
Eduardo Darnauchans, esa figura misteriosa de la música uruguaya
A diez años de su muerte, los músicos le rindieron tributo en Montevideo; perfil y mito de este cantautor esquivo
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No hay discos de Eduardo Darnauchans editados en nuestro país, y una de las contadas veces que se presentó en Buenos Aires fue en el bar Oliverio, frente a no más de diez personas. Un concierto que, a pesar de su rotundo fracaso, consiguió un lugar en la historia de "el Darno" cuando se bajó del escenario para echar a un borracho que le gritaba desde el mostrador. No era un hecho extraordinario. En Uruguay, su mito se construyó sobre dos pilares: el espesor de su obra y el embrujo de su personaje.
Culto de sibaritas y vampiros, la historia de Darnauchans está contada en no menos de cuatro libros, una película y, como Luca Prodan, cada uno de los cientos de borrachines que juran haber compartido una Pilsen con él. De este lado del Río de la Plata, su nombre recién comenzó a circular en los últimos años y como una contraseña. Fabián Casas lo vindicó en algunos ensayos y Fernando Cabrera, su discípulo y compatriota, lo mencionó en cada entrevista y acaba de dedicarle un disco. También Uruguay acaba de homenajearlo con un concierto en el Teatro Solís en el que participaron, entre otros, el citado Cabrera, Samantha Navarro, Estela Magnone, Rubén Olivera, Mauricio Ubal, Dino y Bocha Benavides.
El puente con nuestro país, sin embargo, era antiguo. Antiguo y subterráneo: tendido entre las pensiones y las penurias del exilio. "El Darno" no sólo vivió y estudió en Buenos Aires y La Plata, sino que conoció aquí mismo a la protagonista de sus canciones más emblemáticas. Su historia, en ese sentido, es la historia de un fantasma. No es casual que en estos días, exactamente diez años después de su muerte, haya regresado a las marquesinas del Solís.
Eduardo Darnauchans nació el 15 de noviembre de 1953 en Montevideo, pero creció en Tacuarembó. Allí, durante su paso por el Liceo, escuchó a su profesor de literatura hablar de Ezra Pound, Viglietti, los trovadores provenzales y el efervescente swinging London. "Primero me chocó -recordó en el semanario Jaque-. No asociaba eso con la cultura, pensaba que era una modita, pero me gustaba. Ahora, cuando el Bocha Benavides ponía a los Beatles como ejemplo para algo: «¡Caramba! ¿Entonces quiere decir que todo esto es la misma pelota?»."
Aquella matriz y el primer puesto en un festival de la canción dieron como resultado Canción de muchacho, el disco debut donde ya empuñaba su voz isabelina para cantar textos propios y de sus contemporáneos. "Tenía redondeada toda esa estética a los 17 años -dice Cabrera-. Se precisa un tiempo de afianzamiento, de cometer errores, pero Darnauchans arrancó realmente maduro."
El 23 de junio de 1973, cuando se produjo el golpe de Estado, fue arrestado por tomar las instalaciones de un magisterio e inhabilitado para estudiar en el territorio uruguayo. Aquella sanción provocó su exilio en la Argentina y, ya de regreso en Montevideo, una larga persecución ideológica. Finalmente, en el preciso momento en que el canto popular alcanzaba estatura de estadios, cayó la prohibición para sus conciertos. El miedo hizo crisis. Sobrevinieron internaciones, intentos de suicidio y hasta sesiones de electroshock. "No es nada dramático -dijo-. Te hace perder los recuerdos que no querés perder y no te hace olvidar esas cosas que sí querés olvidar."
Esos tironeos hacia el fondo convivían con un período artístico muy fértil. Acompañado por músicos como Jorge Galemire y un jovencísimo Cabrera, entre 1978 y 1980 editó las dos columnas que sostienen su obra: "Sansueña" y "Zurcidor", canciones que, en medio de la dictadura, alumbraban la larga noche de los desconsolados.
Cuando faltaban pocos días para el regreso de la democracia, se organizó un concierto colectivo en el Palacio Peñarol. En una afrenta para su prohibición, Darnauchans fue incluido en el programa. Subió al escenario con su guitarra y, de repente, el estadio hizo silencio. Luego, apenas empezó a cantar "Memorias de Cecilia", su voz se disolvió en el grito libertario de la multitud.
En lugar de ajustar cuentas con el pasado inmediato, Darnauchans fue mucho más lejos. Dedicado a su propio psicólogo, Nieblas y neblinas (1985) era un disco de caladura metafísica sobre su infancia, la noche y la muerte. Aquel exorcismo inauguró su período más luminoso. Comenzó a componer para cine y teatro, ganó el Premio Municipal, recibió la admiración de una nueva generación de artistas y ofició como telonero de Bob Dylan. Sin embargo, "El instrumento", la piedra angular de su repertorio, era una flecha arrojada al futuro inmediato: "Conocerse claro está que necesita su tiempo / con años que albañilean y años de derrumbamiento". Poco a poco dejó de componer, de tocar la guitarra y se limitó a editar algunas antologías.
Darnauchans atravesó los años siguientes en una niebla de alcohol, atrincherado detrás de sus Ray Ban Wayfarer y una saga familiar de suicidios. La espiral de su decadencia incluyó accidentes domésticos, estrechez económica y conciertos imposibles. En medio del páramo, el motor de la paradoja: un artista matándose lentamente frente a un público que le agradecía por salvarle la vida. La primera vez que escuchó El ángel azul, su disco de 2006, fue en el hospital. Era su canto de cisne. El 7 de marzo de 2007, después de la cena, se dispuso a morir. "Usted no se asuste si me siente llorar -le dijo a la dama de sus cuidados-. Voy a estar leyendo a Shakespeare."
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