De Babilonia a Morocco, una gira por la modernidad

Cómo eran estas verdaderas fábricas de artistas
Alejandro Cruz
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19 de enero de 2008  

Los lugares hablan. Durante las décadas de los ochenta y los noventa, algunos lugares se convirtieron en verdaderas fábricas para que los artistas de aquel momento afinaran sus instrumentos y para que ciertas estéticas renovadoras tomaran forma. En ese marco, los dueños de esos sitios fueron (y algunos todavía lo son) artistas, que entendieron cómo adecuar esos reductos en función de cierto lenguaje estético y cierta forma de entender la noche.

En esa línea, muchos dicen que todo este movimiento nació en el Café Einstein, de Omar Chabán (tristemente conocido por la tragedia de Cromagnon) y Sergio Aisenstein. El bar duró poco tiempo (1982-1984), pero, como dijo Andrés Calamaro, "fue el lugar donde todos empezamos". Por allí pasaron tipos como Soda Stereo, Los Twist, Sumo y tantos pichones de celebrities del rock vernáculo.

A mediados de esa década, se producen las aperturas del Parakultural (1986-1994), la locura maravillosa de Omar Viola y Horacio Gabín, y de Cemento (1985-2001), también de Chabán. Los dos sitios fueron ventiladores de nuevos aires en tiempos en los que se salía de la asfixia. Así fue que un sótano inmundo y un galpón poco glamoroso, respectivamente, se convirtieron en búnkers de la renovación, al cumplir un rol semejante al que jugó el Instituto Di Tella en los años 60.

Por Cemento pasaron Los Redondos de Ricota, Sumo, La Organización Negra, Attaque 77, Divididos, varias bandas punks con ínfulas de chicos heavy y algún cabaret vanguardista hasta que Cromagnon hizo que Cemento cerrara de la peor manera. Por el Para -así se lo conocía-, compartían adrenalina Urdapilleta, Tortonese, Batato, las Gambas al Ajillo, Luca Prodan, Los Melli, Pérez Celis y tantos -tantos- otros.

En los comienzos -siempre hay un comienzo-, la movida se expandía también por Palladium, el bar Bolivia, New Age Comunication, El Dorado y Die Schule. A fines de la primavera alfonsinista -cada vez más marchita-, nacían El Dorado, MedioMundo Varieté, Ave Porco, Nave Jungla y luego Morocco. En estos ámbitos, lo kitsch dialogaba con un texto de Copi, Teté Coustarot hacía migas con Batato, la música electrónica compartía espacio con La Mona Giménez y una troupe de enanos convivía con seductores drag queens . Esos lugares eran, como alguien dijo, parques temáticos de la modernidad. Mientras tanto, el Rojas fue el único sitio oficial que supo contener lo que nacía en las márgenes.

A principio de los noventa surgió Babilonia, cuando la calle Guardia Vieja todavía era un lugar de malevaje. Sin embargo, por ese depósito de bananas pasó buena parte del rock alternativo y se montaron muchas de las experiencias teatrales más de ruptura. Como sucedió con Ave Porco, Babilonia cerró en el 99 como si no cuajara del todo en el nuevo siglo.

Actualmente, esos espacios de cruces casi no existen. Y aunque a muchos les produzca cierta melancolía, paradójicamente, posCromagnon (el último emprendimiento de Chabán) parece imposible la supervivencia de estos sitios que supieron convertir a galpones, depósitos, sótanos y viejas casas en sitios fundacionales de otras estéticas y otro modo de entender la noche.

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