ni siquiera figuraron en el programa de mano). Una lástima: nadie pudo enterarse de que esos excelentes artistas eran el pianista Alvaro Torres, el bajista Matías Méndez, el baterista Luis Ceravolo, el percusionista Juanjo Martínez, los trompetistas Ervin Stutz, Fabián Veglio y Sergio Wagner, los saxofonistas Christian Terán, Víctor Skorupsky y Alejo von der Pahlen, y los trombonistas Pablo Fenoglio y Juan Scalona.

Sí fueron presentados los múltiples invitados a la fiesta de Sandoval. Como el bandoneonista Lautaro Greco, que se lució con "El día que me quieras", junto con Sandoval; el trompetista Gustavo Bergalli (corresponsable de algunos de los mejores momentos de la noche, como su interpretación de "Joy Spring", de Clifford Brown); las cantantes María Volonté, Valeria Lynch y Monica Mancini (hija del famoso compositor Henry Mancini); el trompetista y conductor radial Gillespi; el empresario Jorge Fort, y hasta su productor y baterista Greg Field. Como una gran fiesta de celebridades diseñada por otra celebridad. Con el público porteño de testigo, que aplaudió calurosamente, aunque no se mereció el final: tras el último tema, la gente lo ovacionó durante más de ocho minutos a la espera del tradicional bis. Pero el trompetista, más celebridad que nunca, no apareció para saludar ni para agradecer.

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