El tango, tan inmortal como Carlos Gardel
Hace kilos de años fue un proyecto que me desveló: seguir la ruta de los compositores de alta formación profesional que se habían sentido atraídos por el tango. Sea para escribir tangos sinfónicos, para incorporarlos en sus óperas o ballets, en su música de cámara, en el teclado de un piano o en cualquier otro instrumento. Llegué a sumar un número tan inesperado como deslumbrante de autores, pero era preciso indagar mucho más, sólo que en el camino se me abrió otro sendero, otro rumbo, y seguí por este último. Y allí quedaron, en mi memoria y en una gran caja de recortes y apuntes los resultados de mis inquietudes tempranas. Afortunadamente, porque el tema es precioso, vinieron luego magníficos investigadores (Pelinski, Goyena, García Brunelli, Busch y varios otros) con quienes el asunto cobró un relieve extraordinario.
Esto viene a cuento porque dentro de unos días, el 11 de este mes, se celebra el día del tango, por ser el del nacimiento de Carlos Gardel, en 1890. Todavía este prodigio (el más perfecto cantor, algo así como un Orfeo renacido, según Ayestarán, mi maestro uruguayo de musicología) estaba en este mundo del que se fue en 1935, cuando, en plena vorágine del tango en Europa, empezaron los grandes compositores a incluir el dos por cuatro y sus típicos floreos en sus pentagramas. Lo hizo Satie en Francia (1913) tanto como Virgil Thomson en Estados Unidos (1923: Two sentimental tangos ). Lo incluyó Stravinsky en La historia del soldado de 1918; Shostakovich en Rusia, en su ballet de 1930 La edad de oro ; o, entre muchísimos más, Kurt Weill y Alban Berg, en Der Wein (El vino, 1929) con poemas de Baudelaire, donde el tango, en lenguaje dodecafónico, aporta su cuota sombría y dramática.
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La tangomanía arrasaba Europa, levantando tanta polvareda como para que el sociólogo Guglielmo Ferrero, en un reportaje de Le Figaro de París, asegurara en 1914 que "la culpa de la guerra la tiene el tango". Entre nosotros, Roberto Firpo recordaba que en la euforia de 1910 fue el primero en llevar el tango a la Avenida de Mayo. Y si se trata de primeros, ya entre los argentinos del mundo clásico, Gaito lo subió a un escenario lírico en su ópera Lázaro de 1929. Un libro entero (el que no escribí) necesitaría para no caer en omisiones, pero valdría la pena citar, todavía en vida de Gardel, los tempranos aportes de Drangosch, Gianneo y López Buchardo, antes de que una impresionante corriente creadora nos lleve hasta Piazzolla y de ahí hasta esta primera década del XXI. Que de tango, moderno o posmoderno, hay para rato.
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