
El monstruo del rock que ya no asusta
En el octavo día del festival, el músico norteamericano volvió a actuar en el país
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De Alice Cooper a Rob Zombie, la historia del rock guarda una larga lista de cultores del vampirismo, la estética gore y los films de terror de bajo presupuesto. Marilyn Manson fue su mejor representante en los años 90, pero hoy, a más de una década de su aparición, ya no mete miedo, sus trucos se descubren mucho antes de que lleguen a su fin y su accionar irascible sólo sirve para que lo comparemos con nuestro rocker terrible: Charly García.
Los hombres de negro suben a escena unos minutos después de lo previsto. Envueltos en una nube blanca, parecen zombis dispuestos a dejar sus tumbas por algo más de una hora. El bajista luce cual Frankenstein poseso, con la cabeza siempre levemente inclinada hacia la izquierda; el guitarrista tiene una inmensa cresta rubia capaz de provocar la envidia de un punk de la vieja escuela; el baterista se ampara en la oscuridad de la noche y el viejo Manson simplemente se materializa en medio de la escena. Tiene la mirada perdida en el más allá, unos zapatos de plataforma para pisar todo lo que se interponga en su camino y un andar dubitativo, como si sus piernas estuvieran algo entumecidas. Se entiende: pasó todo el día durmiendo y sólo con la caída del sol se dignó a salir de su sarcófago.
A la hora en que Manson se despertaba, en el escenario principal hacía su aparición César Andino, con la nueva formación de Cabezones. Tras el accidente automovilístico que sufrió el año pasado, junto al bajista de Catupecu Machu, Gabriel Ruiz Díaz, Andino debió someterse a varias operaciones en las piernas y a una larga convalecencia. Hacia fines de 2006, retornó brevemente a los escenarios y ofreció con sus antiguos compañeros un show memorable por lo musical y lo emotivo en el estadio de Obras, pero durante toda esta temporada se mantuvo alejado de los escenarios. Meses atrás, los guitarristas Esteban Serniotti y Leandro Aput y el bajista Gustavo Martínez dejaron Cabezones y Andino debió buscarles reemplazantes para este show, el primero del año.
En silla de ruedas, conmovido de principio a fin, Andino intentó aferrarse a los principios de que "el show debe continuar" e intentó seguir el libreto. Musicalmente, la nueva formación está lejos de la anterior, pero la energía emanada de su líder alcanzó para dar forma a un set que sólo puede ser comprendido desde la emotividad. Recordó a su amigo Gaby, cantó "Mi pequeña infinidad" con su hija en brazos y se entregó a las lágrimas minutos más tarde.
En el horizonte del escenario principal se halla el segundo espacio de magnitud del Pepsi Music. Tras Cabezones, muchos se dirigieron hacia ese lugar para ver a la penúltima banda de la noche: El Otro Yo. Y tuvieron su premio, porque el grupo integrado por los hermanos Cristian y María Fernanda Aldana, el ex guitarrista de Los Brujos Gabriel Guerrisi y el baterista Ray Fajardo entregó un set catártico, potente y sin fisuras. Junto a ellos estuvo Diego Vainer, tecladista invitado y habitual colaborador en estudio de la banda, quien se erigió en un interesante quinto elemento, que no se limitó a intercalar sus sonidos sino que se animó a rockear a la par del cuarteto.
Entre "Corta el pasto", el primero de la lista, y "No me importa", el epílogo, pasaron catorce temas. La supremacía la tuvieron los clásicos como "Alegría", "La música" y "69", pero también estuvieron los más recientes "Alma gemela" y "Locomotora". Para la postal dejaron un pasaje hardcore, con María y Cristian en el piso del escenario y un pogo espontáneo del lado del público.
Manson llegó más tarde para cerrar la noche o, mejor dicho, para intentar extenderla hasta la eternidad. Ofreció 12 de los 14 temas previstos en la lista de canciones que circuló antes del show, como los de su nuevo disco "If I Was Your Vampire" y "Just A Car Crash Away", además de "Rock Is Dead", su versión de "Sweetdreams" y "Beautiful people", que significó el fin de su show. Micrófonos por el piso, escupitajos, miradas, movimientos desafiantes y Charly García desde abajo, mirando de cerca a uno de los mejores cultores del "saynomorismo". ¿Y el miedo? Bien, gracias.




