
El recuerdo de Aníbal Troilo
No fue Aníbal Troilo el primero o el único capaz de desplegar magistralmente un bandoneón; sin embargo, se lo venera como el máximo exponente del instrumento, y aunque hubo otras orquestas superlativas, la suya es la única que vale como unidad de medida del esplendor creativo del tango, de su evolución y hasta de su decadencia, porque a la destreza como intérprete y autoridad de director sumó la seducción de una personalidad irresistible -combinación de muchacho del barrio inocente, genio musical y rey de la noche vestido para matar- que lo convirtió en la figura más querida de la música popular argentina después de Carlos Gardel y antes de Charly García.
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La inmunidad fatal que garantiza semejante adoración hizo que nadie se atreviera a reprochar la apatía con que el impecable Pichuco, que había sido la encarnación de lo más digno a que pudo llegar el tango clásico, un exigente capaz de despedir por indisciplina a un cantante imprescindible, o a su mejor pianista, se fue abandonando a lo que proponían los arregladores o el productor de sus discos y descuidando su apariencia hasta justificar que el apodo que lo había identificado durante toda su vida fuera sustituido por el de Gordo, tratamiento confianzudo que permitía tanto a los íntimos como a desconocidos que insistían en convidarlo con otra copa innecesaria. Pero aunque el culto oficializó como imagen sagrada la fisonomía del Troilo hipersensible, vacilante y excedido de peso de la década final, aquel que ya casi no tocaba el bandoneón y recitaba agónicamente "Nocturno a mi barrio", lo que sustenta la fe en su talento es la fenomenal obra que comenzó a registrar a fines del verano de 1941 y durante un cuarto de siglo continuó creciendo, evolucionando, reflexionando sobre sí misma y proyectando una influencia gigantesca hasta establecerse como una de las cumbres de la música nacional.
A lo largo de ocho años de riguroso buen gusto en la elección de temas, descubriendo o reencauzando vocalistas maravillosos -Fiorentino, Marino, Ruiz, Rivero- y permitiéndoles un protagonismo sin precedente, Troilo no sólo instituyó el repertorio de tangos perfectos que todavía se cantan todas las noches sino también la manera correcta de hacerlo, sin sobreactuaciones y llenando de significado hasta la última palabra de cada poema.
Aunque en esa era de revelaciones vocales también estrenó las versiones de "Inspiración" y "Quejas de bandoneón" infaltables en sus presentaciones por el resto de su carrera, el tiempo de los instrumentales que modificaron el sonido del tango llegó en 1950, cuando se incorporó al primer gran sello independiente creado en el país.
Aníbal Troilo fue un innovador constante pero sensato, nunca un vanguardista provocador, y siempre avanzó prudentemente midiendo el impacto de sus cambios en el público, por eso su orquesta pudo transformarse radicalmente de una temporada para otra sin espantar a los bailarines. La novedad, que sonaba como inspirada por el existencialismo entonces de moda, proponía climas sombríos, sensualidad, melodías misteriosas, versos pesimistas y los tiempos más lentos a los que el tango se había arriesgado hasta entonces.
Fue la época en que escribió algunas de sus mejores creaciones ("Responso", "La última curda", "Discepolín", "Patio mío", "La trampera"), cuando reveló a Astor Piazzolla como compositor y sumó a otros formidables arregladores -Artola, Galván, Pansera, Spitalnik- a lo que fue el inicio de la renovación del tango y la culminación de Pichuco como conductor y también instrumentista, porque en esos años, quizá para compensar la amargura que transmitía la orquesta, organizó el encantador cuarteto con el guitarrista Roberto Grela, donde su bandoneón sonó más expresivo que nunca. Las celebraciones han sido tan notables y prolongadas que resulta superfluo recordar que Aníbal Troilo hubiera cumplido ayer noventa años, una edad alcanzada por muchos genios del tango a la que a él no le interesó avanzar y acabó muriendo en mayo de 1975 de una sucesión de afecciones, además de la indiferencia.
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