
La banda de Jonathan Davis sumó al hijo de Robert Trujillo, Tye, en el bajo para sus shows por Sudamérica
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Korn regresó a Argentina con una novedad en su formación: en el bajo, en lugar de Fieldy Arvizu estuvo el hijo de Robert Trujillo, Tye, de tan sólo doce años y que hace menos de un mes había estado en el país tocando en el Lollapalooza. La banda californiana sabía que corría un riesgo subiéndolo al escenario porque podía convertirse en una distracción. Más que nada porque, de movida, representaba una ruptura del código estético: esa mezcla de rabia y angustia que expresan ya desde su apariencia choca de frente contra la imagen de un chico de escuela primaria, sin que importe demasiado que el papá de éste toque o no en Metallica. Al principio el público no se pudo contener: “Trujillo... Trujillo”, cantaron en “Right Now” y “Here to Stay”, alentando al pequeño Tye antes siquiera de referirse al grupo. Pero con el paso de los temas su presencia en escena se naturalizó y -sin esconderse ni mucho menos- el reemplazante de Fieldy dejó de ser el elemento discordante para pasar a ser un engranaje más en una banda que sigue sosteniendo bien altas las banderas del metal alternativo como ya lo hacía mucho antes de que él naciera.
En un Malvinas Argentinas no del todo colmado, Jonathan Davis y los suyos ofrecieron un show tan sólido como breve (el set no llegó a la hora y media). Con un sonido aceptable para un espacio que a veces trae problemas y una puesta sobria con telones intercambiables y apenas unas densas columnas de humo como único truco, el grupo se concentró en sonar compacto, pesado y grave. Su principal recurso sigue siendo la catarsis colectiva: los puños al aire en “Somebody Someone”, el “fuck it!” saliendo de mil gargantas al unísono en “Y'All Want a Single”, el estallido de furia contenida de “Blind”. A diferencia de otros exponentes del nu metal, saben esquivar los clisés ya desde la tarea de su frontman, que camina el escenario relajado y sin poses, matiza el negro uniforme con una pollera floreada, toca la gaita en “Shoots and Ladders” y puede montar los pesados riffs con la flexibilidad de un cantante de dancehall pero también invocar al averno con un growl certero (si de Davis y Trujillo hablamos, su mejor asociación se da en “Insane”, que abre con un alarido gutural y ametralla en el pecho con los bajos).

Las guitarras de Munky y Head turnándose para acompañar el ritmo y ensuciar con ruido, Ray Luzier y el solo de batería que nunca falta, un cover (el conocido “Word Up” de Cameo), dos citas (“We Will Rock You” de Queen en “Coming Undone”, “One” de Metallica en “Shoots and Ladders”), un circle pit furioso en “Twist” y -para el cierre- un himno generacional: “Freak on a Leash”, que ya desde su tritono inicial remite a la mayoría de los presentes (no a Tye Trujillo, claro) a esos últimos 90 en los que la oscuridad adolescente se adueñaba del mainstream.
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