Drama lírico completo
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Estreno de “ El inglés de los güesos”, drama lírico en tres actos con música de Felipe Boero, sobre la novela homónima de Benito Lynch, en versión teatral de Arturo Cerretani y Marcos Bronenberg. Por el Coro (dirección: Eduviges Picone) y la Orquesta Estable del Teatro Argentino, con la dirección de José María Ulloa. Dirección escénica y vestuario: Horacio Pigozzi; escenografía: Enrique Cáceres, coreografía: Cecilia Elías. Elenco: Arnaldo André (James Gray, el inglés), Graciela Oddone (Balbina), Carlos Sampedro (Santos Telmo), Graciela Andrini (Doña Casiana, madre de Balbina), Raúl Herrero (Don Juan, padre de Balbina), Juan Ignacio Bianco (Bartolo), Maximiliano Drizza (Deolindo, paisano) y Gladys Romero Marcial (Doña María, curandera). En la Sala Ginastera del Teatro Argentino ( La Plata). Sábado, a las 20.30, y domingo, a las 17, funciones a beneficio.
Nuestra opinión: bueno.
El estreno efectivo de “El inglés de los güesos”, de Felipe Boero, drama lírico del que se conocían tan sólo fragmentos orquestales, y una versión con piano ofrecida el año pasado en el Teatro Roma, de Avellaneda, se produce ahora en el Teatro Argentino.
Fiel a los postulados que guían la nueva gestión que orienta el Centro de las Artes platense en su marcha hacia nuevas metas integradoras de la cultura nacional, este hecho constituye en sí mismo, entre tanto menester urgente de la hora, un aporte significativamente genuino y loable, realizándose así una efectiva revalorización de la obra de creadores e intérpretes argentinos.
Etapa nacionalista
El creador de “El matrero” (1929), considerada por muchos como la primera ópera argentina –aserto no carente de sentido–, afirmó nueve años después con “El inglés de los güesos”, inspirada en la novela homónima de Benito Lynch, si no un nuevo testimonio de nacionalismo musical, una captación más amplia y profunda de los sentimientos humanos volcados en la aparente y sencilla ingenuidad de una trama que se ciñe a las duras aristas del criollismo verista. Pero, aun así, ello apunta a niveles hondos de la identidad: sirve para confrontar tipos humanos y concepciones de vida distintos, como los de la tierna y simple Balbina y el flemático investigador inglés que aparece en su vida y sale de ella de manera repentina e imprevista, quebrándola.
La adaptación teatral de Cerretani y Bronenberg le brindó sustentación a la fina penetración psicológica de Benito Lynch y coadyuvó a que la escena se viese enriquecida por la música incidental, que en algunas escenas sirve de soporte al canto de los personajes centrales, al canto coral y a la danza.
La música de Felipe Boero permitió apreciar una vez más el trazo de un compositor auténtico, de inspirado sencillismo, dueño de un oficio que lo habilita con holgura para el comentario ambiental de la escena.
La Orquesta Estable del Argentino, dirigida por José María Ulloa, fue sobria en su desempeño, pero adoleció en algunos pasajes de notorias fallas de afinación y algún desajuste en el equilibrio, y es de desear que en las restantes funciones revitalice toda la pujanza, la gracia y el colorido originales. Se destacó, en cambio, en los fragmentos corales, en los que la excelencia del coro preparado por Eduviges Picone rindió sus frutos, y asimismo al acompañar a los integrantes del eficiente ballet estable y los bailarines invitados. No obstante, el foso sobrepasó en algunas ocasiones a los cantantes.
El elenco que asumió la representación inaugural en esta oportunidad, con el magnífico marco y los recursos escénicos que ofrece la Sala Ginastera del Argentino, cobró realce en su desempeño, a pesar de haberse mantenido la tendencia minimalista en la puesta en escena, ya exhibida por Horacio Pigozzi en la anterior versión del Teatro Roma. Hubo un desplazamiento dificultoso de los personajes y los bailarines, pero aunque el cuadrilátero inclinado situado a un costado de la escena no resultó un obstáculo mayor, sí obliga a desplazamientos forzados. Resultó acertada la puesta de luces.
Arnaldo André (James Gray) compuso bien su personaje, dándole el carácter neutro que requiere, si bien el micrófono le jugó alguna mala pasada y su inglés resultó algo estereotipado. André jugó bien las escenas habladas con Oddone (Balbina), que cantó sin micrófono. El desempeño actoral de la soprano en un personaje que forja una ilusión candorosa en su corazón, en un medio rural tosco y bravío, tuvo suficiente verosimilitud –además de intensidad– con una línea de canto que alcanzó niveles expresivos de excelencia. Si bien muy eficaz en su desempeño actoral, Sampedro no fue igualmente feliz en sus partes cantadas, con notoria desafinación en algunos pasajes y eficacia vocal en otros, como en el dúo que cantó con Balbina. Las restantes actuaciones actorales de este drama que culmina con belleza trágica, aunque exageradas en la marcación, fueron no obstante correctas.


