
Gilberto Gil, cuerdas íntimas
Un CD con el concierto con orquesta en el que recorrió buena parte de su carrera
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Sólo con su voz y su guitarra, con todo tipo de formaciones, acústicas, electroacústicas, más o menos rockeras, más o menos regionales o al frente del exquisito quinteto con el que nos visitó hace algo más de un mes para dejarnos un anticipo de este Concierto de cuerdas y máquinas de ritmo : todos los formatos le dan a Gilberto Gil la posibilidad de extraer de su música riquezas inesperadas. Cada creación suya, o de compositores y poetas "invitados" porque han sido influencias marcantes y forman parte de su biografía musical -Jobim, Luiz Gonzaga/Humberto Teixeira- ofrece mil facetas; él las conoce mejor que nadie y nunca se cansa de explorarlas. Tampoco, como en este caso, de compartirlas generosamente para que otros artistas igualmente sensibles saquen a la luz los tesoros rítmicos, melódicos y armónicos que ellas encierran.
Aquí la búsqueda apunta a realzar el costado más intimista de cada pieza. No con el despojamiento que persigue lo esencial sino cincelando cada una con delicadeza infinita, descubriendo los colores que las definen en la paleta de una orquesta de cuerdas y en su diálogo con los muy variados recursos percusivos de la maquinaria electrónica puesta en las manos sabias de Gustavo Di Dalva y con la banda base que tiene la guitarra del bahiano y la de su hijo Bem como guías. La orquesta, en este caso, es la Petrobras Sinfónica, que aquí responde a las batutas de los maestros Carlos Prazeres y Jaques Morelenbaum, tal como fue registrada en mayo último en el Teatro Municipal de Río. Y el material elegido, una selecta colección de obras de todas las épocas, de las perlas fundacionales del tropicalismo ("Domingo no parque", "Panis et circensis") hasta los clásicos indispensables ("Eu vim da Bahia", Oriente", "Andar com fe") sin que falten creaciones más próximas ("Maquina de ritmo", "Quanta") ni títulos escasamente frecuentados, como ese "Futurível" que compuso mientras estaba preso en tiempos de la dictadura y que ofrece oportunidad de mostrar su inventiva en la improvisación al violinista Nicolas Krassik, francés, pero con más de diez años de residencia en Brasil.
Si la voz de Gil puede acusar algún desgaste como los que se percibieron en su reciente concierto del Gran Rex y que en este registro en vivo casi ni asoman, nada se ha perdido de su inspiración y su creatividad como autor y compositor. Ahí está, prueba terminante, el estreno de "Eu descobri", cuya elegancia melódica parecía pedir el marco de las cuerdas, remite a otras gemas poéticas suyas tan persuasivas como "Drão", "Esotérico" o "Retiros espirituais" y nada caprichosamente remata en una fugaz cita de la más pura bossa nova: "Meditação". O "Estrela", otra joya que ya cumplió doce años, pero luce cristalina y seductora como el primer día, pero ahora brilla doblemente en el arreglo de Morelenbaum.
Por si hiciera falta confirmar que el venero musical y poético se muestra inagotable, también ha merecido una relectura otro título de reciente cosecha, ese "Não tenho medo da morte" que es no sólo un momento descollante del disco sino un tema digno de figurar en lugar destacado entre los más brillantes en su obra, una colección que, por cierto, se mide en centenares. En la despojada versión (voz, apenas, y la sugerencia del latido cardíaco en los golpes sobre la caja de la guitarra), multiplica la desgarradora sinceridad de la reflexión: "Tendré que morir viviendo/sabiendo que ya me voy").
Podrá haber aquí predominio de las cuerdas sobre las máquinas, pero como siempre en Gil, del mestizaje nace, límpida, la belleza.
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