Cómo el Kuelgue pasó de ser una broma entre amigos a llenar Obras

Martínez, Mojoli, Baillie, Vidal y Kartún (desde la izq.) en Buenos Aires, en junio.
Martínez, Mojoli, Baillie, Vidal y Kartún (desde la izq.) en Buenos Aires, en junio. Fuente: RollingStone - Crédito: Ana Bugni
Música, delirio y mil episodios de ‘Cha Cha Cha’: la banda de Julián Kartún despega del under
Romina Zanellato
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19 de julio de 2018  • 12:05

“La figura del rockero está en crisis”, dice Juan Mojoli en la cocina de la nueva casa de El Kuelgue, un PH tipo chorizo a un par de cuadras de Plaza Serrano, en Palermo, que se convirtió desde esta semana en la oficina, sala de ensayo y base de operaciones del grupo. “Y lo celebro, porque ahora te podés cruzar al músico que más admirás en el chino de tu barrio.” El bajista habla en serio pero, de pronto, Julián Kartún y Santiago Martínez –que conforman la dupla vocal de la banda y también están ahora en la cocina– explotan al unísono en una carcajada. “¡Ayer nos encontramos a Nito Mestre en el chino! ¡En la góndola del papel higiénico!” La risa pavota es la misma que la de cualquier otro grupo de amigos que se conocen desde hace media vida: por un momento, es como si los músicos estuvieran acá para tomar unos mates en lugar de para ensayar ante su inminente llegada al Estadio Obras, el legendario templo del rock argentino.

Mientras Kartún ceba con un equipo de mate personalizado con fotos de El Kuelgue (un regalo que los Dancing Mood le hicieron en el último Festival Nuestro), vuelve sobre la crisis del rock y se enciende, casi que rapea. “Hay que humanizar a la persona”, dice. “Ahora están cayendo todas las figuritas de los rockeros. No hay nada más claro que lo que está pasando. Son humanos, somos humanos, somos giles, somos bípedos y nos mandamos nuestras cagadas.”

El tono no es de crítica oportunista, sino que más bien hablan con cautela, tratando de no caer en contradicciones. Mientras fuman y se pasan el mate, resaltan la red de buena onda que se construyó con otros músicos de su generación, así como la distancia que sienten con respecto al antiguo orden del rock nacional, cuando los públicos de diferentes bandas podían llegar a odiarse. Ellos, en cambio, no se ven como estrellas. “A los que eran parte de esa coyuntura ‘Pomelo’, yo quiero seguir viéndolos así: que sean dioses sobre el escenario”, dice Martínez. “No es que los veamos patéticos a ellos, sino a nosotros queriendo alcanzar eso: yo soy el mismo gil en todos lados.”

A la banda de estos “giles”, sin embargo, no le está yendo nada mal. En la casa todavía en plena refacción (hay tarros de pintura y maderas en el patio, un maniquí de mujer con el pelo pintado con aerosol, cajas y revistas por ser acomodadas), El Kuelgue está armando una sala, un pequeño estudio y una oficina. Desde acá quieren cranear la puesta en escena de las presentaciones de su próximo disco, que están terminando de grabar en los Estudios Panda, y que piensan editar en dos EPs de seis temas, el primero este mes (con el título tentativo de Fierrín) y el segundo a fin de año. La casa también tiene comedor y cocina de look setentoso, con pisos y empapelados de tramas geométricas, un sillón amplio frente a una gran tele (“para ver el Mundial”, según el cantante) y varias habitaciones alrededor de un patio. Kartún va a vivir acá con dos amigos que no tocan en el grupo, para variar.

La chispa del vivo versus lo planificado se nota”, dice Kartún. “Valoramos mucho el error.

La dinámica de El Kuelgue funciona así, en manada de amigos y amigas en convivencia cotidiana. Kartún, Martínez, Mojoli y el guitarrista Nicolás Morone se conocen de los distintos colegios por los que transitaron su edad escolar, repitencias y pases de por medio. Hace más o menos 15 años, solían juntarse con los instrumentos que tenían a mano, que cada uno les sacaba a sus hermanos: un cajón peruano, una melódica, un bajo acústico y una guitarra criolla. Todo empezó durante esas reuniones de los viernes, en la terraza de la casa de los Martínez, en las que improvisaban música y letra durante horas, y grababan la sesión con un minicomponente de casete. Después, durante la semana, escuchaban las cuatro horas de grabaciones para ver si había dos minutos de algo lúcido que pudieran rescatar.

“Sonábamos muy hippie”, dice Mojoli, pero Kartún sale al cruce: “Por favor, no digas hippie: se dice acústico”. A lo largo de las conversaciones, la escena se repite: uno termina las oraciones del otro, se leen los pensamientos y juegan a adelantarse con un remate chistoso.

