
Charly, ciudadano del País de Nunca Jamás
García, nuestro eterno Peter Pan, fue duramente golpeado e impedido de continuar brindando su serie de recitales
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Venía demasiado bien para ser Charly García. Demasiado tranquilo. Casi sin demoras, un más maduro Carlos García Moreno había encontrado en sus prolijos e inspirados recitales en La Trastienda lo más parecido a cierta rutina laboral.
La necesitaba: estaba parado desde el verano, más allá de su viaje a Texas para seguir tejiendo y destejiendo su interminable Kill Gil , ya a estas alturas la obra musical inédita más difundida de todos los tiempos porque hasta ahora nunca fue disco pero, en cambio, estuvo dando vueltas y vueltas por Internet. Además, con tanta quietud alimentaba deudas que había que levantar y ahondaba broncas y tristezas por las diferencias con su hijo, que podía transformar en lo mejor (y lo único) que sabe hacer: música.
Esa frágil estabilidad (todo un logro para alguien con la sensibilidad desbordada, la creatividad loca y el impulso instintivo a desmarcarse de todo parámetro de pretendida normalidad) se cayó a pedazos en la madrugada del martes cuando un puño crispado se hundió en su rostro.
"Me tapo la cara porque soy el fantasma de la Opera. ¿Qué pasó? Salí a separar a dos personas que se estaban peleando, uno era mi asistente Chochi, y alguien que estaba ahí hizo pum y me pegó una bonita y definitiva trompada. Y no me tiró porque soy el toro salvaje. No era un patovica. Me pegó con odio, como si yo fuera judío y él fuera nazi. No sé no le debe gustar mi música. Yo no soy Sarmiento, soy Charly García, y no tengo que dar examen de nada: yo voy y toco. La gente que estaba ahí también recibió castigo. Ahora resulta que también le pegan a la gente que llega tarde "
Estas y otras declaraciones de Charly García se vieron y oyeron anoche en La cornisa , el programa de Luis Majul, dichas desde su propia cama del departamento que habita en Coronel Díaz y Santa Fe, donde pasa la mayor parte del día (y de su vida) componiendo y tocando.
Las versiones son encontradas: unos dicen que García se presentó para su recital del lunes cuatro horas más tarde; otros que "apenas" lo hizo con una hora y media de retraso.
Su público está más que acostumbrado a estos caprichos de divo, que son parte de su folklore como lo es también patear y romper algún instrumento si algo se le cruza o el sonido falla. Veleidades, se dirá, de vieja estrella de rock que no ha perdido el pelo ni las mañas. Tómelo o déjelo, simplemente, el combo García es indivisible: preciosos temas que para germinar requieren, paradójicamente, cierto turbulento fango.
Haya sido una hora o cuatro, la aparición tardía no fastidió tanto a sus fans como a la gente de La Trastienda/PopArt, que lo habrían contratado sólo de palabra, sin papeles de por medio, y a cambio de una paga antes de cada show. El negocio parecía beneficioso para ambas partes, que nunca antes habían trabajado juntas (tal vez la clave de la discordia fue ésa: conocerse tan poco): las entradas volaban, de a 700 por función, sin necesidad de publicidad alguna y era un hecho que las funciones seguirían multiplicándose hasta noviembre tres veces por semana hasta estabilizar la economía agujereada de García y retemplar su ánimo, siempre un tanto cascoteado por una mezcla de soledad, raras compañías y estímulos innombrables.
Tanto los fans incondicionales como sus ocasionales espectadores y los críticos musicales que van a sus shows ya saben (y aceptan) que el reloj de García marca las horas, los minutos y los segundos que a él se le antojan y ya nadie a su alrededor discute esa personalísima forma que tiene para medir el tiempo.
No lo entendió así La Trastienda, agradable y afrancesada sala de San Telmo, tal vez demasiado acostumbrada a la calma de recitales apacibles, cuya rutina se vio sobresaltada por el espasmódico accionar de su más extravagante e indomable artista invitado (y, por carácter transitivo, de su concurrencia), que, en busca de más y más bises, amenazaba con hacer interminable la noche, entrando y saliendo de la sala tantas veces como ordenara el Sr. Say No More . Un forcejeo de puertas entre los asistentes del lugar y un hombre de confianza de García hizo saltar todo por el aire e inició la refriega. El músico avanzó hasta el epicentro de la trifulca y se llevó puesta una trompada que le deformó la cara.
* * *
Llamará la atención que lo hasta aquí contado no sea la parte más sorprendente de la historia. Lo que viene a continuación es aún más extraño: al parecer nadie de la producción asistió al músico malherido -cuyas primeras curaciones estuvieron a cargo de un médico de la Presidencia de la Nación (!!!)- ni tampoco pidió disculpas a un músico cuyo único pecado fue haberse comportado, una vez más, como un perfecto Charly García.
Unas horas más tarde un telegráfico y eufemístico comunicado levantaba el recital previsto para la noche del martes último. Dicen que cansado de esperar que alguien de La Trastienda/PopArt se comunicara con él para limar asperezas o, al menos, avisarle que le daban la noche libre porque estaban muertos de miedo de que los incidentes se repitiesen o, peor, se agravasen, volvió a montarse en su limusina, no sin antes pintarrajearse la cara inflamada, dispuesto a apersonarse en el local de San Telmo para protagonizar frente a algunas ávidas cámaras de TV uno de sus numeritos preferidos. "Soy el mayor profesional del escándalo que hay en la Argentina -se ufanaba anoche por América-, pero, además, soy un artista." Lo primero es discutible ya que la lista en la materia es, lamentablemente, larga y, al menos, debería medir fuerzas en la cumbre con otro peso pesadísimo (Diego Armando Maradona). Lo segundo, eso sí, es indiscutible.
Llegó a La Trastienda y se encontró con la persiana metálica cautelosamente apretada contra el piso. De una patada la hizo sonar como un platillo y después dejó una botella de champagne a los periodistas allí presentes, antes de esfumarse de vuelta a bordo de su limusina.
* * *
"Yo diría que bombardeen el lugar", exageró García anoche por la TV con el ego y la cara todavía muy lastimados. ¿Y si, en vez de la consabida pataleta mediática, García hace la denuncia correspondiente y acciona en la Justicia?
Demostraría que, por fin, está creciendo, una buena noticia cuando se tienen encima 55 años. Que alguien le avise pronto que el País de Nunca Jamás y Peter Pan no existen.
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