
El buen gusto de Loussier
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Jacques Loussier Trio (con J. Loussier en piano, Benoît Dunoyer de Segonzac en contrabajo y André Arpino en batería). Bach: Preludio Nº 1 de El clave bien temperado , Pastoral en Do menor , Aria de la Suite en Re mayor y Concierto brandenburgués Nº 5; Vivaldi: El verano . Satie: Gymnopédie Nº 1; Ravel: Bolero . Mozarteum Argentino. Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: muy bueno
Como era de sospechar, hubo abonados del Mozarteum que, con el Jacques Loussier Trio por delante, prefirieron no enfrentar la lluvia. Además, hubo algunos otros que se marcharon al final de la primera parte. Podría suponerse que, para ellos, Bach debería ser siempre igual a Bach y que ni él ni Vivaldi ni Ravel necesitan ser recreados con otros lenguajes. Más allá de la licitud de todas las decisiones al respecto, podría convenirse en que, en todo caso, habría que observar de qué se tratan estas apuestas y si merecen la pena para, después sí, poder aceptarlas o desecharlas. Si hubiera que evaluar en función de los aplausos últimos, pues los que sí fueron y se quedaron hasta el final aprobaron largamente la oferta de estos músicos franceses, que demostraron muchas ideas y habilidades.
La propuesta de Loussier, con medio siglo de historia, es interpretar a Bach y otros compositores académicos con recursos devenidos del jazz. En general, el trío luce muy sólido. Loussier exhibe un buen gusto, un refinamiento y una rara y notable maestría para introducir armonías y sustituciones acórdicas sumamente enrevesadas sin que pueda percibirse su enorme grado de complejidad. Su estilo de aparente sencillez no puede sino hacer recordar a aquel jazz elegante que caracterizaba a John Lewis, el factótum del Modern Jazz Quartet. Aunque también, sobre todo cuando queda en soledad, elabora introspecciones cercanas a Keith Jarrett o, por hablar de geografías más próximas, a Egberto Gismonti. Para lograr plasmar esta variante muy personal de aquella tendencia que Gunther Schuller denominó third stream , Loussier cuenta con la colaboración de dos músicos estupendos. Dunoyer de Segonzac es un bajista muy consistente que ocupa el centro de la escena y del trío con firmeza, y Arpino es un baterista que no se queda sólo en la marcación rítmica, sino que aporta colores y sonidos con muy buen tino.
Pero lo interesante es que el Loussier ofrece una cantidad de variantes y de conceptos que van mucho más allá de esa rutina que plantea la presentación de un tema barroco o clásico con armonías y timbres propios del jazz, para luego asumir una improvisación más o menos convencional. El recuento de sus propuestas interpretativas da la pauta de una inmensa capacidad.
En el Preludio Nº 1 de El clave bien temperado , Loussier tocó la partitura de modo exacto y sus acompañantes lo decoraron con colores instrumentales. Y después arrancaron en una improvisación de respeto absoluto al molde armónico de sus treinta y cinco compases, por cierto, mucho más extenso y dificultoso que el de los dieciséis de norma en el jazz. La Pastoral en Do menor fue presentada en un unísono impactante de piano y contrabajo con una posterior improvisación que incluyó un solo del bajista tan bueno como, tal vez, un poco extenso. La célebre Aria de la Suite en Re mayor fue expuesta en Do mayor, una decisión un tanto extraña, con infinitas exquisiteces y sin improvisaciones. Una enérgica introducción rítmica y percusiva se anticipó al primer movimiento del Concierto brandenburgués Nº 5. El segundo movimiento fue transformado en una bellísima balada de jazz, en tanto que los tresillos originales del último movimiento fueron la excusa ideal para desarrollar, muy impetuosa, una típica improvisación de jazz, con un sonido diáfano, muchas ideas y sin tropiezos.
La segunda parte adoleció de algunas lecturas menos interesantes. En El verano vivaldiano, la traslación de los pasajes tremolados y feroces del violín no tuvo una ejecución impoluta en el piano, y la reiteración variada del Bolero de Ravel devino en una repetición un tanto tediosa. Por el contrario, la Gymnopédie Nº 1, de Satie, fue un momento de bellezas, refinamientos y búsquedas de sutilezas superiores.
A lo largo de todo el recital, Loussier utilizó un micrófono para anunciar cada una de las piezas que iban a tocar, a pesar de que esa información estaba detallada en el programa de mano.
Pero en el final optó por el silencio y por agregar una mínima cuota de misterio. Sin decir ni una palabra, luego de una larguísima ovación, los tres músicos tocaron el último movimiento del Concierto para clave en Re mayor, BWV 1054, de Bach. Sí, por supuesto, excelentemente bien, impecable y a puro buen gusto.




