
Horacio Molina, el músico
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Actuaciones del cantante Horacio Molina , que celebra cuarenta años con el canto, junto al guitarrista Jorge Giuliano Invitados: Sergio Mihanovich (composiciones, piano y canto), Galo García (canto y guitarra), Analía Rego (guitarra), Susana Ratcliff (bandoneón y canto) y Annette Rüegg (violinista suiza). En teatro La Casona de Beatriz Urtubey, Corrientes 1975.
Nuestra opinión: excelente.
De vociferadores está plagado el tango. Son los que ostentan sus vozarrones como una fanfarronería de virilidad. También está lleno de cantantes que, como un deporte, planchan olímpicamente las melodías. Y en medio de ellos los empedernidos desorejados, los dedicados a los gorgoritos sentimentales de “los tenores huecos que cantan a la luna” (Machado dixit) y aquellos que jamás se percatan del espíritu de la música y la poesía que anida en los versos que están cantando.
Horacio Molina no pertenece a ninguna de tales categorías. Las trasciende emulando a los mejores: a Gardel, Rivero, Sosa, Goyeneche. Por eso es un placer escucharlo cantar a media voz, afinando cada nota, respetando minuciosamente la melodía, fraseando con intensa expresividad, comprendiendo, en definitiva, el sentido estético de la música y el espíritu de los versos.
Ocurre que Horacio Molina no es solamente cantante. Es, además, músico. Y son pocos los cantantes músicos; los que leen celosamente y expresan cada nota, como los instrumentistas del tango en sus partituras.
Una prueba de esta impronta es la primera parte del reencuentro con Horacio Molina, que aquí está festejando sus cuarenta años con el canto. El músico-cantante aparece con su guitarra, se sienta en su silla, cruza las piernas y desgrana en las seis cuerdas los primeros arpegios. Son las del bellísimo vals “Flor de lino”.
Le seguirán “Fruta amarga”, “Caserón de tejas” y “Garúa”, siempre solo con su guitarra. En cada uno, Molina cincelará primorosamente el melodismo con fraseos elásticos (como pequeños oleajes entre raudos y quedos), atravesando las sinuosidades de las líneas melódicas y sus delicados semitonos con una mezcla de vigor y ternura. Las notas quedan alojadas en un vibrato eufónico y en un timbre pastoso, a la vez que envueltas en ese toque varonil –cuando se explaya con su sólida voz de barítono– que no deviene en bravuconadas de inútil exhibicionisno canoro. En ese devenir el canto se enriquece a cada tramo con elocuentes silencios.
La hora de los invitados
Llegarán entonces los invitados. Primero, Sergio Mihanovich, para mostrar, desde el piano, el costado bolerístico y jazzístico de aquellos primeros años del cantante. Molina los entonará entonces de pie, ya sin la guitarra, pero con el mismo rigor y la misma naturalidad –exenta totalmente de la ridícula y anacrónica pose del tanguero– para apoyar cada frase con un sutil movimiento de su mano izquierda, en total empatía con el tema que canta. Luego de entonar Sergio una de sus famosas canciones que recorrieron el mundo, acompaña a Molina en el primoroso valsecito “Pequeña”, que semeja, en el barroco teclado, un bello standard del jazz.
Habrá espacio para que Analía Rego primero, luego en dúo con el bandoneón de Susana Ratcliff y finalmente en trío con la violinista suiza Annette Rüegg, aporte su acrisolada musicalidad en tangos y milongas. Con ellas cantará Horacio, soltando todo su fiato, el bellísimo tango de Eladia Blázquez “El corazón al Sur”.
Enseguida llegará Galo García y juntos emprenderán un tentativo dúo con la “Zamba del grillo”.
En ese tramo final Horacio Molina será acompañado por el eximio guitarrista Jorge Giuliano. Primero será el tangazo “¡Qué me van a hablar de amor!”, donde el cantante exhibe toda su garra (la pondrá de manifiesto hacia el final, en “Malevaje”) como para no descartar esa roña que pedía Piazzolla. Pero enseguida sobrevendrán esas preciosas páginas como “Fuimos” y “Yuyo verde”, que el cantante remonta, con fibra, hacia cimas de antología, sostenido por riquísimos comentarios de la guitarra de Giuliano.
Cada tema es una recreación, una exquisita y rara muestra de empatía tanguera y musicalidad. Pero habrá todavía un broche de oro, distendido y regocijante: el “Candombe para Gardel”, de Rubén Rada. Nadie como Molina transforma esta musiquita y esta letra de fascinante ternura e inocencia en una verdadera joya.
Molina hará del bis, “Grisel”, una profesión de su estética, una ratificación de sus hallazgos canoros dentro de un repertorio riguroso y de enorme belleza y unción ciudadana.




