
John Zorn, o la revancha de un ultranerd
Actuará el miércoles, en el Coliseo, con el grupo Masada
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"¡Screeech! ¡Zapow! ¡Arghhhh!" No, no es Batman de los sesenta, es John Zorn. La música del compositor y saxofonista nacido en Queens, hace casi 60 años, equivale a poner cualquier género imaginable en una licuadora que devolverá las notas diezmadas, deshilachadas, decapitadas; con suerte, algún fragmento de música de películas (de espías, preferentemente) sobrevivirá unos segundos, hasta que una patada voladora de gagaku y un alarido de grindcore terminen de exterminarlo.
Casi toda la producción de Zorn (incluido a Masada, el cuarteto de free jazz con el que concreta su largamente esperado debut porteño) se sostiene en esta cadena de eventos que algunos definen posmoderna, y otros, como deudora a las técnicas de collage. El neoyorquino, por su parte, desde un principio, sacó a relucir su naturaleza díscola y se ocupó sistemáticamente de hacer añicos cualquier abordaje convencional de su música.
"Los dibujos animados dejaron una impronta en mi vida, sobre todo los trabajos de Carl Stalling para Warner -explicó en el documental A Bookshelf on top of the Sky- . De chico grababa la música del televisor y después la escuchaba abstrayéndome de las imágenes. Intentaba escucharla como música abstracta; quería aprender otros modos de creación, modos de quebrar formas establecidas. Porque en el cartoon, hay citas burlonas, referencias a Charles Ives, al jazz, a la clásica, y todas reaparecen de forma novedosa."
Desde luego, el interés de Zorn por las bandas sonoras no se reduce al cartoon . En un breve documental de los 80, suerte de radiografía del temprano genio, afirma: "El cine me llevó a la música, por eso siento una conexión entre ambas disciplinas". Y reconoce: "Hay algo de Bernard Herrmann en todos mis trabajos, ya sean tríadas rotantes o terceras ascendentes que van y vienen, como las que se oyen en Vértigo y Psicosis ".
El jump-cut o montaje puede apreciarse en varios de sus discos, desde el jazz noir de Spillane y el downtown explosivo de Naked City hasta la serie Filmworks (que documenta bandas sonoras para films independientes o inexistentes), sin olvidar lo que muchos consideran la piedra angular de su discografía, The Big Gundown : un álbum con versiones "retocadas" de Ennio Morricone que, al momento su edición (1985), ya había recibido la bendición del maestro.
Pero Zorn necesitaba un método para condensar sus ideas, y esa búsqueda se plasmó en Cobra , un sistema de conducción mediante tarjetas deudor de, entre otros, Mauricio Kagel, las partituras gráficas de John Cage y las available forms de Earle Brown. En sus notas a la edición original (hatART, 1991), el crítico Art Lange escribió: "Como pieza indeterminada, Cobra se nutre de sus intérpretes. Cada concierto será distinto acorde a la percepción, experiencia, técnica e intercambio de cada participante, a las oportunidades que ofrece el juego."
El jump-cut y el intercambio produjeron otra obra clave, no sólo para Zorn, sino para el jazz contemporáneo. En Spy v s. Spy (Elektra, 1989), el saxofonista homenajeó al doble cuarteto de Ornette Coleman con un trío expandido (dos saxos altos, dos baterías y contrabajo) para interpretar temas del autor de Free Jazz con la ultraviolencia de un grupo thrashcore . El éxito fue tal que lo tentó a probar una variante junto con Dave Douglas, en trompeta; Greg Cohen, en contrabajo, y Joey Baron, en batería, para improvisar en el estilo del cuarteto de Coleman, pero reemplazando los motivos folk blues por un repertorio de canciones judías. A tal fin escribió Masada: un songbook con más de 800 canciones breves (no más de dos o tres pentagramas) que se emplearon en alrededor de cincuenta grabaciones del cuarteto del mismo nombre, y variantes como Electric Masada y Masada String Trio, entre otras.
Dicho esto, Zorn asesinaría a quien ose definir al grupo como una cruza de klezmer con free jazz. "Masada tiene influencia sefaradí, pero también recibe influencia árabe y del surf -explica riendo en A Bookshelf -. Es una música despiadada que se nutre del jazz, el rock, la clásica, la étnica y todo lo que nos gusta. Hemos creado una música nueva y no pueden rotularla; no pueden volverla mercancía. Esta música ha sido marginada y trivializada por el dinero, la codicia y la estupidez de no ver las cosas como son."
Es imposible coincidir totalmente con Zorn. Al lado de los trabajos que lo entronaron como gurú del downtown , Masada es el proyecto más popular y vendedor de su sello, Tzadik; fama merecida, porque se trata de uno de los ensambles acústicos más importantes del jazz actual.
Un artista de la otredad
John Zorn no concede entrevistas. Las justificaciones varían según su humor: un día, posiblemente el menos inspirado, dirá que la música habla por sí sola; otro, que las preguntas lo deprimen; un tercero temerá que el periodista ajuste sus respuestas a la nota que armó de antemano. Y puede tener razón, pero tal actitud lo exime de tópicos que podrían incomodarlo. Como el de una publicación de la Universidad de Harvard que indaga el interés del músico por sus raíces. Según Michael Scott Cuthbert, autor del paper que puede leerse en Internet, Zorn no había demostrado interés por la tradición judía hasta que se lo fotografió vistiendo una remera con la estrella de David, en 1993. Ese año editó Kristallnacht , drama musical sobre el Holocausto, y lanzó el sello Tzadik, dedicado en parte al rescate de músicos de origen judío. Scott Cuthbert supone que el súbito compromiso tuvo un móvil insólito: tras vivir buena parte de los 80 en Tokio (donde trabó amistad con Yamatsuka Eye, Kato Hideki e Ikue Mori), Zorn se sintió rechazado por aquella cultura y, en consecuencia, se volcó a indagar sus raíces con característico empeño.
En 1995 llevó la idea de Masada al extremo: con un armonio grabó una serie de tonadas sefaradíes, acompañado por devaneos vocales de Yamatsuka Eye; les agregó frituras y ruidos de estática, para generar la ilusión de grabaciones encontradas en antiguos 78 rpm, e hizo responsable de éstas a Mystic Fugu Orchestra, un dúo compuesto por Rav Yechida y Rav Tzizit (obviamente, Yamatsuka y él). Para completar el artilugio, bautizó al disco Zohar e ilustró la tapa con un manuscrito medieval de Cábala. Pero Zorn detesta lo obvio, y publicó líneas del experto en cabalística Gershom Scholem en un alemán defectuoso, así como para Alef , debut de Masada, escribió en japonés sobre el significado de antiguas palabras hebreas.
Con atención al detalle, Scott Cuthbert puso de manifiesto lo que todos intuimos: John Zorn es un provocador. Pero a menudo es en esos desafíos, como el desengaño de una supuesta hipermusicalidad en "Cycles du Nord", (pieza hecha con generadores de viento), o "Forbidden Fruit", (Kronos Quartet frente a un scratching de vinilos de cuartetos de cuerda, cortesía de Christian Marclay), donde Zorn muestra esa otredad, que lo vuelve un artista único, indispensable.



