Brillante adiós de Pink Floyd
"Nunca tuve el nervio suficiente para hacer el corte final." Mientras Roger Waters cantaba esta frase en "The Final Cut" (1983), Pink Floyd se disolvía sin hacer esas presentaciones en vivo tan espectaculares. Y si bien era cada vez más evidente que el grupo no continuaría como tal, se seguía esperando el álbum que despertara al cíclope. Waters comenzó, entonces, una carrera solista en la que profundizó el estilo expuesto en "The Wall" y "The Final Cut": historias depresivas, angustiantes, sin esperanzas en el hombre. Repite esa fórmula conceptual en "The Pros and Cons of Hitch Hiking" (1984), "Radio K.A.O.S." (1987) y "Amused to Dead" (1992).
Mientras tanto, la batalla legal por el nombre entre el bajista y sus compañeros continuó aún después de que Gilmour, Mason y Wright se reunieran para demostrarle al mundo que Pink Floyd seguía vivo.
"A Momentary Lapse of Reason" (1987) quiso demostrar que la experiencia sonora del grupo seguía intacta, aunque a pesar del éxito y de la enorme y espectacular gira, registrada en "Delicate Sound of Thunder" (1988), no alcanzaba la estatura que exigía su historia. Faltaba la desesperación existencial de Waters. En el nuevo Floyd, el hombre se convierte en ese símbolo de la igualdad consumista de la era que se acercaba. Un hombre casi de aviso publicitario, despersonalizado, en serie.
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Ese hombre seriado es el centro de la nueva estética del grupo. Esta mirada tan certera, tan precisa sobre la sociedad de los años 90, confirma que si bien cada uno de los músicos cumple un rol determinado en el momento de componer e interpretar las canciones, la propuesta artística general tiene un hilo conductor que excede a los músicos y se traslada a quienes trabajan con ellos en las imágenes. Ya no está Waters, es cierto, pero las imágenes siguen anticipándose a su tiempo, y la crudeza casi hablada del bajista es reemplazada por las melodiosas (y, en cierta forma, simples) composiciones de Gilmour.
El hombre desaparece como individuo, y la gráfica de "The Division Bell" (1994, último álbum en estudio de la banda) evidencia que las preocupaciones existenciales se cambiaron por una mirada sobre el conjunto. El hombre como un objeto más en el universo. Pequeñas acciones, la búsqueda de una libertad que excede la cuestión personal y convierte al individuo en una pieza más, sustituible, de un movimiento mayor. E inconcluso. Hasta allí llegó Pink Floyd hasta ahora. Con "Pulse" (1995) como álbum y video que registra uno de los grandes espectáculos de la historia del rock.
Ese hombre hecho en serie que Waters había denunciado en "The Wall" se había instalado en la sociedad pocos años después. Todos iguales, insensibles, autómatas, consumistas voluptuosos. Todo igual, salvo en la experiencia del arte.






