Gran Bretaña, la isla maldita de los buenos, los malos y Damon Albarn
El músico reunió otra vez al supergrupo The Good, the Bad and the Queen para editar un álbum obsesionado con el imaginario británico, el Brexit y las tradiciones sociales
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Allá por 2007, Damon Albarn pensó en sacudirse el lastre un tanto frívolo y ególatra y hedonista que llevaba adherido desde que había sido consagrado como figura estelar del britpop y entonces le dio forma a un proyecto musical más reflexivo y ambicioso bautizado The Good, The Bad & The Queen. Lo acompañaron Simon Tong (guitarrista de The Verve a fines de los 90, habitual colaborador de Blur y Gorillaz), Tony Allen (veterano baterista nigeriano que fue director musical de la banda del gran Fela Kuti) y Paul Simonon (bajista de The Clash).
El primer disco de ese auténtico supergrupo, titulado con el nombre de la banda, funcionó como retrato melancólico de una época marcada por la guerra permanente, la agitación social, el desencanto y la desconfianza hacia la política. Más dub que hip hop, más folk que dub, más pop que folk, de acuerdo a la zona de su mapa sonoro que uno recorriera, ese álbum debut era también una carta de amor a una ciudad inigualable (Londres, también centro de atención en el magnífico Parklife de Blur) que ya había mutado para empezar a parecerse un poco a otras del Primer Mundo, como es norma en el capitalismo contemporáneo.
Once años más tarde, ajustando como se pudo cuatro agendas muy cargadas, The Good, The Bad & The Queen está de vuelta entre nosotros con un segundo disco que amplía aquel tono devocional a toda Gran Bretaña, celebrando su mitológica idiosincrasia y su riquísimo legado musical. Se llama Merrie Land y también se propone como cuadro impresionista de su propio tiempo, el de los trastornos del Brexit, lleno de angustia, polémicas, expectativas e incertidumbre.
Albarn ha declarado hace poco que la idea esta vez fue "recrear el sonido de las islas británicas, más allá de lo que ocurre en Londres". Y lo cierto es que el repertorio refleja a su manera esa diversidad: hay en estas canciones ecos de The Kinks, David Bowie, The Specials, Brian Eno o Madness, un linaje que funciona como muestrario eficaz del poder de fuego inglés para el pop de excelencia.
No hay, como es tan frecuente en el cada vez más frondoso catálogo de producción musical anti-Trump, ira o rabia en estos temas. "No tengo voz para cantar enojado -admitió Albarn-. Lo hago con tristeza y con amor. Este disco es una respuesta bastante directa a la crisis existencial que vive mi país, aunque está claro que la única causa de ese problema no es el Brexit. Intentamos dar una visión completa de lo que significa ser británico en 2018".
Puede resultar curioso que para un disco tan british se haya elegido un productor norteamericano, pero el conocimiento profundo de la música inglesa que tiene Tony Visconti -en su momento, pieza clave para Bowie y T-Rex, por ejemplo- terminó por convertirlo en un candidato que, luego de que Simonon lo propusiera, todos aceptaron con gusto.
En apenas treinta y siete minutos repartidos en once tracks, cuyo temperamento está muy bien sintetizado en la cara de asombro y una pizca de terror de Michael Redgrave que aparecía en el afiche original del film Dead Of Night (1945) y ahora reproduce la tapa del disco de The Good, The Bad & The Queen, Albarn y compañía garabatean un cúmulo de sensaciones del contexto sociopolítico actual sin más pretensiones que aquellas que pueda proponerse un artefacto pop: un pantallazo fugaz destinado a contar un lugar y un momento con más ligereza que densidad.
Ya hubo alguna pluma maliciosa de la prensa británica que cuestionó la legitimidad de las opiniones sociológicas y políticas de un millonario que vive hace muchos años de los negocios de la industria del espectáculo -Albarn ya había asegurado su futuro económico con el suceso internacional de Blur-, pero también es cierto que hay cierta solemnidad en esa exigencia de rigor conceptual, ideológico y hasta académico que muchas veces se les plantea a figuras del espectáculo. En todo caso, a favor de Damon hay que anotar que no tiene, ni por asomo, la solemnidad de telepredicador de un Bono.
Es probable que Merrie Land tenga menos capacidad para seducir de entrada que su predecesor, un generoso puzzle sonoro que incluso se permitía algunas fugas caribeñas y africanas. Hay menos groove y más ambientes que antes, en sintonía con el tono evocativo que Albarn buscó deliberadamente para saludar a un pasado que se resiste a enterrar definitivamente. Para él, Merrie Land es "como una versión soul de Parklife", aquella colorida celebración de las tradiciones británicas que marcó el pulso de los 90 y es retomada ahora con un espíritu más lánguido, atravesado por la nostalgia, como es natural para alguien que ha llegado a los 50 años.
Un armador de equipos ganadores
Se dice que alguna vez Damon Albarn rechazó una invitación. Y el despreciado fue nada menos que Prince. El recordado músico de Minneapolis quería que Damon grabara algo en sus estudios Paisley Park, en los que no se permitía fumar, una medida que el cantante de Blur no aceptó. Al margen de este dato curioso y anecdótico, es innegable que Albarn ha acumulado la cantidad necesaria de colaboraciones como para que sea imposible refutar su espíritu colaborativo.
Ahí están Gorillaz y Rocket Juice & The Moon (con Tony Allen y Flea de Red Hot Chili Peppers) como estandartes, pero también su participación en los discos de los ya desaparecidos Gil Scott-Heron y Bobby Womack (el trabajo en la producción de Albarn en The Bravest Man In The World es realmente notable), los aportes para Massive Attack, De La Soul, Richard Russell (mandamás del influyente sello XL Recordings), Vince Staples, Mara Masa y Kali Uchis, el trabajo para el sello DRC Music, destinado a promover la música africana, y hasta su sociedad con el director teatral Rufus Norris y el Manchester International Festival para llevar a cabo la ópera Dr. Dee, inspirada en la figura del matemático, astrónomo y ocultista John Dee, consultor de la reina Elizabeth I en el siglo XVI. A la hora de buscar un buen socio hay que pensar en Damon, que además ya no fuma.
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