Balat y los secretos del teclado
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Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Yoav Talmi. Solista: Marcelo Balat (piano). Programa: Sinfonía Nº 1, en Re Mayor, Op. 25 "Clásica", de Sergei Prokofiev, Rapsodia sobre un tema de Paganini, para piano y orquesta, Op. 43, de Sergei Rachmaninov, Adagio para cuerdas, Op. 11, de Samuel Barber, y Sinfonía Nº 3, en Mi bemol mayor, Op. 97 "Renana", de Robert Schumann. Función Nº 13 del ciclo de abono. Teatro Colón.
Nuestra opinión: Muy bueno
No dejó de ser reconfortante ratificar que la música académica no requiere de vestimentas ni disfraces para permanecer en el parnaso de las artes. En este concierto, la conocida actitud de protestar con el artilugio de mostrar que no tienen el traje que provee el teatro, mostrándose en camisas, remeras, trajes de claros colores u otras prendas, para dar a entender que las autoridades no han atendido debidamente sus reclamos (es decir, aceptando las exigencias), naufragó de manera contundente.
Por fortuna se escuchó la realidad de un conjunto de músicos que por sobre la indisciplina y el mal gusto y el no acatamiento a un reglamento de trabajo que determine sus derechos y obligaciones, demostró su idoneidad profesional y la justicia en pertenecer a un plantel que forma parte de los cuerpos estables del Teatro Colón.
Desde la primera batuta de la sinfonía de Prokofiev, surgió música de calidad, que al fin de cuentas es lo único importante en un concierto. Sonoridad voluminosa como hacía tiempo no se escuchaba, equilibrada y bien encuadrada en el estilo del autor, producto de que en el podio se encontraba Yoav Talmi, un maestro enérgico, expresivo y poseedor de ese carisma personal provocador, de inmediato ascendiente sobre los músicos que le permite dejar escuchar un criterio estético.
A renglón seguido fue el turno de otra composición de autor ruso, la célebre rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rachmaninov, que además de muy agradable y conocida, es una partitura endemoniada para el solista y compleja para la orquesta por las variables de sus ritmos y detalles de orquestación. Como se sabe el tema y su veinticuatro variaciones conforman una música sensual de incontenible impulso melódico que reclama un gran despliegue de virtuosismo instrumental.
Pues bien, aquí se asistió al éxito contundente de otro gran pianista argentino, Marcelo Balat que pese a su juventud (22 años), ya es poseedor de excepcionales condiciones para el desarrollo de una rutilante carrera, no sólo producto de un dominio total de los secretos del teclado, sino también por su seriedad intelectual que emana de su expresión y de su fraseo musical. No cabe duda de que la solidez de una enseñanza que arrancó en su Córdoba natal y desde su más tierna edad, se sumó con la adquisición de una brillante escuela aquilatada sin pausas pero sin prisa, señal inequívoca que detrás de él hay sabiduría en la enseñanza.
Eclosión sonora
Sonido amplio pero cálido, cautivante y en los momentos expansivos con la impronta brillante de los grandes pianistas en los pasajes de eclosión sonora, Marcelo Balat se trasformó en un colaborador ideal para que el director de Israel ofreciera una estupenda versión, auténticamente rusa en su concepto y hasta opuesta a las conocidas distorsiones que ha sufrido desde aquel lejano estreno con el autor en el piano y Leopoldo Stokowski en el podio en 1934.
Como la ovación fue calurosa y en concordancia con una habitual actitud, Marcelo Balat agregó una obra fuera de programa, una sonata de Domenico Scarlatti de las más plácidas y hermosas, ofrecida con elegancia, refinamiento, claridad y hasta conmovedora expresión, en una ejecución sabiamente actualizada para el piano de hoy y no con el concepto imitativo del clave tan en boga pero falaz.
La segunda parte del programa no dejó duda de que el maestro Talmi es un excelente director de orquesta. El rendimiento del sector cuerdas de la Filarmónica fue impecable al ofrecer el siempre placentero adagio de Samuel Barber con perfecta amalgama de los sectores, afinación justa y ausencia de imperfecciones a lo largo de toda la obra.
Por último, se escuchó una acertada versión en el aspecto interpretativo de la tercera sinfonía de Robert Schumann, aquella cuyo nombre de "Renana" refuerza la búsqueda del autor en pretender con el sonido una descripción de un paisaje auténticamente germano. En este caso, Dusseldorf, a orillas del Rin, y en un clima sonoro acorde con el romanticismo de la época, sin dejar de lado la aplicación de una paleta sinfónica oscura y densa que de alguna manera guarda relación con esa maravillosa línea que va de Mozart y Beethoven a Brahms y Bruckner.
De todos modos y a pesar de los méritos incuestionables del maestro Yoav Talmi y de la nobleza de la composición de Schumann, no se trató de una página de las más adecuadas para que el director agradara con mayor contundencia al público del tradicional ciclo de la Filarmónica. De cualquier forma, se trata de un artista que debería volver con frecuencia, no se tiene la menor duda.

