
Con el sello artesanal de Rudy Van Gelder
Al contrario de lo ocurrido con Phil Ramone, que comenzó con un estudio de grabación para exigentes y siguió trepando hasta ubicarse entre los productores más poderosos, Rudy Van Gelder no ha querido hacer otra cosa que acomodar micrófonos y operar consolas durante más de medio siglo sin moverse de Nueva Jersey. Primero en el living de sus padres y, desde 1959, en un barrio cercano, donde hizo edificar una especie de capilla, inspirada por Frank Lloyd Wright, en la que todavía trabaja.
Fue en esas dos casas suburbanas donde se grabaron muchos de los mejores discos del siglo XX, en condiciones acústicas fuera de toda norma y utilizando al principio aparatos caseros que ahora causan risa o asombro por su precariedad, pero entonces eran la solución para sellos humildes, sin posibilidades de alquilar salas de primer nivel.
Igual que Preston Tucker, el creador de un automóvil distinto de todo lo conocido, y Les Paul, que diseñaba en su garaje las guitarras eléctricas del futuro, Rudy Van Gelder era otro de esos inventores excéntricos de posguerra capaces de armar equipos eficaces utilizando poco más que ingenio y chatarra.
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En su caso, la proeza fue convertir un transmisor sobrante del ejército en la mítica mesa de grabación que sólo él podía manejar y le sirvió para registrar el sonido del jazz y cierta música de cámara con una sensación de presencia nunca escuchada, efecto al que también contribuyeron las modificaciones introducidas en los pesados micrófonos alemanes que no tocaba sin guantes y su sentido del espacio acústico para distribuir a los ejecutantes en torno de ellos.
Su vinculación con Alfred Lion y el sello Blue Note a fines de 1953, Bob Weinstock y Prestige unos meses después y, algo más tarde, la marca Vox fundada por un descendiente de Mendelssohn, convirtió a Rudy Van Gelder en el primer ingeniero estrella en la historia de la música grabada, un nombre en la contratapa que garantizaba sonido intenso, puro y bien definido, con cada instrumento nítidamente diferenciado y un equilibrio de planos tan perfecto que se volvía difícil encontrar la diferencia entre la versión mono y estéreo de un mismo álbum.
Los más grandes artistas que el jazz ha conocido cruzaron el Hudson para grabar en su sala centenares de obras maestras, entre ellos Miles Davis, Art Blakey, Thelonious Monk, Sonny Rollins, John Coltrane, Bill Evans, Horace Silver y Jimmy Smith, que se convirtió en una sensación gracias a que Van Gelder encontró la manera de registrar sin distorsiones la excitación que transmitía con su órgano Hammond.
Luego vinieron los años gloriosos de Bob Thiele produciendo sesiones memorables para Impulse. "A Love Supreme", "Ascension", "Ballads" y todos los grandes álbumes de Coltrane se grabaron en lo de Van Gelder, también su encuentro con Duke Ellington, que unas semanas antes se había reunido allí con Coleman Hawkins, y el debut como solista de Mc Coy Tyner, sentado a un instrumento mediocre, según algunos expertos.
Porque con la misma pasión que oyentes y críticos han hecho de este hosco ingeniero un intocable, se lo desprecia en los claustros de audiófilos, entre quienes está muy mal considerado por el lugar secundario en que ubicaba al piano en sus grabaciones iniciales, más un sinfín de razones técnicas que sólo ellos entienden y convierten en defectuosos registros de incomparable calidez y sugestión.
Con más de ochenta años, Rudy Van Gelder sigue activo y con el oído intacto. Tiene una serie propia en la nueva Blue Note, para la que ya lleva reconstruidos más de un centenar de álbumes clásicos utilizando las matrices originales, y acaba de publicar "Tomas perfectas", con un compacto en el que conversa con Michael Cuscuna sobre toda una vida de tratar con genios díscolos y otro con sus grabaciones predilectas que es una especie de homenaje a sí mismo y a la época musical que documentó mejor que nadie.





