
Fernando Samalea y la psicomagia
Después de largas estadas en Europa vuelve a traer su música a la Argentina
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Fernando Samalea vive aquí y allá. Y no sólo en términos geográficos. Por un lado ha vuelto, por un tiempo, a Buenos Aires, luego de haber vivido cuatro años en Madrid, haber pasado por Italia y estar los últimos meses en Francia. Además, también habita otros espacios, otros países del universo creativo. El viejo y conocido país de la música -primero con la batería, ahora con la suma del bandoneón y varios instrumentos más-, el de la literatura (tres de sus discos incluyen largos relatos que acompañan la música y ahora está terminando su primera novela, "Metejón") y el del cine, país éste que recién comienza a explorar.
En esto no hay nada de premeditación ni de frío cálculo. "Todo es como un juego de elecciones y yo me muevo mucho por la intuición", explica. Porque si partió a España, aclara, no fue porque no encontrara aquí un lugar donde hacer lo suyo. Había pasado por grupos como Metrópolis, Fricción y Clap antes de comenzar a trabajar con Andrés Calamaro y, de allí, a convertirse, durante once años, en el baterista de Charly García. Estuvo con los Illya Kuryaki y, justo antes de partir, repartía su tiempo entre la banda de Daniel Melingo, A-Tirador-Láser y Belmondo. Pero, entonces, en 1999, Joaquín Sabina le propuso partir con él para realizar una gira de seis meses. Que se extendió y, ya por su propia cuenta y camino, pasaron más de cuatro años.
Ahora está aquí para terminar un nuevo disco del que algo adelantará hoy, en el Festival Tribulaciones Avant Music 2003, a partir de las 20, en La Trastienda, Balcarce 460, donde compartirá cartel con Rodrigo Domínguez Trío, las bandas Natas y Medusa y el músico electrónico Bad Boy Orange. El trío brasileño Curupira, inicialmente programado, suspendió su actuación por enfermedad del baterista.
Luego, el 28 de este mes, volverá a presentarse, esta vez sólo con su grupo, en Gandhi Notorious.
En estos años, de todas maneras, no quemó las velas con la Argentina y editó varios álbumes, "El jardín suspendido", "Padre-ritual", "Full Femme", "Metejón", un álbum en vivo y un compilado. Además, los tres primeros están acompañados de texto. Ahora tiene otro, "Fan", casi listo, y está aquí, feliz en su ciudad. "Todo esto tiene que ver con una cuestión sentimental, aunque -aclara- nada es definitivo desde el momento en que comenzás a vivir afuera. Ya no hay retorno total."
Sin embargo, uno supone que algún motivo, algún hecho, debe de haber desencadenado la decisión. Sobre todo si, como cuenta, allí estaba realizando trabajos tan diversos e interesantes como grabar baterías para discos de músicos o grupos escoceses, uruguayos y de Camerún, entre otros. Sí, atrás de la decisión se encuentra un nombre propio y un concepto: Alejandro Jodorowsky y la psicomagia.
El artista chileno ha venido sacudiendo los prejuicios y revolucionado el teatro y el cine en México, donde vivió muchos años. Ahora, radicado en París, alterna su trabajo como historietista junto a Moebius, con particulares veladas de su Cabaret Mystique, donde los jueves tira el tarot a veinte personas, una lectura propia y particular de las antiguas cartas en la que pone en acto su concepto de psicomagia. "Sí, fue una gran influencia -asegura Samalea- el concepto de psicomagia que él practica, que es la idea de poder lograr todas las cosas que uno quiera a través de un estado de pasión y de muchísima confianza. Fue un gran estímulo, no sólo para componer y crear sino también para decidir una dirección para mi vida." Tras la tirada del tarot "jodorowksyano" surgió con claridad que era aquí donde ahora quería estar. "Pero no es un planteo místico, es un tema de pasión, de hacer las cosas que uno quiera con felicidad."
-¿Pero no es demasiado cambiante la pasión?
-Sí y no, porque esencialmente uno mantiene siempre una búsqueda y mucho no cambia. Yo no encuentro un abismo entre el chico que fui y lo que soy hoy. Entonces escribía películas en cinegraf, dibujaba, escribía cuentos, hacía historietas, comenzaba a estudiar piano, ya golpeaba cacerolas y estaban las lecturas, Julio Verne, Emilio Salgari, con las que tiene que ver "El jardín suspendido".
Entonces aquí está, dice, medio en broma, "persiguiendo el hiperirrealismo y haciendo una especie de psicomagia musical, sin conceptos estilísticos ni culturales y, un poco en plan licuadora, mezclando todos los mundos que me gustan: lo porteño, lo árabe, el rock, la electrónica, el jazz."
Todo eso se combina en "Fan", el disco instrumental que grabó en Madrid, París, Buenos Aires y Río de Janeiro entre 2002 y 2003 y que ahora está mezclando para editar en marzo. En él participan varios de sus amigos músicos. Otro motivo para su felicidad de estar aquí. Allí están el piano y un vocoder de Charly García, las guitarras de Gustavo Cerati, Richard Coleman y Fernando Kabusacki, el bajo de Javier Malosetti y los teclados de Fabián von Quintiero y Luciano Supervielle, entre otros.
Y aunque este álbum no vendrá acompañado de un relato, asegura que sí tiene un concepto. "Se llama "Fan", con todo lo que esa palabra implica: pasión, ilusión, esperanza y sobre todo mucha vitalidad."
En él, como en los anteriores, Samalea se hace cargo de la batería y de otras percusiones, pero sobre todo se destaca el sonido del bandoneón. La pregunta de cómo llegó un baterista a este instrumento se impone. "Fue por cuestiones literarias. Había estado leyendo sobre la vida de los años veinte y treinta, la bohemia de Buenos Aires, el sexteto de Julio de Caro, Cobián, leí la historia del tango de Horacio Ferrer. En ese momento también sentía que, al componer, necesitaba una voz y el bandoneón resultó ideal para mí. Empecé a estudiar y desde allí se convirtió en esta mezcla de música e historias. Porque yo no tengo mucho el límite entre lo visual, lo musical y lo narrativo. Por supuesto que lo hay, pero yo lo veo un poco como todo mezclado. Las influencias, las inspiraciones musicales, a mí me llegan de películas o de libros. Y un sonido también me puede despertar a un color, una imagen, un relato."
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