
El fado y el tango, a mitad de camino
"La pena golfa" , por María Lavalle. Músicos: Osvaldo Berlinghieri (piano), Carlos Corrales (bandoneón), Daniel Falasca (contrabajo), Pedro Chemes (guitarra), Carlos Goncalves (guitarra portuguesa), Rubén Castro (guitarra), Rafael Andujar (guitarra flamenca) y Manuel Soto (caja flamenco). Teatro Avenida.
Nuestra opinión: regular
"La pena golfa" es un espectáculo que gira alrededor de la conexión posible entre el fado y el tango, pero abre su abanico a la canción criolla y también a los sones andaluces. El concierto que vino a presentar María Lavalle, una argentina radicada en España, bucea en esos puntos de contacto. Al principio del concierto cuenta parte de esas conexiones. Dice que a principios del siglo XX había una gran colonia de inmigrantes portugueses en Buenos Aires, también cita a Amalia Rodrigues y su amor por los fados cantados por Gardel, y no ahonda demasiado más. Prefiere que las canciones relaten esa historia musical de ida y vuelta.
Pero más allá de su investigación, el resultado musical parece un tanto caprichoso y no logra redondear un relato dinámico y tampoco una interpretación ajustada en ambos estilos. Está acompañada por seis buenos músicos que, dispuestos en dos tríos, uno de tango y otro de fado, van alternando su espacio.
Por momentos parece más cómoda en la inflexión fadista de "Julia florista" o "Maria Magdalena", que en el terreno tanguero de "Muchacho" o "Quedémonos aquí", donde logra salir a flote gracias al acompañamiento de Berlinghieri. Puede cambiar de la entonación dramática del fado "Maria la Portuguesa" para impostar un gesto arrabalero en algunos momentos para un tango como "Arrabalera", donde evoca a Tita Merello, a la mejor manera for export: se calza un sombrero de costado y recurre a un fraseo exagerado arrastrando la ese.
La cantante no sólo busca en la estética del fado su modo de expresión sino que se quiere fundir con el estilo de las antiguas cancionistas de los años 20 y 30 como Mercedes Simone. Pero más allá del rescate de un buen repertorio, de la interpretación y de su voz pequeña, el espectáculo se va tornando monótono y sin demasiadas variaciones desde lo interpretativo.
Cuando indaga en los cruces, como la versión fado del tema "Cantando", acompañada por la guitarra portuguesa de Carlos Goncalves (que tendrá tiempo para mostrar su técnica en un tema instrumental "Variaciones en mi"), la cantante logra transmitir ese diálogo entre estos géneros portuarios.
La otra variante interesante aparece en la selección de tangos instrumentales que ejecuta a mitad de la primera parte el trío de tango liderado por el pianista Osvaldo Berlinghieri y que completan Carlos Corrales en bandoneón y Daniel Falasca en contrabajo, que arranca una de las ovaciones más grandes de la noche. Su selección de tangos, con arreglos del pianista es impecable. Berlinghieri, una especie de Thelonius Monk tanguero, martilla las teclas y apoya los acordes para el lugar de improvisación de los otros músicos. Un lujo.
La cantante, por su parte, se cambia varias veces del vestuario, incorpora la guitarra flamenca de Rafael Andujar y hasta un par de temas de Atahualpa Yupanqui con aires andaluces para esa fusión de estilos producto de su identidad viajera. En el espectáculo el intento para que dialoguen el fado y el tango parece quedar a mitad de camino entre esas dos ciudades que se miran desde las orillas.

