
El decisivo aporte de los holandeses
¿Sabía usted que los holandeses, además de haber incorporado a una argentina en el corazón del reino de Orange, en los tiempos del Renacimiento contribuyeron a cambiar el curso de la música occidental? Si lo sabía queda exento de continuar con la lectura. De lo contrario, vale la pena recordar que junto con franceses y borgoñones, los neerlandeses iniciaron una impresionante expansión por el resto de Europa, desempeñando el papel de líderes de la creación musical. Eso se debió en gran parte al surgimiento de tres portentosos creadores -Ockeghem, Obrecht y Josquin des Prés- con quienes la técnica del contrapunto adquirió niveles formidables, al punto de erigirlos en maestros indiscutibles en el contexto europeo de su tiempo. En particular, Josquin logró un prestigio a tal punto excepcional que en su época se lo señaló como "el padre de la música", dotado de un genio sólo comparable al de Miguel Angel. Con el añadido de que la importancia que confirió a la relación de texto y música dejó una huella tan profunda, que sin su influjo los madrigales de Monteverdi, las pasiones de Bach o los oratorios de Haydn no habrían sido lo que son.Y como si esto fuera poco, en la segunda mitad del XVI llegó otro holandés, Orlando de Lasso, que marcó el fin de la tradición neerlandesa, pero fue capaz, con sus dos mil composiciones, de alterar el pulso de su época, y deslumbrar a los siglos venideros, hasta hoy.
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Usted se preguntará a qué viene todo esto. Y viene a cuento porque cada vez que algunos medios locales -y ni hablar de las revistas del corazón- se ocupan de la joven Zorreguieta, aparece, como única referencia a Holanda y su música, "el bandoneonista de Máxima", Carel Kraayenhof, que arrancó lágrimas a la princesa durante su boda, al tocar "Adiós Nonino" de Piazzolla. Fue el minuto fatal. Con la mitomanía que ya es un símbolo de la mentalidad argentina, pareciera que los holandeses han descubierto la música a través del tango y el bandoneón. Inclusive cuando se habla del CD que registra las sonoridades de la ceremonia religiosa, se cita a Piazzolla, y, apenas como una concesión, a Mozart, Schubert, Bach y Händel. Excesiva simplificación, sin duda, porque en esa ocasión se tocaron además varias obras religiosas, de confesión protestante, y profanas, de no menos de seis compositores y organistas holandeses y alemanes del pasado, y también del XX, como es el caso de Jurriaan Andriessen, miembro de una familia de músicos de Haarlem, en la Holanda septentrional.
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En un país donde la literatura y el arte son parte esencial de sus hábitos de vida, se explica que Holanda cuente no sólo con grandes orquestas sinfónicas en sus ciudades más importantes, la más famosa, la del Concertgebouw de Amsterdam, sino que el Estado subvencione también al Ballet Nacional, al Teatro de Danza de los Países Bajos, a varios coros y escuelas de música, donde se prepara a sus compositores y ejecutantes para las expresiones del arte contemporáneo, sin olvidar la tradición histórica. Como era de esperar, el día de la boda real los holandeses supieron honrar a su música, más allá de alguna amable concesión.
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