Orquesta Filarmónica de Buenos Aires: el día que el Teatro Colón adoró a Javier Camarena

Pablo Kohan
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1 de agosto de 2017  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires / Solista: Javier Camarena / Director: Enrique Arturo Diemecke / Programa: oberturas y arias de Gounod, Bizet, Rossini, Donizetti y Verdi / Abono Verde / Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

El tenor mexicano cosechó numerosas y sonoras ovaciones
El tenor mexicano cosechó numerosas y sonoras ovaciones Crédito: Arnaldo Colombaroli / Teatro Colón

Verdad sencilla e incuestionable: todo cantante debe elegir el repertorio que mejor le sienta a su voz. El mexicano Javier Camarena es un tenor lírico y ligero. En función de esa voz tan particular, él seleccionó arias de ópera que no sólo se ajustaran a las peculiaridades de su voz, sino que también le posibilitaran demostrar esas capacidades casi acrobáticas que, en el Colón, cosecharon ovaciones tan sonoras e interminables como pocas veces se recuerden. Con todo, y esto debe quedar absolutamente claro, Camarena no es un mero virtuoso del canto capaz de afrontar y salir victorioso en su combate frente a las coloraturas más endemoniadas, sino un músico excepcional, de altísima expresividad y cuyas interpretaciones son fantásticas, conmovedoras.

El armado del programa y su cronología tuvieron sus virtudes. El primer tramo fue francés. Comenzó la orquesta, muy bien dirigida por Diemecke, con la obertura de Romeo y Julieta, de Gounod, e, inmediatamente, Camarena cantó "Ah! Lève-toi, soleil!", de la misma ópera. La claridad, la afinación, la limpieza y la pulcritud con las que emitió cada sonido y su timbre tan peculiar, ese que casi de modo automático orientó la memoria hacia Alfredo Kraus, fueron su mejor carta de presentación. Sus fraseos fueron envolventes, y la primera y prolongada ovación estalló indetenible. El segmento francés concluyó lejos de cualquier alarde de tecnicismo con la dulcísima aria "Je crois entendre encore", de Los pescadores de perlas, de Bizet, un momento de una alta emocionalidad. Como si estuviera cantando en el registro medio de cualquier intérprete, Camarena expuso en pianísimos tenues y dolientes todos los pesares de Nadir, llegando, sin ninguna exclamación ni altisonancia, hasta el Do sobreagudo.

En el final de la primera parte, luego de la obertura de El barbero de Sevilla, de Rossini, Camarena comenzó la exhibición de virtuosismo. Primero con "Sì, ritrovarla io giuro", de La cenerentola, un aria de coloraturas tremebundas y sobreagudos infartantes que fueron sorteados con naturalidad. Y luego cantó "Ah! Mes amis!... Pour mon âme", de La hija del regimiento, de Donizetti, la celebérrima aria de los Do de pecho. Los saltos de octava que reiteradamente debe efectuar hacia esa nota imposible, ocho en total, culminan con un potente e interminable Do allá en las alturas, sostenido sin ninguna hesitación. No es fácil recordar si alguna vez, en el Colón, se escuchó una ovación tan tumultuosa y desbocada, casi rockera, como la que explotó a continuación. Camarena no entró y salió del escenario como hacen todos los músicos en el momento de recibir los aplausos. Firmemente estacionado delante de la orquesta, permaneció larguísimos minutos saludando hasta que, por fin, comenzó el intervalo.

En la segunda parte, las gimnasias y piruetas vocales fueron reservadas para el final. En "Fra poco a me ricovero", de Lucia di Lammermoor, y "Cercherò lontana terra", de Don Pasquale, ambas óperas de Donizetti, Camarena emocionó con pasajes dolientes y lamentosos, muy bien interpretados. Luego tuvo lugar un momento musicalmente diferente cuando la Filarmónica y Diemecke se salieron de tanto bel canto para traer la maravillosa intensidad romántica de la obertura de La forza del destino, de Verdi. Y luego, en lo que fue un festival del Do sobreagudo, nota que se repitió insistente en todos los finales, Camarena cantó un aria de La traviata y, en el final, "La donna è mobile", de Rigoletto.

No es posible establecer con precisión matemática la proporción que hubo entre música y aplausos, pero el recital de Camarena puede haber establecido un récord en ese sentido. A cada aria le continuó una ovación ruidosa, desordenada, vociferante y todas extensísimas. Carismático, sonriente y dicharachero en el momento de hablar al público, Camarena y la orquesta ofrecieron tres canciones fuera de programa: "Alma mía", de María Grever; "Granada", de Agustín Lara, y, por último, "El día que me quieras", de Carlos Gardel. Abrazado a Diemecke, saludando, arrojando besos y hasta posando graciosamente para quienes le sacaban fotos con sus celulares, Camarena se fue del Colón dejando al público en un estado muy cercano a la felicidad.

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