
Ensamble de madera y microchip
Catupecu Machu y el ciclo de shows íntimos que realizarán todos los miércoles del mes
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Madera microchip / Catupecu Machu: Fernando Ruiz Díaz: voz, guitarra acústica y eléctrica, bajo y tablet; Macabre : teclado, computadora, dos tablets, coros; AgustIn Rocino: cajón peruano, plato splash, lluvia, tablet; Sebastián Cáceres: bajo, guitarra acustica y tablet. / El ciclo continúa los miércoles de agosto, a las 20, en Samsung Studio, Pasaje 5 de Julio 444 / Nuestra opinión : Muy bueno
Alguna vez fue un arpa láser; en otra ocasión, el filtro de una orquesta sinfónica. Hubo también un concierto cuadrafónico y un álbum ciento por ciento rockero sin bajo. En los últimos quince años, las canciones de Catupecu Machu han pasado –a veces con elegancia, a veces con contundencia– por distintos desafíos sonoros, experiencias que forman parte del ADN de esta banda que comenzó destruyendo escenarios –literalmente– y que hoy busca en el opuesto –la calma intimidad de un local cool de San Telmo– una vuelta más.
De eso se trata Madera microchip , el ciclo de conciertos que el cuarteto ofrece durante todos los miércoles de este mes, en Samsung Studio, con la opción de cenar antes de los shows, acompañado por música e imágenes seleccionadas previamente por los músicos. Un repaso por toda su obra en plan ensamble, que yuxtapone instrumentos acústicos y tablets de última generación, en un descarado intento por unificar las dos acepciones de la palabra ensamblar: "Unir, juntar, ajustar, especialmente piezas de madera"; "Informática. Preparar un programa en lenguaje máquina a partir de un programa en lenguaje simbólico".
Así las cosas, el primer acto de la primera noche –hoy prometen variar la lista de temas– no tuvo gestos ni palabras. Sólo música, versiones arregladas para la ocasión de algunos temas que son habituales en el set list de Catupecu, pero también de algunas canciones más escondidas en su repertorio. "Shakalute peruano", "Viaje del miedo", "Hormigas", "Refugio", "Vistiendo" –un tema que solía cantar Gabriel Ruiz Díaz–, "En los sueños" y la conmovedora "Musas" conformaron una seguidilla que marcó las pautas de la propuesta.
Fernando Ruiz Díaz intentará, siempre, hacer sangrar su guitarra electroacústica; más allá de algún que otro dedo que le meterá a una tablet, Agustín Rocino se limitará al cajón peruano para reemplazar el poderío de la batería; Sebastián Cáceres aprovechará las intensas líneas de bajo impresas en el espíritu del grupo como un sello de agua, y Macabre –algo así como "el mejor amigo de la iPad"– vestirá su traje de tecnófilo y guía bit para este grupo de composiciones que, aquí y ahora, se mantienen constantemente en posición de despegue.
Ese nervio parece ser el punto por desarrollar por la banda en estos conciertos para pocos. Canciones en vuelo rasante, en las que la sonoridad se recuesta más en la psicodelia que en la balada acústica, aunque éstas no estén ausentes a lo largo de las casi tres horas que duró la primera fecha, verborrágicas introducciones de Ruiz Díaz incluidas, con la excusa del debut, la intimidad y la cercanía de los seguidores más acérrimos, que agotaron las entradas varios días antes del show.
Entre la experimentación continua y la era de la madurez que atraviesa por estos días el grupo, Madera microchip representa también ese espacio que las bandas de rock consagradas de aquí, de allá y de todas partes aprovechan para no reiterar fórmulas y escaparles a la rutina y al cliché. Aunque más de un viejo seguidor sentado a su mesa redonda se le piante un nostálgico lagrimón y compare aquellos primeros años de mosh y "dales" cantados entre el público y estos versos al oído de sus fans.
Tras un pequeño impasse , el segundo acto abrió el miércoles pasado con "Vi llover", con el acompañamiento flamenco de Mariano Mazzella, en guitarra, y su hermana, la bailaora Laura, cubriendo la sala de pasión gitana. Entre clásicos y perlas de su discografía, también hubo lugar para una versión de "Más y más", de Draco Rosa, y versos ajenos –"Hablando a tu corazón", del Tango, de Charly García y Pedro Aznar; "Seguir viviendo sin tu amor", de Luis Alberto Spinetta, y "Persiana americana", de Soda Stereo– que suelen ajustarse a la lírica de Ruiz Díaz, que, entre la delicada armonía de la madera y el microchip, se revela aún más original y poética.
El ensamble, entonces, por momentos logra inspirados pasajes musicales, aunque deba esquivar una y otra vez –con artilugios y oficio– caer en la uniformidad tímbrica de esta apuesta. Una apuesta que también podría entenderse como una suerte de work in progress, que, en su última fecha, seguramente construirá una base más sólida y recién allí se podrá saber si disparará hacia un nuevo limbo creativo o se sumará como un –otro– hito más en la ecléctica historia de las presentaciones en vivo de la banda.
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