“Tirábamos letras buscando el desafío en el otro, más que nada para hacernos reír”, dice Martínez, que actualmente, además de cantar, toca teclados. La improvisación es un elemento clave en la dinámica de El Kuelgue y define su carácter como banda. Es la materia que termina de unir las influencias de sus integrantes, que van del funk al folclore pasando por el tango y el rock nacional. También es lo que permite que la banda sea, al mismo tiempo, una especie de obra de teatro ambulante.

De hecho, el cantante de El Kuelgue es actor antes que músico. Hijo del reconocido dramaturgo Mauricio Kartún, fue parte de Magazine For Fai cuando era un niño, y llamó la atención a nivel masivo en los micros de Cualca, que hizo junto a Malena Pichot, Julián Lucero, Julián Doregger y Charo López, originalmente como un segmento del Duro de domar que conducía Daniel Tognetti en 2012, pero que se viralizó a través de YouTube. También filmó algunas películas, participó de la serie Sandro de América, y hoy conduce su propio programa de radio en Futurock, La hora animada. Con Cha Cha Cha, Leo Maslíah y Les Luthiers como máximas influencias, el dúo de escritura y canto que formó con Martínez se nutría del libre devenir del pensamiento. “Nos sorprendía que de las improvisaciones salían cosas muy lúcidas”, dice Martínez.”

Actualmente, es habitual que durante los shows de la banda Kartún interprete a Caro Pardíaco –el personaje que se popularizó en Cualca–, o que, si alguien del público les grita algo, los músicos respondan con un “móvil de TV” desde el piso. “Tiene que ver con el entretenimiento”, dice Kartún. “Tenemos que mantener cautivo al espectador. Somos una generación zapping, ansiosa.”

De algún modo, esas escenas híbridas de sus primeros shows en el under de Buenos Aires remiten al trabajo de Omar Chabán y Katja Alemann en el Parakultural. Ahora el desafío es poder sostener esa intensidad teatral en un escenario como el de Obras. “El primer show en vivo de mi vida lo vi ahí: Divididos”, dice Mojoli. “Julián fue a ver a Manu Chao. Eso a mí me llena de emoción.” A modo de reconocimiento del escenario, Kartún y Mojoli fueron a las dos fechas que Babasónicos hizo en ese estadio en abril, para ver cómo podían usar el espacio en su propio show. “Todo esto es una prueba piloto”, dice Kartún en la cocina. “Nuestro crecimiento fue tan gradual, que tampoco nos creemos que hayamos llegado a ningún lugar en particular.”

***

Un viernes de junio, antes de ir a tocar a San Isidro, El Kuelgue hace un miniensayo para repasar algunas dudas que tiene Juan Barone, el percusionista invitado de la banda, que va a tener que hacerse cargo de la batería durante un tiempo porque Tomás Baillie, el baterista titular, se está recuperando de una hernia de disco. “¿Trajiste un buen serrucho?”, lo cargan sus compañeros. Sentado en una reposera, Baillie va guiando a su reemplazante en los movimientos como si tocara platillos invisibles. Acá no hay rastros del varieté que llevarán luego al escenario: solo se practican los temas. La sala está casi pelada, tiene empapelados de flores y manchas en los lugares en los que hubo placares empotrados de los inquilinos anteriores.

La banda forma en círculo con Kartún como eje central, y el ensamble instrumental va cambiando de género a medida que pasan los temas. El sonido rioplatense atraviesa todo el arco del grupo: la canción es la madre rectora de El Kuelgue. Pero la instrumentación varía entre bossa nova, tango, folclore, reggae y jazz. La incorporación en 2007 de Pablo Vidal en saxo terminó de ampliar el sonido, y esa expansión, sumada a la teatralidad de las dos voces, probablemente haya colaborado en el proceso de transición de la banda desde la música de salón hacia los shows en escenarios de estadio techado, después de haber agotado las entradas de la Ciudad Cultural Konex cinco veces seguidas durante el verano.

Días más tarde, en Casa China, el supermercado del Barrio Chino de Buenos Aires, Kartún agarra un ananá y la empuña para la cámara de Rolling Stone. Por su cara que parece de plastilina pasan los gestos de varios de sus personajes. Por un rato es Caro Pardíaco, luego Andy Klinsman, el notero especial. Flaco y alto, de jogging y remera de Fun People, Kartún atrae las miradas de las compradoras del mercado chino. Su encanto está compuesto en partes iguales de una cara de niño y una personalidad chistosa. A las 10 de la mañana, la sesión de fotos termina y los músicos salen disparados como de un hormiguero hacia sus varios proyectos. Más tarde, volverán a encontrarse en su búnker nuevo. “Alquilamos la casa con la idea de trabajar todos los días en horario de oficina”, dice Kartún. “Bueno, cuatro horas más tarde.”

