
El arte mayor de José Cura
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Samson et Dalila , ópera de Saint-Saëns en versión de concierto, con José Cura (Sansón), Cecilia Díaz (Dalila), Luis Gaeta (Sumo Sacerdote), Carlos Esquivel (Viejo Hebreo), Ariel Cazes (Abimeleck) y elenco. Dirección musical: Rodolfo Fischer. Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Función extraordinaria, Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: muy bueno
A pura subjetividad, en pocos minutos, los ánimos fueron cambiando. En el primer instante, cierto desasosiego y alguna tirria aparecieron ante el comienzo desapacible de los vientos de la orquesta, con desajustes y sonidos destemplados. Cuando se sumaron las cuerdas, con la muy buena mano de Rodolfo Fischer, se instaló la serenidad. Los primeros deleites llegaron cuando el coro, preparado por Salvatore Caputo, comenzó desde un pianissimo impalpable, perfectamente afinado, y fue avanzando en un crescendo de volumen e intenciones hasta una fuga construida con bastante libertad por Saint-Saëns en la cual los esclavos hebreos cantan su desesperanza. Y cuando desde dentro del mismo coro, oculto entre tanta vestimenta oscura, surgió la voz poderosa, apabullante y esplendorosa de José Cura sobrevinieron el asombro, la fascinación y la admiración.
Sin embargo, habría que señalar con claridad que en esta muy buena versión de concierto de Samson et Dalila no todo se debió al excelente desempeño del protagonista, sino a una venturosa conjunción de factores que involucraron a los otros cantantes, en especial a Cecilia Díaz y a Carlos Esquivel en el muy corto momento que lo tuvo sobre el escenario, a la muy buena dirección de Fischer, al nivel general del coro y a la muy sabia y artística idea escénica que en el programa de mano ni siquiera aparece consignada pero que, se sabe, lo tiene a Marcelo Lombardero como responsable.
A Samson et Dalila , con sus largos e intensos números corales, le sienta bien el formato del oratorio. Pero debe quedar claro que la supuesta ausencia de cualquier tipo de teatralidad, en esta ocasión, queda de lado y lo que se puede ver es un espectáculo escénico sumamente atractivo, con bellísimos y muy sutiles componentes visuales, en el que se combinan una dramatización real, netamente operística, y una abstracción simbólica de gran factura.
Sobre el escenario, el coro fue ubicado en gradas que dejaban libre un amplio espacio en el proscenio para que los cantantes pudieran moverse con libertad. En el escenario todo estuvo teñido de negro: la campana acústica, el vestuario del coro y el de cada uno de los personajes, camisas para los hebreos, camisolas para los filisteos. Todos de negro, salvo Dalila, sensual, escotada y con vestido de fiesta, para desgracia de Sansón, que no podrá dejar de sucumbir ante sus encantos, sobre todo si, además, Cecilia Díaz lo envuelve a pura voluptuosidad cantándole “Mon cœur s’ouvre à ta voix”.
La ausencia de una escenificación plena deja a la voz como principal, ya que no única, herramienta para dejar traslucir cada uno de los múltiples estados de ánimo. Y en este sentido Cura sobresalió con nitidez por sobre los demás. Coqueteando con alguna sobreactuación, pero sin ingresar jamás dentro de ella, Cura aplica en su canto una infinidad de artilugios vocales, con una contundencia artística superior. Así, Sansón suspira doliente en el lamento del tercer acto, y su canto es perfectamente audible y conmovedor, arenga a los hebreos casi como un tenor wagneriano o demuestra todas sus dudas ante la acechante Dalila con una convicción musical inapelable. Con respecto a Cecilia Díaz, de una gran actuación general, cautivante, perversa y malísima en sus intenciones destructivas, sólo cabría señalarle cierta escasez de caudal en la escena de la tormenta cuando sus graves quedaron absorbidos por la orquesta, sensación que se potenció ante el hecho de que Cura se asemeja a una especie de topadora vocal invulnerable.
Versión de concierto, a fin de cuentas, en el plano de lo simbólico quedan, por ejemplo, la muerte de Abimeleck, el apresamiento de Sansón, las columnas del templo y el cataclismo final. Por último, aquella felicidad tan mentada y que, según cada caso individual, puede asomarse ante estímulos de la mayor diversidad, bien pudo haber aparecido ante el arte mayor de Cura, la lógica y la magia de un espectáculo operístico-oratorial de alta concepción y muy buena ejecución, sin zigzagueos ni quiebres sorpresivos, y la maravillosa música de Saint-Saëns. Puestos a hacer un balance, una sumatoria amplia y más que suficiente.
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