
Dvorak: sinfonías que renacen
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Ciclo integral de las sinfonías de Antonin Dvorak , en conmemoración del centenario de su fallecimiento. Función N° 15 del ciclo de abono. Sinfonía N° 4, en Re menor, opus 13 (primera audición en Buenos Aires), y Sinfonía N° 6, en Re menor, opus 60. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Arturo Diemecke. Teatro Colón.
No todos los compositores que escribieron nueve sinfonías conquistaron la inspiración, el vuelo, la perfección en la concepción estructural de esta forma orquestal de la sonata o el interés de analistas y melómanos en sus primeras obras. Al menos no parecen haberlo alcanzado ni Schubert, ni Bruckner. Sólo Mahler, con su "Titán", logró que prestaran atención a su primera sinfonía. Y luego el propio Beethoven ya alcanzaba cimas con su Tercera, la "Heroica".
A Dvorak le ocurrió lo mismo. Tanto, que el propio compositor se encargó de esconder sus primeras sinfonías, inseguro de haber acertado con esta forma suprema de la música, determinación que produjo una complicada ubicación cronológica dentro de su producción sinfónica. Incluso esta Cuarta Sinfonía, al no ser tomada en consideración por directores y programadores, es ofrecida aquí en "primera audición", durante la función N° 15 del ciclo de abono de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.
A Dvorak suele distinguírselo como el "creador de la sinfonía checa". Y si bien su compatriota Smetana es considerado fundador de la música checa, fue Dvorak, quizá por su eclecticismo, quien la popularizó, mientras iba recogiendo los halagos de la gloria en su Bohemia natal y en toda Europa. Triunfos, sobre todo, por su música instrumental, donde se pueden descubrir con más claridad los mejores frutos de su inventiva.
Ya en el allegro de esta Cuarta Sinfonía se percibe, en su construcción y en sus giros, el influjo de su amigo y protector, el gran Johannes Brahms (a quien le bastó con escribir sólo cuatro sinfonías para instalarse en el Olimpo de la música orquestal). Aquí Dvorak se regodea con su feraz vena melódica, imbuida de un lirismo que contrasta todo el tiempo con el carácter rapsódico; instancias que enfatiza con entusiasmo el director mexicano. Y será en el lírico y emotivo Andante donde aparecen subrepticiamente sus afinidades con Wagner ("Tannhäuser") y las reminiscencias germánicas del sinfonismo, a lo largo de tensiones y remansos.
Luego el director Arturo Diemecke se encargará de asignar todo el carácter vibrante y tempestuoso a un scherzo marcial y propenso a la fanfarria, donde dialogan, con lenguaje sencillo, cuerdas y vientos. El Dvorak que bebió de las fuentes de la canción añeja (como diría Lorca) aparece en el eufórico final. Allí sus raptos regresan envueltos en ese élan de los románticos alemanes. Otra vez la Filarmónica despliega aquí su bagaje de ductilidad, color y cohesión en la trama orquestal, con certeras plasmaciones.
Período eslavo
Cuando irrumpe la Sexta Sinfonía, en Re mayor, opus 60, asoma la faceta del período eslavo de Dvorak, a través de un tiempo ternario que no es sino una invitación a la danza. Se hace presente otra vez la influencia del Brahms sinfónico y del folklore imaginario, pergeñado por el compositor checo, en el que conjugan admirablemente lo sencillo y sincero con la maestría de una sólida escritura orquestal. El discurso musical ya no es el disperso y proteico de la Cuarta, sino el de la coherencia en el desarrollo de las ideas, con una paleta que acoge por igual nuevos contrastes entre lo introspectivo y esas celebraciones fastuosas de lo intrínsecamente orquestal, plasmadas -modulaciones y cromatismos mediante- en el diálogo entre cuerdas y vientos.
La atmósfera nocturnal del Adagio nos devuelve esa mirada interior y apacible, teñida de melancolía, en la que Dvorak impulsa nuevos diálogos entre las cuerdas y los vientos sugerentes de flauta, oboe, clarinete y corno. Su categórica contrapartida será el arrollador scherzo, engarzado en el ritmo típico popular del furiant (donde alternan las acentuaciones binarias y ternarias en el interior de un compás de tres tiempos), con el que la Filarmónica hace gala de sorprendente ductilidad y estupendo vigor interpretativo, de la mano (sin batuta ni partitura) del fogoso director.
En el final de la Sexta, aparece en todo su esplendor Brahms. Quizás es el más palmario tributo de Dvorak a la impronta creadora de su amigo. La dinámica de los piano-forte consolida la dulzura y candidez melódica, la pujanza rítmica, los profusos diálogos y el desarrollo de un discurso que anticipa, con algún hallazgo, la contundencia creadora de su octava y novena sinfonías. En este caso suenan irrelevantes los cuestionamientos de eminentes músicos o estudiosos a los presuntos desatinos de la música nacionalista. Es que la música folklórica que reinó naturalmente en el seno del pueblo bohemio, fue absorbida auténtica y gozosamente por Dvorak, para alimentar su arte más elevado. Esta es la razón de la acogida por parte del gran público.
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