El alemán del folklore

Bernardo von der Goltz actúa hoy en la Manzana de las Luces
Gabriel Plaza
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17 de mayo de 2003  

Su metro ochenta, su pelo rubio, sus cachetes colorados y particularmente su acento alemán siempre llamaron la atención en las guitarreadas que se armaban en la peña que Hernán Figueroa Reyes tenía en Olivos en el año 67. El extraño destino de Bernardo von der Goltz, criado en un pueblo de Baviera, donde ordeñaba vacas y labraba la tierra, lo había depositado en un pequeño departamentito enfrente del local. "Buscando un lugar para comer un bife terminé ahí y enseguida me enamoré de la música folklórica. No había un día que no pasara por ahí." En poco tiempo se encontró viajando con Figueroa Reyes (su popularidad es equiparable a la que Soledad tiene actualmente) a Cosquín. Un organizador lo escuchó cantar en una peña y lo invitó a subirse al escenario mayor. "Me temblaban las piernas y el micrófono parecía que estaba a cien metros. La silbatina era terrible. Por suerte cuando empecé a cantar "Luna tucumana" la plaza de golpe explotó", cuenta Bernardo.

El cantor alemán se transformó con los años en un testigo privilegiado del boom del folklore de los sesenta, fue amigo de grandes músicos como Eduardo Falú, Oscar "Cacho" Valles, Jaime Torres o Jorge Cafrune, que lo adoptaron en sus círculos íntimos, recorrió el país con su guitarra, grabó cuatro discos de folklore en un casi perfecto castellano, y a partir de hoy realizará un ciclo de homenajes en la Manzana de las Luces, Perú 272.

Será una forma de cerrar el círculo de ese viaje misterioso que comenzó hace 39 años y pagar esa deuda con esos monstruos del folklore, que le transmitieron esa pasión por las zambas, las vidalas, las chacareras y el chamamé. Cada noche participarán los hijos y familiares de Hernán Figueroa Reyes, Oscar Valles y Jorge Cafrune.

"Ellos me enseñaron todo lo que sé y es bueno compartir este recuerdo con sus herederos. Fueron los que me animaron a ser un profesional porque al principio tenía vergüenza. Cantar una zamba es lo más difícil del mundo, tanto como bailarla. Pero un día Falú me dijo que no tenía de qué preocuparme, que cantara como lo hacía. Siempre fui considerado un bicho raro del folklore, pero aprendí mucho y con el tiempo puedo decir que sé mucho más de folklore que algunos que se llaman folkloristas", apunta Bernardo, en un lenguaje donde abundan los giros porteños.

Cada palabra suya suena con autoridad. Se enoja porque un músico como Ricardo Vilca no tenga el reconocimiento merecido: "Es el mejor compositor que vi en el Noroeste". Habla de la ignorancia de los programadores de Cosquín: "El año pasado iba a realizar un homenaje porque se cumplían 35 años de la muerte de Hernán Figueroa Reyes, pero me suspendieron el recital por falta de tiempo". Pero es un agradecido de todo lo que vivió con la música. "En el Norte, con una guitarra y un mate, enseguida tenés a 20 amigos alrededor, que generalmente tocan mejor que uno", dice, y se ríe con toda la voz.

En todo su recorrido profesional con la música, en paralelo con su trabajo como gerente de bancos y firmas de seguros, cosechó infinidad de anécdotas que tienen como protagonistas a varias figuras legendarias del género. Así sella la charla: "Me acuerdo una vez que Cafrune me fue a visitar a Alemania. Venía en un tren desde Suiza y lo fui a esperar a la estación. El bajó vestido naturalmente de gaucho con ese enorme sombrero y la guitarra con una funda de cuero de vaca. Estaba contento porque antes había pasado a verlo a Perón, que estaba en Madrid. Yo le organicé un par de actuaciones y le fue muy bien. Tenía un carisma increíble y podía ponerse a hablar con cualquiera. Uno de esos días andábamos por la calle y lo pararon dos productores alemanes para que haga una película. El se rió mucho, pero prefirió volverse a la Argentina a la que tanto amaba".

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