
Dos caras de Egberto Gismonti
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Recital del pianista, guitarrista y compositor brasileño Egberto Gismonti , acompañado en guitarra por Alexandre Gismonti y en contrabajo por el bajista y compositor brasileño Zeca Assumpçao. Presenta Contemporánea, La música del Mundo, de Oliverio Allways. En el salón Libertador del Sheraton Hotel.
Nuestra opinión: muy bueno.
Aquí están los dos Gismonti. El de la guitarra y el del piano. Con la guitarra apabulla; con el piano sorprende. La guitarra emprende precipitadas carreras. El piano canta. Las diez cuerdas de la guitarra se internan por repiqueteos y arpegios trepidantes, plagados de ostinatos, mientras la otra guitarra -la de Alexandre Gismonti- entreteje refinados acordes y el contrabajo de Zeca persigue una melodía que parece inasible.
En ningún momento se producen estrépitos sonoros. El ruido está lejos de aquí. Pero la tensión es desconcertante, a partir de ese augira irrefrenable que es Egberto. El melodismo se hace hipotético, conjetural, entre los alterados y sobresaltados punteos, entre el ritmo interior por el que se cuelan sutilmente acentos arábigos o del ancestro español. Las cadencias palpitan sin darse tregua y el lenguaje se hace abstruso en las dos primeras incursiones del inalcanzable trío.
Las aguas se aquietan en la tercera y breve instancia del concierto, cuando Egberto da paso a la guitarra de su hijo Alexandre. Una tristísima melodía atraviesa el aire mientras el contrabajo aporta notas indispensables para crear un clima sugestivo, enriquecido por sutilezas.
Cuando Egberto queda solo, una melodía se cuela entre acordes e inquietos pulsos rítmicos, donde, en medio del infatigable punteo, asoma virtualmente una ráfaga de música brasileña que queda sepultada por nuevos ostinatos rítmicos y corridas cercanas a otra Danza del Fuego que se agiganta en su guitarra orquestal.
La primera parte del encuentro se prolongará dentro de idéntico esquema experimental y complejo de música contemporánea inspirada en lo popular: corridas, ostinatos, arpegios, repiqueteos, ritmo frenético, todo a modo de improvisación interminable, donde se engarza una armonía que admite no pocos desafíos.
Antes de finalizar la primera tanda de exaltaciones y arrebatos, será el turno de Alexandre. Casi sin inmutarse y con su guitarra enhiesta, el músico desgranará una melodía sutil envuelta en sugerente trama, como si fuese una canción sin palabras. Y tras las exquisiteces de canto y armonías envolventes aparecerá, refinada y preciosa, la música brasileña.
La diafanidad del piano
La extensa pausa para deglutir -caro- en las mesas es un respiro.
Pero, al regresar, Egberto Gismonti insistirá, con solo de guitarra, en su propuesta de impetuosas ráfagas de ostinatos, de ritmos obsesivos, de arpegios como latigazos, de arranques, de guitarra orquestal y de virtuosismo experimental. Música de rasgos ecuménicos donde difícilmente se reconocen herencias telúricas.
La sesión de las dos guitarras y contrabajo ha sido francamente fatigosa, abrumadora. Por cierto que no han faltado ni ideas ni elaboraciones propias de un músico genial, como es Egberto. Pero todo parece haberse convertido en un lenguaje circular y recurrente, donde la melodía ha quedado convertida en convidada de piedra.
Entonces ha llegado el momento deseado: cuando Gismonti padre se sienta frente al teclado y empieza a desgranar notas maravillosas de claro e incisivo melodismo como las hubieran escrito hoy Chopin, Scriabin y Rachmaninov, en revisión de Mozart (por el toque clavecinístico...) Gismonti sigue acompañado por el extraordinario contrabajista Zeca Assumpçao, que no recurre a ningún virtuosismo, pero sí está siempre presto a recorrer su infinita, deliciosa paleta en la base armónica y rítmica.
Los dedos de Gismonti saltan luego por todo el teclado, como si en su repaso de música clásica incorporara al mismísimo Bartok en una espléndida toccata. Allí sobrevendrá un solo de contrabajo con glissandos y notas blue que nos acercan por un instante al territorio del jazz.
Cuando vuelve el trío, el piano canta suave y sutil, con bellísimos rubato, una delicada (como corresponde) e introspectiva berceuse. Es el soplo más refinado del encuentro, como para dar fe de que la musicalidad no pasa tan sólo por espasmos y urgencias.
El trío se lanzará después en un espléndido juego, donde los arranques se darán la mano con la sutileza, donde los diseños obsesivos desatarán una pasmosa polirritmia.
El panorama intrincado de la primera parte ha dado paso a la diafanidad, a la transparencia; incluso a las ocurrencias y al humor. Y en el bis asomará por instantes algo así como la fascinante prolongación de un baión. Estas han sido las dos caras de un Gismonti imprevisible y genial.
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