
Colángelo lleva otra vez el tango a Japón
Su éxito no decrece allí: ya grabó seis CD
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José Colángelo ostenta títulos de ilustre linaje tanguero. Tres, sobre todo, prestigian su trayectoria: el haber sido pianista, sucesivamente, de Aníbal Troilo, Julio Sosa y Susana Rinaldi. Esto, amén de haber acompañado en piano al fabuloso armoniquista Hugo Díaz.
A punto de emprender su octava gira por el País del Sol Naciente, que comenzará mañana, el pianista, arreglador, compositor y director de orquesta recuerda estos viajes y repasa aquellos años durante los que el tango asomaba, incólume, por entre modas y otras menudencias.
"Mi primera gira fue en octubre de 1985. Iba solo, sin grupo, invitado por el director japonés Ikeda, que cumplía 35 años con el tango en Japón. Me pidió arreglos y que dirigiera. Allí di a conocer mis obras "Todos los sueños" y "Fortín 0", más "Buenos Aires-Tokio", de Julián Plaza, y "La cumparsita". Entonces me premiaron como el mejor espectáculo del año, al que habían asistido Harumi Maeda, una cantante que nos apoyó grandemente, y la célebre Ranko Fuyisawa. Después emprendí giras en el 86, el 87 y el 90, contratado por la empresa Ozawa, que patrocinaba a Graciela Susana en sus exitosas actuaciones allá."
-Suele afirmarse que los japoneses hacen trabajar a destajo a los artistas argentinos contratados.
-Las actuaciones no dan respiro, pero ellos son una maravilla de respeto y cordialidad. Allá hay músicos de primera calidad, como el violinista Siga, el bandoneonista Keotamy y la cantante Iko Abo, quien vino con Ranko. Pero ellos prefieren escuchar a los argentinos. Con nosotros arman como una familia muy linda. Cuando me despido, la suite me queda muy chica por la cantidad de amigos. Quizá por esta acogida ya edité seis discos en Japón (uno en vivo), y el último se titula "La cumparsita", y lo grabé con el José Colángelo Sexteto. Fue publicado por King Records. Esta vez el quinteto que llevo es enteramente acústico; incluso le agregué un violoncello.
Colángelo sigue con su monólogo, por el que se cuelan nombres inolvidables para el género tanguero.
"Lo primero que fundé fue el Cuarteto Colángelo, en tiempos en que ya era pianista de Troilo. En ese momento me llama el sello Prodisa, donde editaban Hugo Díaz, Domingo Cura y otros musicazos. Tenía la calidad del sello Trova. Allí me convertí en su pianista. Lo fui de todo lo que grabó Hugo. Jamás gocé tanto. Todos tocábamos -Grela, inclusive- en si bemol, el registro de la armónica. Hugo improvisaba y nos hacía guiños, por eso aquella música sonó tan fresca, tanto que en un momento nació de pronto la "Milonga para una armónica", zapando los dos. Hugo no sabía nada de música, pero tenía toda la música adentro. Era un elegido. Ahora creo que están por reeditar un disco suyo con música de Carlos Gardel."
Tiempo de recordar
José se entusiasma.
"A los 21 años fui pianista, en la orquesta de Leopoldo Federico, de Julio Sosa. Allí estuve unos cuatro años. En ese tiempo vivía más con Julio que con mi familia. Hacíamos música en vivo en las radios y en la televisión, tocábamos en los bailes y en los cinco o seis shows de los sábados y domingos, y en carnaval en los clubes, y grabábamos al menos dos LP por año, siempre con la orquesta completa. Sosa era el único que peleaba en pie de igualdad -en popularidad- con el Club del Clan."
-Después vino Troilo.
-Sí. Fue en 1968. Yo tenía 27 años. Cuando me convocó, no lo podía creer. Yo venía a reemplazar nada menos que a Berlinghieri. Fui su último pianista, desde 1968 hasta que murió, en 1975, tocando en el teatro Odeón. El Gordo fue la persona más generosa que conocí. Su felicidad consistía en que cada uno de sus músicos se luciera y lo aplaudieran. Para mí, Pichuco fue el más grande en el tango, además de ser un tipo abierto, cálido. No era fácil desempeñarse en su orquesta: no había partituras y el Gordo no ensayaba. Una vez me regaló un pañuelo como talismán en nuestra eterna amistad. Siempre me decía: "¡Dale, pibe! Tocá con alegría, no la pierdas, porque la tenés". Y como si fuera poco, Pichuco daba libertad para que cada uno expresara su emoción. Y rubricaba su gesto: cuando advertía que uno podía desenvolverse solo lo impulsaba a emprender su propio camino. Troilo no tuvo vida privada. Fue de todos nosotros.
-Finalmente fuiste el pianista de Susana Rinaldi.
-Claro. Del 80 al 82 fui el director musical de Susana Rinaldi. Con ella estuvimos en el Olympia de París, en la Philharmonie de Berlín, en ciudades de Israel como Tel Aviv y Jerusalén, en la isla de Creta. En cada lugar agregábamos músicos de las sinfónicas o filarmónicas. Nos encontramos con muy buenos músicos. Nosotros desde el piano y el bandoneón les enseñábamos los acentos. La Tana me convenció de que el mundo está ávido de conocer y disfrutar el tango. Y de que para transmitirlo hay que sorprender al auditorio sacándose el almidón. Ella lo hacía con su natural histrionismo. Y yo aprendí a ser showman, a moverme como en un music hall. El público debe ver y escuchar. La música llega por ósmosis, pero es uno el que primero debe contagiarse de su espíritu y su magia. Nosotros tenemos la mejor música popular del mundo, tanto en tango como en folklore, y debemos saber transmitirla.
José Colángelo se explaya con pasión. Su amor por el tango es evidente. A Japón va esta vez con el orgullo de haber grabado "con todo el mundo", de haber tocado seis veces en el Teatro Colón (una vez con Troilo), de haber sido el pianista en la película "La tregua", de ser hoy profesor en la Universidad del Tango, de haber participado en el último encuentro de pianistas en el Centro Borges junto a jóvenes músicos.
"El tango no debería ser un artículo de lujo. Estoy convencido de que los mejores embajadores argentinos en el mundo somos los músicos del tango."




