La canción y su tradutore traditore
La congoja sobre la que Jacques Prévert escribió en francés no planteaba dificultades de traducción: "Oh, cómo quisiera que recuerdes/los días felices en que fuimos amantes./Entonces la vida era más bella/y el sol más ardiente que hoy./Las hojas muertas se pegan a la piel,/los recuerdos y las penas también/y el viento del norte los lleva/ a la fría noche del olvido".
Eso es lo que decía la introducción a "Las hojas muertas" cuando Yves Montand la cantó por primera vez, pero al llegar a la Argentina, en la voz de Elena de Torres y adaptada al castellano por Ben Molar, había cambiado a "¿Oyes el viento que llora al pasar?/es nuestro amor con su triste gemir/son hojas muertas tu amor y mi amor/que nunca, nunca podrán revivir", una seria deformación pero preferible a la síntesis en inglés del mismo tema realizada por Johnny Mercer, que directamente extirpó el poema inicial.
Eran los años cincuenta del siglo pasado, cuando no había canción medianamente exitosa a salvo de similares procesos de transformación, en los que se modificaban las palabras, el argumento, la extensión y hasta el sentido con tal de que pudiera ser cantada en otro idioma manteniendo la melodía que se había hecho conocida.
Versiones, denominaban a estas paráfrasis que coexistían legítimamente con los versos originales y en ciertos casos sobrepasaron su popularidad, como ocurrió con el fado "Coimbra", una cariñosa celebración en portugués de esa ciudad escuchada universalmente cuando se convirtió en "Abril en Portugal", con su poesía degradada en la opción española ("Abril en Portugal/tu luna es ideal/allí todo es amor/y ríe el corazón") y totalmente arruinada cuando Louis Armstrong la grabó en inglés: "Encontré mi sueño de abril/en Portugal, contigo/cuando descubrimos un romance/como nunca conocimos".
También sorprendió más de una vez que hits aparentemente restringidos al mal gusto del país de origen viajaran hacia una gloria todavía mayor en el exterior por la facilidad de adaptarlos a cualquier idioma. "Oh mein Papa", por ejemplo, sensiblería alemana de muy bajo nivel que en 1954 fue número uno en todo el mundo y aquí también, transcripta por Nicola Paone para Elder Barber, una especie de Lolita Torres de los pobres que -se tratara de "Jambalaya", "Aveva un babero", "Blacksmith blues" o "Sous le ciel de Paris"- todo lo cantaba en castellano, incluidas sus especialidades, "Canario triste" y "Canario rojo", envíos belgas que encontraron en Sudamérica su mayor audiencia.
* * *
Ahora, cuando la mayoría de los álbumes vienen con un libreto donde verificar la fidelidad a las letras y nadie se atrevería, no ya a traducir a otra lengua sino siquiera a expurgar el vocabulario de "La lechera", de Pibes Chorros, o el de Eminem en toda su obra -basta con advertir a los padres que se trata del mismo repertorio de groserías que sus hijos utilizan en casa- la idea de canciones con significados distintos según el idioma en que se cante parece pertenecer al territorio de la literatura fantástica.
Pero aunque no fue un gran aporte creativo, tampoco se llegó al exterminio masivo del cancionero popular. En el traslado se perdía lo que era demasiado tonto para encima traducirlo, pero quienes hacían ese trabajo eran especialistas en manejar poesía menor y tenían la habilidad de glosarla sin perder el ingrediente melódico o rítmico que había gustado en alguna parte.
La mayoría de aquellas adulteraciones ya sólo se recuerdan con intención burlona y como una curiosidad de época, mientras que los buenos temas sobrevivieron intactos, favorecidos en algunos casos por versiones sensibles que se han convertido en clásicos paralelos, como es el caso de "Beyond the sea", un triunfo de Bobby Darin que Robbie Williams ha vuelto a poner de actualidad y ahora es más conocido que la gran obra de Charles Trénet en que se basa: "La mer".





