
De Tchaikovsky a Kagel
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Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Juan Pablo Izquierdo. Solista: Shlomo Mintz (violín). Programa: Variaciones sin fuga, de Mauricio Kagel; Concierto para violín y orquesta, en re mayor, Op. 35, de Piotr Ilich Tchaikovsky. Quinto concierto del ciclo a quince, en el Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno.
Fue brillante la actuación del violinista Shlomo Mintz como solista del concierto de Tchaikovsky, obra agradable y brillante, pero carente de la sustancia y profundidad musical como para hacer lucir a un artista de tamaña magnitud en aspectos más profundos que los meramente técnicos.
A propósito de la presencia del artista ruso israelí, cabe señalar que una única actuación en Buenos Aires, después de su anterior visita igualmente fugaz, vuelve a impedir que su consumado arte sea disfrutado por un amplio espectro del público y que además se lo valore en el recital o en el mundo de la música de cámara y la dirección orquestal, donde también brilla con luz propia, como lo atestiguan sus últimos registros discográficos con todos los conciertos para violín y orquesta de Vivaldi, en la doble función de director y solista.
De todos modos, si bueno y breve dos veces bueno; con más razón en este tiempo tan complejo. Por fortuna, el público melómano local, con su habitual olfato y conocimiento, muy abundante por cierto, al concluir el Allegro vivacísimo del concierto, estalló en una de sus exclusivas ovaciones, de esas en las que el aplauso es acompañado por un conmovedor rugido. Pero en esta oportunidad, además, se palpó una actitud como impelida por una fuerza eléctrica que puso de pie como resortes a muchos plateístas y también a la gente ubicada en los palcos.
No fue para menos: Shlomo Mintz había completado una faena de virtuosismo brillante, a nuestro juicio sustentado en la energía de su toque, la amplitud y volumen de su sonido y en la seguridad rítmica de sus ataques en perfecta amalgama con la batuta de Juan Pablo Izquierdo, el distinguido director de orquesta chileno a quien no le faltaron méritos artísticos para dar una versión expansiva y cálida de la obra de Tchaikovsky.
Y, como no podía ser de otro modo, frente a la calidez del momento, Mintz agregó dos obras para violín solo que no fueron anunciadas por el artista, pero que resultaron ser admirables para reiterar su pleno dominio de la ejecución del violín. En este punto, también se dejó pasar la oportunidad de escuchar al músico indagando en alguna página de contenido sustancioso.
Kagel y Schumann
La velada comenzó con una obra significativa del compositor argentino Mauricio Kagel, que desde 1957 se encuentra radicado en Europa y ha adquirido a través de su producción, la actividad pedagógica, incursión por el cine y el desempeño directivo en centros de enseñanza, un reconocido prestigio internacional. Las "Variaciones sin fuga", para gran orquesta, de Kagel, fueron escritas en 1971 y tienen relación con las "Variaciones y fuga sobre un tema de Haendel", Op. 24, de Johannes Brahms. El autor ideó que su música podría ser presentada con una escenificación en la que dos actores deberían personificar a Haendel y a Brahms.
Después de escuchar las catorce variaciones y el enigmático momento final nació la necesidad urgente de una nueva audición. La primera impresión fue de sorpresa por la indudable originalidad del lenguaje, la sensación de que Kagel, de pronto, amplió a regiones aparentemente no alcanzadas las posibilidades sonoras de la actual orquesta sinfónica.
Claro está que la valoración definitiva de la obra no puede estar en nosotros. Serán los melómanos del futuro y siempre y cuando composiciones como la de Kagel, que provoca una atención y una conmoción llamativa, no queden guardadas en el cajón de las cosas ya estrenadas y muertas.
La Filarmónica, conducida por Juan Pablo Izquierdo, aparentemente cumplió una faena brillante para tocar todo lo escrito. Quizá fue perceptible un cierto desequilibrio de planos, ya sea por la amplificación de algún instrumento delicado como el clave o por la robustez de algunos sectores.
La segunda parte del programa estuvo dedicada a la Sinfonía de Schumann, aquella que figura como cuarta y fue segunda en su composición original, ideada primero como una fantasía sinfónica, en la cual los cuatro movimientos (no tres, como indicó el programa) se ofrecen sin pausa, en una sola unidad.
Fue buena la elección de tempi de Izquierdo, aceptable la ejecución de la Filarmónica, en esta ocasión con algunos pasajes flojos en los bronces, excesivamente robusta y poco matizada en el balance general, pero fiel al espíritu de un sinfonismo, el de 1851, año de la última revisión de la partitura que presiente un porvenir exuberante e impredecible.





