
Charly García, el mejor vicio
Más sosegado, pero tan talentoso como siempre, fue una fiesta en el Gran Rex
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No hay palabra que le calce mejor: genio. Y como tal es sobreviviente a duras penas de sí mismo a un costo bien alto: a veces se autoflagela y nos hace sufrir por demás. Nada que no conozcamos: el verdadero ídolo argentino es, sin excepción, un amasijo de emociones, talento apabullante, contradicciones indescriptibles y caprichosas arbitrariedades balanceándose siempre al borde mismo de la cornisa. Y Charly García no es la excepción, sino más bien todo lo contrario.
Por fortuna, hasta el momento el sino trágico que sobrevuela a las figuras idolatradas por este pueblo no ha podido con él. Y no porque no se haya aplicado con todas sus fuerzas en provocar peligrosamente al destino: sobredosis, internaciones, escándalos de todo color, zambullida al vacío desde un noveno piso. Como un torero diestro que alardea de salvarse por un pelo de ser partido en dos por la cornamenta de su presa, Charly va por la vida haciendo frágil equilibrio. Es que quizás en ese medio milímetro que lo separa de la oscuridad total (o de la luz, vaya a saber), García encuentra el lugar más propicio para aparearse con esa musa inspiradora que en su momento también le aflojó muy oportunamente un tornillo a Wolfgang Amadeus Mozart. ¿Es posible componer tantas y tan bellas y variadas melodías desde la "normalidad"? Después de todo, ¿quién define qué es "lo normal" y por qué es precisamente la gente menos creativa la que se inclina con mayor obsesión al orden extremo?
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Para los defensores de la cordura a ultranza por sobre la inspiración (que por definición no tiene ni reconoce ataduras de ningún tipo y por eso ha sido y es tan combatida por "disolvente" a lo largo y a lo ancho de toda la historia de la humanidad), sin embargo, hay una muy buena noticia: el gran Charly García, ese niño viejo sin edad, eximio guitarrista y mejor pianista, el compositor colosal, el letrista que juguetea con las palabras desde lo más banal y procaz a la filosofía más poética y profunda, termina este 2002 más cuerdo que nunca. Ojalá que eso no conspire resecando esa cantera inagotable de temas que tiene dentro suyo, esa locura galopante que sólo él sabe transformar en música maravillosa.
Charly está y se lo ve mucho mejor, más relajado y contento, potenciando una capacidad que ya tenía, pero que subrayada lo vuelve aún más "grosso": la autoparodia. El guiño ahora incluso se vuelve más claro hasta para quienes no lo conocen, de que en muchos de sus dichos y poses bien estridentes hay más que nada juego, ironías y diversión.
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Quienes tuvimos la fortuna de ver alguno de los cuatro generosos conciertos que acaba de brindar en el Gran Rex con impecable profesionalismo lo comprobamos en carne propia. Sin la tensión ni la agresividad de otros tiempos, y tan bien dispuesto a hacernos pasar un momento excepcional con lo mejor de su prodigiosa producción, cada recital fue una fiesta descomunal, pacífica e intergeneracional donde padres e hijos danzaron y corearon sus "hits" que, por ser clásicos, resisten sin enmohecerse el paso del tiempo.
Del todo inofensivo, y en las antípodas de esa gente que alardea pulcritud y buenos modales para luego cometer los peores latrocinios, apareció pintarrajeado -si no, no sería Charly García- y tiró micrófonos, guitarras y órganos al piso, revoleó vasos, botellas y sus propios zapatos, se sacó los pantalones y terminó cantando en short y descalzo. Cubierto por una capa -¿acaso no es un rey?-, había mucho humor caricaturesco en cada uno de sus planificados movimientos, como lo demostró en el recital de cierre, cuando después de tres horas de increíble faena terminó su trabajo rodeado de seis beldades aportadas por Pancho Dotto, en una escena desopilante (uno de sus zapatos dio en la cabeza de una de ellas), cual si tuviese sus propias "diablitas", al mejor estilo Independiente.
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También con humor quiso llamar la atención amagando una colecta a un peso por fan para reunir un millón de dólares que le sirvan para seguir trabajando en el país sin necesidad de tener que hacerlo en el exterior (en México este año lo estafaron y no le pagaron un peso) y para afrontar las continuas demandas formales e informales que todo el tiempo le hacen músicos y desconocidos para quedarse con parte de su dinero (por ejemplo, el juicio que le hizo una mujer en Mendoza por supuesta agresión y del que recientemente fue sobreseído). Partícipe involuntario de escándalos que le montan (la aparición de una hija que le endilgaron este año los programas chimenteros de la TV), cuando García está fuera del escenario prefiere en cambio refugiarse en su casa a pintar, ver películas, componer incansablemente (largó el video y el aerosol) y zapar un poco, de cuando en cuando, en algún bar vecino para los parroquianos que circunstancialmente allí se encuentren.
Flaco para siempre, sin embargo, no parece a punto de esfumarse como en otros momentos y se lo ve más aferrado a la vida. Su carrera, menos anárquica y mejor organizada, dio este año muy buenos frutos: un disco ("Influencia", entre los más vendidos del año), variedad de recitales dentro y fuera del país, llenó un par de Luna Park a mediados de año y se divirtió a lo grande, tanto con Rita Lee cantando Beatles como poniendo el cuerpo en la tapa de los personajes del año en la revista Gente.
El "Adiós Charly García", como tituló a su última incursión pública, alude tácitamente a que se valore su aporte imprescindible para alegrar nuestras sufridas vidas más que a una verdadera despedida.
"Me tiré por vos", canturreaba aludiendo a su aventura voladora en Mendoza. En verdad, nadie le pide tanto: basta con que siga por mucho tiempo más y para nada quietito sobre el escenario de la vida.