“Y también es un lugar para recibir a nuestros amigos y familias”, agrega Mojoli. Como para ilustrar el punto, acaba de llegar Fred, un amigo que estuvo viviendo en Brasil y se trajo a Fumasa, su perro, un caniche gris con el pelo electrocutado, y una gata, Jessica, que se oculta de la gente. Él va a vivir en una de las habitaciones.

Mojoli (izq.) y Kartún en vivo en el festival Rock en Baradero, en febrero. En agosto, la banda llega a Obras.
Mojoli (izq.) y Kartún en vivo en el festival Rock en Baradero, en febrero. En agosto, la banda llega a Obras. Fuente: RollingStone - Crédito: Pablo Mekler

En la primera semana de convivencia en el nuevo espacio, todavía no pudieron encender la cocina, pero sí probaron todas las comidas étnicas de la oferta palermitana. En la mesa hay muchos más que los seis platos de los músicos. El equipo de trabajo creció en los últimos meses: hoy El Kuelgue tiene un stage, una manager, un productor, una community manager y un sonidista. Todos ellos dan vueltas por la casa mientras algunos comen y otros miran fútbol. “Tuvimos que dar un salto”, dice Kartún sobre esta nueva etapa del grupo. “Sumamos profesionales pero, a la vez, nosotros seguimos cagándonos de risa y encontrándonos en los mismos lugares que antes.”

Si hay algo que los integrantes de El Kuelgue no parecen tener ganas de hacer es precipitar las decisiones importantes. Beatriz (2012), su primer disco, y Ruli (2013), el segundo, llegaron después de siete años de tocar en vivo, cuando incluso ya llenaban lugares como Niceto Club. Ambos álbumes fueron casi una formalidad, el registro de unas canciones que venían tocando desde hacía mucho tiempo. Esas grabaciones tuvieron lugar en el mismo estudio en el que ensayaban las Bandas Eternas de Luis Alberto Spinetta, pero el momento que más disfrutaron no tuvo que ver con ese hito histórico para el rock nacional, sino con una coincidencia mucho más modesta: un día, Alfredo Casero fue a grabar una versión de “Piel de cereza”, un tema que hacía en Cha Cha Cha. “Fue un flash”, dice Kartún. “Éramos re guachines, estábamos grabando nuestro disco, y de repente teníamos a nuestra máxima influencia en la sala de al lado.”

Cha Cha Cha aparece una y otra vez en la narración de la banda, casi como el referente más sólido de un grupo sostenido en el espíritu lúdico, la espontaneidad y el chiste. “La chispa de lo que sucede en vivo versus lo planificado se nota”, dice Kartún. “Nosotros valoramos mucho la potencia del error como generador de contenido.”

En Cariño Reptil, su disco de 2015, El Kuelgue llevó su sentido del humor a un nuevo nivel de absurdo. Por ejemplo, en “Milanesa”, la voz de Kartún se pone grave, impostada, como un tipo que se hace el locutor y está de levante. “Una prima moja a la otra y de repente/Milanesa envuelta/En arena y sol”, canta, y después interpreta un diálogo entre el protagonista y una de las primas, un par de líneas que en vivo se deforman y mutan, pero en el disco dicen así: “Jajaja, qué divertida, ¿siempre sos así de divertida?/Zí, qué sé yo/Soy de Padua, ¿y vos?/Ni idea, Padua ni idea”.

Esas variaciones que ocurren en los shows dependen de lo que pasó en la semana, de lo que ocurra debajo del escenario, de lo que vibre en el público. Las risas se miden en el vivo. “Nosotros la pasamos bien cuando tocamos, así que siempre estamos haciendo chistes, pero no es que buscamos hacer música para reír”, dice Kartún. Martínez suma: “Es algo que se da como resultado de nuestra naturaleza lúdica”.

En la mesa de la casa de El Kuelgue quedan las sobras de una docena de shawarmas, seis personas sentadas y otras tantas yendo de la sala de ensayo a la terraza. Arriba está Kartún tomando el sol de invierno, fumando un cigarrillo –uno de los muchos que se prenden y se apagan constantemente en esta casa–, mirando la parrilla: “Creo que vamos a colgar una media sombra acá para comer asado”, dice. “Y a poner unos árboles más, porque en verano va a ser duro.” De aquellos viernes en la terraza de los Martínez a estos en la terraza propia, las cosas no cambiaron demasiado para esta banda que decidió dejarse llevar por el devenir de su propio suceso.

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