
El carácter de la Pavana para una infanta difunta
Ravel
A diferencia de otros grandes compositores, Ravel no fue un prodigio juvenil cuyas primeras obras despertaran algún entusiasmo especial. Su primer gran impacto lo tuvo a los veinticuatro, en 1899, con el estreno de la hoy celebérrima Pavana para una infanta difunta, una pieza para piano cuyo nombre, hasta hoy en día, es motivo de innumerables interpretaciones. Cabe señalar que las pavanas habían sido, en el Renacimiento, unas danzas lentas de metro binario, un tanto ceremoniosas y cuya solemnidad hacía casi imperioso que fueran continuadas por una gallarda, otra danza caracterizada por su movilidad y gracia. Caída en un larguísimo silencio, Fauré, el maestro de Ravel en el Conservatorio de París, la rescató del olvido con su Pavana para orquesta en la cual, por supuesto, no hay ninguna danza aunque sí una suntuosidad mucho más íntima que majestuosa. En el mismo sentido, Ravel optó por llamar pavana a esta pieza intimista de mágicos refinamientos armónicos, con ondulaciones melódicas envolventes y cambios texturales llamativos. Pero no hubo ninguna infanta en su mente ni, mucho menos, una muerte. Como al pasar, más adelante, Ravel explicaría que le gustó cómo sonaba esa conjunción de tres términos que, según su sentir, tenían una musicalidad que coincidía con los contenidos de la pieza. Él la tocaba y hasta la registró. A diferencia de lo que habría de instalarse como una interpretación canónica, su tempo no era lento. En cierta oportunidad, en lugar de esa digna elegancia que él imaginaba para la obra, escuchó una ejecución muy lenta y pesarosa. Para dar a entender su pensamiento, se acercó al pianista y, sutil, le dijo: "Creo que usted no comprendió. La difunta es la infanta, no la pavana".





