
El espejo del romanticismo
Novalis, que murió en 1801, escribió que "ser romántico significa dar un alto sentido a lo común, un aspecto enigmático a lo ordinario, la dignidad de lo ignorado a lo conocido, una apariencia infinita a lo finito". Este fragmento es sintomático, pues al romántico nada se le ofrece libre de conflictos. Vive entre un bosque de antinomias.
En su vocación de conflicto, aparecen sin posibilidad de resolución o de síntesis las oposiciones de vida-intelecto, yo-mundo, instinto-razón, soledad-sociedad, revolución-tradición. El romántico tuvo conciencia del compromiso en que se sumía y sin duda se fortalecía en medio de él, que era lo realmente fecundo en materia de inspiración literaria o artística. Por algo Goethe calificó al romanticismo de "poesía de hospital".
Es Arnold Hauser, en su "Historia social de la literatura y el arte" el que dice que los románticos "tenían la impresión de vivir en un caos, pero pensaban que cuanto más impenetrable fuera el caos, tanto más brillante sería la estrella que surgiría de él".
* * *
De Robert Schumann, que nació en 1810 y murió en un hospital de alienados el 29 de julio de 1856, hace ciento cincuenta años, se ha subrayado hasta qué punto la lectura de sus escritos, sus esbozos autobiográficos, su correspondencia, sus diarios íntimos, sus ensayos literarios, su labor periodística, pero por encima de todo su fantástica creación musical, revela a una personalidad contradictoria, incoherente, y con signos de desequilibrio, aún desde los años de su temprana juventud.
Más de un biógrafo se pregunta: ¿era loco o tenía absoluta conciencia de la multiplicidad de su personalidad? Porque, ¿acaso no es él mismo quien se desdobla en Eusebio, en Florestán, en Maestro Raro en sus críticas de música, pero sobre todo en su incomparable producción pianística, en ese "Carnaval" en el que se diseña todo el enigma de su ser?
El estilo de Schumann se caracteriza por el uso de temas cortos, a menudo en una línea ascendente que da a la melodía un carácter interrogativo, inquietante; una melodía que a menudo se eleva de forma quebrada, tortuosa, convulsa, llena de sobresaltos. Naturalmente, no siempre ocurre así. A veces son líneas ligeras, alegres, jubilosas y aún serenas. De todas maneras, y pese a esos continuos "desdoblamientos" predomina la tendencia hacia lo inconcluso, hacia una incierta y tormentosa inquietud, hacia la angustia.
Hay un dato, enorme, escalofriante, que duele: los pavorosos sufrimientos en los últimos años de su vida, su intento de suicidio en las aguas del Rin, la melancolía que no lo abandona, según el doctor Richartz, su médico, hasta el día en que se rompe el hilo de su vida en Endenich, cerca de Bonn. Pero si pudiéramos borrar lo imborrable (el hecho real de su tormento final) tendríamos todo el derecho a pensar que Schumann fue, ni más ni menos, que el símbolo de las sombras y tormentos de su época. Es ahí donde se lo reconoce: en sus sueños de poeta a la manera de Jean-Paul, en su combativa pasión en favor de los defensores de David contra los filisteos, en sus "Papillons", sus "Davidsbundler", su "Fantasía en Do mayor", en sus ciclos de canciones "Amores de poeta" o "Amor y vida de mujer"... Con un exceso de imaginación, podríamos decir que cuando Schumann se acercaba a un espejo, lo que se veía no era su rostro, sino la alquimia de contradicciones del romanticismo.





