La búsqueda de la armonía universal
Hoy y mañana actuará su orquesta
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“A veces, leyendo un poema, escucho su música. No puedo explicar por qué. Tal vez hay en los versos algún elemento místico que hace nacer dentro de mí la melodía: todo mi esfuerzo consiste en registrarla.” Mikis Theodorakis no le tiene miedo a lo inexplicable: un artista, asegura, no puede hacer otra cosa que percibir –aun sin darse cuenta– el sonido de la armonía universal: “Es sólo un instrumento al servicio de esa ley divina”.
El lo ha sido. A los 81 años, lleva compuestas más de mil canciones, además de oratorios, cantatas, obras sinfónicas y música para el cine, el teatro y el ballet. Ha musicalizado a los poetas griegos antiguos y modernos, a los bizantinos y a los contemporáneos como García Lorca, Paul Eluard, Brendan Behan o Léopold Senghor. Todo eso, antes y después de que Zorba el griego lo convirtiera a los ojos de todo el mundo en una suerte de símbolo de la Grecia moderna. Y se siente feliz al pensar que esa creación inolvidable (“que proyecta el lado musical de mi patria”) siga sonando por ahí, infaltablemente, cuando llega la hora de la música griega. O cuando sube a escena, como lo hará esta noche y mañana en el teatro Coliseo, la orquesta popular que lleva su nombre, Mikis Theodorakis, que es como decir Grecia misma.
Hace tiempo que el venerable músico se alejó de los escenarios, aunque siga acompañando cada paso de la orquesta. En la respuesta al cuestionario que se le hizo llegar, cuenta que nació por iniciativa de los propios músicos, cuando en 1997 su salud lo obligó a abandonar el trajín de conciertos y giras. Su hija Margarita es coordinadora de la agrupación.
“Ya sé que no es habitual que existan orquestas estables de este tipo, pero es algo que impuso la singularidad de mi trabajo, que no se puede encuadrar en ninguna especie conocida de música (ni popular ni sinfónica) –dice Theodorakis, que prefiere contar la historia desde el principio–. En 1961 formé mi primera pequeña orquesta para salir de Atenas y llevar mi música a los barrios pobres y al olvidado interior de Grecia. Apenas habían pasado diez años del fin de la guerra civil; se vivía bajo un régimen policial y el pueblo tenía sed de cultura. Con esa formación, recorrí mi país, Alemania y la Unión Soviética. Después, cuando la junta militar me desterró, formé otra orquesta con colaboradores viejos y nuevos y con solistas como Maria Farantouri y Petros Pandis. Con ellos estuvimos dos veces en Buenos Aires y dimos unos 2000 conciertos en todo el mundo. Y cuando la salud me dijo basta, los músicos tuvieron la idea de formar esta orquesta para difundir mi obra. Un honor que debo al valor, la fe y la laboriosidad de sus integrantes."
A Theodorakis le gusta recordar las noches de su infancia en la isla de Lesbos, cuando su padre, entusiasta de la astronomía, le hablaba de planetas, constelaciones y galaxias. La bóveda celeste se convirtió en parte inseparable de su vida emotiva, y a la larga de su mundo espiritual, de modo que el mapa de su música bien podría ser considerado un reflejo de aquello que se grabó en su alma infantil, una primera experiencia que le hizo intuir -dice- esa teoría de la armonía universal que ha elaborado y que, en esencia, reproduce la que los pitagóricos formularon hace 2500 años.
-¿Cuáles han sido sus últimas creaciones?
-Yo había clasificado mis canciones en 77 ciclos considerando que a mi edad la inspiración me debía haber abandonado. Sin embargo, en abril, tras la lectura de poemas de un autor nuevo, Kostas Karteliás, compuse el ciclo número 78. Se titula Odisea.
-¿En qué medida han influido en usted la expresión folklórica griega y la tradición musical de Occidente?
