
El tríptico, de Giacomo Puccini
Stefano Poda, el conocido y controversial régiseur italiano, es el verdadero protagonista de las tres óperas breves
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El tríptico, de Giacomo Puccini / Elenco: Juan Pons (Michele, Gianni Schicchi), Amarilli Nizza (Giorgetta, Suor Angelica), Carl Tanner (Luigi), Agnes Zwierko (Frugola, Zita, la tía princesa), Darío Schmunck (Rinuccio), Lucila Ramos Mañe (la abadesa), Beatriz Diaz (Lauretta) y elenco. Coro y Orquesta Estables del Teatro Colón. / Dirección escénica: Stefano Poda. / Dirección musical: Richard Buckley. Teatro Colón / Nuevas funciones: pasado mañana y el viernes, a las 20.30
Nuestra opinión: bueno
Extraña versión esta que de El tríptico de Puccini se está llevando adelante en el Teatro Colón. No son los cantantes, los músicos o el director musical los protagonistas, sino Stefano Poda, el afamado y controvertido régisseur italiano cuya huella no deja de percibirse de principio a fin, tanto por cuestiones estrictamente escénicas como por el caprichoso orden con el cual dispuso alterar aquel orden establecido por Puccini.
No es Gianni Schicchi la ópera que cierra el espectáculo, sino Suor Angelica . La licitud de la creación artística no está puesta en duda, sino la pertinencia y los supuestos beneficios que el hecho acarrearía, sobre todo porque la decisión se apoya en razonamientos tan endebles, vagos e insustanciales como los que el mismo Poda expone en el programa de mano. De todos modos, a la luz de lo acontecido sobre el escenario, no sería esta alteración la principal objeción para efectuar, sino las contradicciones entre la coherencia y la improcedencia.
Si se entiende, y no está nada mal hacerlo, que El tríptico es la suma unitaria de tres óperas breves en un acto que comparten no sólo lenguajes musicales y planteos teatrales, sino también una idea general en la que subyacen realidad, tragedia, contubernios casi escatológicos y oprobios intensos, va de suyo que la puesta debería asentarse sobre alguna línea escénica rectora. Y efectivamente, la hay.
Las tres óperas, sucesivamente, se desarrollan en un mismo ámbito oscuro, opresivo, muy amplio y con su región posterior en un indefinido y paulatino ascenso que implica una vaguedad espacial sumamente atractiva. Por sobre el escenario, amplia, sugerente y efectiva aparece una gigantesca superficie espejada, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, que permite observar, al menos desde la platea, lo que acontece en el escenario desde otra perspectiva, una apertura insinuante a miradas alternativas. Y en el centro del escenario, desde un tanto inexplicable hasta molesto e incongruente, un gigantesco rectángulo acuático socavado, sobre el cual caminan, chapotean y caen los distintos personajes.
Si el agua puede tener sentido para rodear la barca de Michele, en Il tabarro , pasa por ser antojadiza si es que al Arno se refiere, en Gianni Schicchi , para acabar siendo un espacio improcedente, además de provocativo e irritante, sobre el cual caminan las monjas de Suor Angelica . Y no es cuestión de imaginar que podría tratarse de la fuente del convento, porque nada lo justifica. La coherencia tan buscada, esa que se completa con vestuarios siempre oscuros y movimientos lentísimos de los personajes -un recurso de gran belleza-, concluye por revelar su incongruencia.
Con todo, las voces pueden remediar cualquier insensatez, cualquier debilidad o extravagancia. Bueno, no fue éste el caso. Salvo la gran presencia vocal y musical de Agnes Zwierko, una portentosa mezzo polaca, la musicalidad de Beatriz Díaz y algunos momentos de Juan Pons y Carl Tanner, todo transcurrió de un modo apenas correcto, poco trascendente, en algunos casos, además, con llamativas carencias de caudal sonoro. De ahí que no haya habido alternativa para que Stefano Poda haya sido el gran héroe de la noche. Un héroe, ciertamente, poco venturoso.
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