
Con la impronta de Astor
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Recitales del Quinteto de la Fundación Astor Piazzolla, integrado por Horacio Romo, en bandoneón; Sebastián Prusak, en violín; Nicolás Guershberg, en piano; Germán Martínez, en guitarra, y Sergio Rivas, en contrabajo. Temas y arreglos de Piazzolla. Coordinación musical: Julián Vat. En el Club del Vino, Cabrera 4737. Nueva presentación: 23 de febrero.
Nuestra opinión: muy bueno.
Interpretar la música de Astor Piazzolla a partir de sus propios arreglos es una tarea desafiante, riesgosa, temeraria. Más aún si las partituras fueron escritas para la formación de quinteto: bandoneón-violín-piano-guitarra-contrabajo, uno de los hallazgos camarísticos más formidables plasmados en la música popular. Sobre todo para traducir el tango contemporáneo y de vanguardia.
Esa formación de quinteto es la que fue refundando Astor desde aquel precursor de 1955 (bandoneón-piano-violín-chelo-bajo), pasando por el quinteto con vibrafón en 1958, el primer quinteto de 1960 y su formación definitiva de bandoneón (Astor) - violín (Bajour) - piano (Gosis) - guitarra (Malvicino) - contrabajo (Kicho Díaz), cuyos miembros –prestigiosos músicos todos– fueron cambiando con el transcurrir de los años.
Es el peso de los ilustres predecesores el que cargan los jóvenes músicos del Quinteto de la Fundación Astor Piazzolla: el contrabajista Sergio Rivas y el guitarrista Germán Martínez. Peso que se agiganta para el pianista Nicolás Guershberg y el violinista Sebastián Prusak, y que se hace enorme, descomunal, para el bandoneonista Horacio Romo, en el reto de emular al gigante auriga.
Si no se tratase de los propios arreglos de Astor –consolidados a partir de la década del 70–, es decir, si se tratase de nuevas instrumentaciones, la responsabilidad de esta nueva generación de músicos sería menos comprometida, estética, artística y estilísticamente. Pero la Fundación y ellos mismos han querido asumir este desafío con sus contingencias.
El resultado es reconfortante. Este quinteto (que antes tuvo a Gustavo Toker y hoy alterna con Pablo Mainetti en el bandoneón) ha dado pruebas contundentes de su talento y del respeto por la impronta piazzolliana.
Lo demuestra a partir del empuje rítmico, el énfasis poderoso, las síncopas y el estilo fugado de “Primavera porteña”, en la que se cuela –en su tramo central, de gran vuelo lírico– una infinita, recóndita nostalgia.
Se lo percibe en el excelente ensamble del quinteto para pergeñar ese clima nocturnal, sugestivo, casi debussiano, de “Romance del diablo”, en el que sobrevuela una milonga. Se hace evidente en el clásico “Veraño porteño”, con sus pulsaciones profundas, su hondo melodismo, su empuje arrollador, que el grupo asume con arrebato juvenil. Y se prolonga en esa página irrepetible de “Milonga del ángel”, en la que este bandoneón parece apartarse un tanto del precioso modelo dejado por Astor.
Los tres fundamentales soportes del discurso sonoro, el bandoneón, el violín y el piano, apoyados minuciosamente por la guitarra y el contrabajo, sienten de veras la vibración original y le incorporan su savia nueva.
La primera parte reserva dos impresiones: las transidas notas de “Invierno porteño”, cantadas primero por el piano y luego por el violín (con riesgosa libertad en los rubato), para culminar todos en la conocida coda barroca, y la loca, alucinante carrera de “Michelangelo 70”.
El segundo tramo se iniciará con dos temas fugados, “Calambre”, para acercarnos ese pulso canyengue que expande, apabullante, las raíces del tango, y la “Muerte del ángel”, donde el nervio piazzolliano irrumpe arrasador, mientras deja espacio para el envolvente vuelo melódico, coronado por un da capo arrebatado.
En un momento se incorpora Julián Vat, coordinador musical del quinteto, para entregar sinceras cadencias en “Años de soledad” en su saxo. Es un oasis entre los delirios.
El ritmo filoso, las síncopas y los ostinatos regresarán con “Revirado”, para dar paso a los pasajes románticos en la voz del violín. El encuentro concluirá con una vibrante versión de “Adiós Nonino”, incluyendo el preludio (que no es ni sonatina ni obertura), escrita por Astor para el piano y del que Dante Amicarelli hizo una de sus más fascinantes recreaciones. El ímpetu irrefrenable y el melodismo profundamente melancólico acaparan una vez más la mente y el corazón.
La despedida será con “Libertango”, otra página en la que los ostinatos y el énfasis rítmico se dan la mano con un melodismo subyugante.
Sorprende el acercamiento del joven Horacio Romo al fraseo –que fue único e irrepetible– de Astor Piazzolla. El bandoneonista demuestra que se ha imbuido de la técnica y la expresión del genial músico como para transmitir su ínsita musicalidad. También asombran el sonido, la ductilidad en el fraseo y la impecable afinación de Sebastián Prusak. Y gratifica escuchar un sólido y formidable touche de Guershberg en el piano. El trío unido en perfecto ensamble con guitarra y contrabajo. Ellos sabrán profundizar en cada partitura para encontrar el meollo.
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