-Las canciones y los himnos eclesiásticos bizantinos fueron mi primer y único alimento musical -comencé a los 12 años-, dado que la música sinfónica europea era entonces desconocida en mi país. Por otro lado, la poesía, las antiguas tragedias y la arquitectura influyeron profundamente en mí. Todo ello me llevó a la teoría de la armonía universal y su relación con el fenómeno de la música que esbocé en 1942. Para poder avanzar en la creación, sólo faltaba un paso. Y éste se dio con la audición casual de la Novena Sinfonía de Beethoven, que me convenció de que había nacido únicamente para crear un mundo musical que fuera reflejo fiel de esa armonía, así como lo son el Partenón o las concepciones poéticas de los trágicos antiguos. Desde entonces funcioné como un receptor de mensajes; lo único que debía hacer era mejorar mi técnica para que su traducción en música fuera cada vez más fiel y más completa.
Como prueba de su condición de receptor, dice, está el hecho de que aun cuando en los cincuenta pasó cinco años entre cárceles, campos de concentración y destierro nunca dejó de componer obras sinfónicas: "Esas horribles circunstancias no impidieron mi comunicación mística".
La academia y Zorba
"Por supuesto -añade-, debí estudiar toda clase de música académica, desde Palestrina hasta Xenakis. Sin embargo, debo decir que la tierra en la cual planté mi creación sinfónica fue la música que me alimentó desde un principio, en especial la bizantina. Sobre ese mundo, desconocido para Occidente, nacieron y nacen mis canciones. Incluso podrán descubrirlo en el Canto general (sobre Pablo Neruda), que forma parte del programa de la orquesta. Por otro lado entiendo esta obra como el fruto de una unión entre la poesía latinoamericana y el universo musical bizantino.
- Zorba el griego fue un momento decisivo en su carrera.
-Debo mi reconocimiento como compositor a ese film. Esto por un lado es bueno ya que es una obra que aprecio porque (no nos olvidemos) lleva el sello de Nikos Kazantzakis y el espíritu de nuestra patria común, Creta. Pero, por otro lado, el sol de Zorba hace sombra sobre el resto de mi obra, que permanece desconocida. Volviendo a lo inexplicable: ¿No es mágico que un tema musical con solamente dos notas encuentre tan fuerte eco dentro de cada hombre, sea de donde fuere?
-¿Con qué criterio se eligió el programa que ofrecerá la Orquesta?
-Se van a oír algunas de mis canciones más conocidas, temas que hice para el cine ( Zorba , Z o Sérpico ), así como seis fragmentos del Canto general adaptados especialmente para esta orquesta y el conjunto vocal Trífono. La elegí porque pienso que se vincula con vuestra tradición, y eso deriva de la gran difusión que tuvo mi trabajo con el conjunto vocal chileno Los Calchakis en el film Estado de sitio , de Costa-Gavras, referido a una época dura de la historia latinoamericana.
De sus visitas anteriores, guarda dos recuerdos nítidos. "La primera vez, en 1972, era la etapa final de un gobierno militar. Un día a la salida del Luna Park escuchamos gritos. Salí a ver: unos policías a caballo perseguían con palos a chicos y chicas que corrían buscando refugio. Algunos, sin dejar de correr gritaban al reconocerme «Gracias, Mikis». ¿Puede pedirse una gratificación más plena?"
El segundo recuerdo está asociado a Pablo Neruda, que se había comprometido a hacer la gira con él para recitar algunos versos del Canto genera l. Pero no vino. Lo llamaron a Santiago desde el Luna Park. "Discúlpeme -le dijo el poeta-, el reuma me impide viajar. Pero le prometo que la semana que viene estaré a su lado en el concierto que va a dar en Santiago." No hubo tal concierto: se avecinaba el golpe militar contra Allende y Theodorakis debió esperar 20 años para poder tocar su obra en Chile. Neruda, claro, ya no estaba.
Su opinión acerca de la situación actual del mundo -tema que no podía faltar- puede resumirse en una idea: "Si no se transforman las industrias de la guerra en industrias de paz, es en vano esperar que pueda existir en el futuro para todos los pueblos libertad, democracia, progreso, cultura, paz".
Precisamente los valores por los que él luchó toda su vida.
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