
Guitarras y duelo criollo
Presentación de los guitarristas Juanjo Domínguez y Hugo Rivas . Interpretaron repertorio tanguero. Anteayer en el Torquato Tasso, Defensa 1575. Próximas funciones: el viernes 26 y sábado 27.
Nuestra opinión: bueno
Los guitarristas Juanjo Domínguez y Hugo Rivas comenzaron con éxito el ciclo de actuaciones que durante este fin de semana y el próximo ofrecen en el Torquato Tasso. Luego de un repertorio que interpretaron como solistas se despidieron con contundentes versiones de tangos y milongas como si fueran una dupla que toca desde hace tiempo. El público que había llenado la sala los ovacionó y no dejó de golpear las mesas hasta que los músicos regresaron al escenario para el bis.
Ese fue el soberbio final y el momento más destacado de la noche, que es por donde se debe comenzar la crónica periodística. Claro que también habrá que atender a otros detalles de este encuentro musical en torno al tango y a la guitarra.
La exhibición
La idea inicial fue, simplemente, compartir el escenario para interpretar algunos tangos. Pero el concierto tuvo toques de exhibición de aptitudes y, aunque los músicos no tenían ánimo de combate, pareció por momentos un duelo de aguerridos guitarristas. Si hubiera sido una vieja historia hablaría de un duelo criollo de payadas a fines del siglo XIX.
Antes de que los músicos aparecieran en escena, el presentador habló de la humildad de Juanjo Domínguez para sumarse a esa propuesta guitarrística junto a Hugo Rivas. También se puede pensar que Domínguez no sea humilde sino un artista abierto. Le gusta tocar y lo hace en distintos contextos. Vale recordar que, días atrás este guitarrista explicaba a LA NACION, a propósito de estos recitales, que nadie es maestro ni alumno al momento de subir al escenario. "Ahí cada uno demuestra sus capacidades", decía. Y esa primera parte en la que cada uno tocó algunos de los temas que habitualmente tiene en su repertorio fue una demostración de capacidades.
Juanjo Domínguez se mueve con naturalidad por varios estilos. El tango es una de sus especialidades y la velocidad y la vehemencia en el toque son cualidades de su virtuosismo a partir de las que conformó su estilo. Todo eso lo demostró como acompañante, como solista y con sus propios grupos.
A pesar de sus 32 años, Rivas ya tiene bastante camino hecho como acompañante de cantores y hace un tiempo agregó a su carrera el trabajo con su grupo de guitarras, con el que interpreta clásicos y temas propios. A esas piezas echó mano para este primer recital: "Un tango para brindar" (de su cosecha personal) y "Gallo ciego" y "Nostalgia" (del repertorio tradicional) fueron de la partida.
Rivas -Huguito, como lo llama afectuosamente Juanjo- es un guitarrista de acentos bien tangueros, técnica de púa, notas cortas, pocos acordes y muchos punteos, que fueron los que usó para recorrer la mayor parte de sus versiones. Quizá por eso su labor en grupo suene más completa que cuando se lo escucha como solista.
Domínguez es un intérprete con más recursos (incluida en ese inventario la pirotecnia que al público le encanta). Los fue mostrando con el paso de los temas "Oblivion", "Mariposita", "Volver" y "Golondrinas", entre otros. Los vertiginosos ligados y trémolos, las cataratas de notas, el staccato y el armónico fueron apareciendo a medida que crecían los aplausos.
Para el final del bloque en solitario entró en los pentagramas de la música académica con varios tropiezos y escasa nitidez en sus frases, pero el resto fue una arrolladora exhibición de su personal estilo. Su interpretación no está dentro de las preferencias de este cronista. Sin embargo, Juanjo les saca chispas a las cuerdas de su guitarra y (hay que reconocerlo) eso a su público le encanta.
Por su parte, Rivas calentó los dedos con los primeros temas, se puso a tono con la circunstancia, transpiró la camisa y, aunque no es tan conocido como Domínguez (también es justo aclararlo) se llevó fuertes aplausos.
Como bailarines
Pero, en realidad, el show se puso bueno hacia el final, cuando la exhibición terminó y ambos empezaron a comunicarse entre sí (no sólo con quienes los fueron a ver y escuchar). Ya con el primer tango lograron que el público enloqueciera. Y todavía quedaban un vals, una milonga y otros tangos ("Palomita blanca" y "La cumparsita", entre otros).
Más allá de la efusividad que los dos demuestran y que la audiencia siempre celebra, ese toque aguerrido que poseen como característica común, la acentuación, los cortes y la picardía que manifiestan para acompañarse mutuamente hicieron una sólida amalgama. Probablemente con algunos ensayos podrían descubrir nuevos canales de comunicación. Aunque también es probable que eso le quite la gracia a lo que se proponen con estas actuaciones. De lo que no cabe duda es de que, como el bloque en dúo fue lo mejor del espectáculo, deberían acotar esa primera parte en solitario para dejar que fluya la manera tan natural que tienen de sacar juntos los tangos "de la parrilla". En este caso, como sucede con los bailarines, la gracia para el tango se logra de a dos.
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