La cantata para América mágica de Ginastera

Pola Suárez Urtubey
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25 de noviembre de 2016  

Para el cierre en el Colón de los homenajes del teatro por los cien años del nacimiento de Alberto Ginastera se ha elegido, con mucho acierto según creo, la Cantata para América Mágica, una de sus obras más atractivas. Recordemos que cuando Ginastera usa la palabra "mágica" en el título, le da a aquélla el sentido de "primitiva". Es que el autor partió de la base de que han coexistido dos corrientes en la formación cultural y espiritual del continente americano: la etapa mágica o precolombina y la cristiana. Y estaba convencido de que la primera no ha muerto por completo, sino que se mantiene viva y se la percibe en algunos momentos como si se tratara de una invencible vena poética y musical que los primeros cristianos recogieron en las avanzadas culturas mayas, aztecas e incaicas.

De aquellas colecciones han sido extraídos los poemas que forman el texto de la Cantata para América mágica, sólo que el compositor, en colaboración con su primera esposa, Mercedes de Toro, los ha adaptado o refundido con el objeto de darle una continuidad épica a esa poesía. Y así, desde el "Canto a la aurora" con que se inicia la parte vocal hasta el "Canto de la profecía" final, se asiste a la grandeza y destrucción de un mundo que sucumbe por voluntad impostergable de una nueva civilización que llega de lejos. Los poemas, en la adaptación de sus autores, se dividen en cinco partes, con una sección intermedia que ocupa el cuarto lugar, un "Interludio fantástico", que es puramente instrumental.

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La obra está escrita para voz de soprano, orquesta de percusión y dos pianos, usados éstos como instrumentos percusivos. En realidad la Cantata ejemplifica la manera como Ginastera ha podido concebir una obra orgánicamente unitaria a través de la serialización de todos los parámetros, como ser series de alturas, intensidades, timbres, densidades sonoras, etc. Esta serialización no sólo abarca los instrumentos que producen sonidos, sino que se establecen series de seis alturas diferentes entre los seis timbales, las seis cajas, los seis tambores de madera y los tres platillos que forman grupo con los tres tam-tams. Digamos por último que, además de utilizar el cromatismo ordenado serialmente, Ginastera recurre a cuartos de tono. Desde el punto de vista rítmico, la obra, naturalmente, se explaya en todo tipo de combinaciones y posibilidades. Al lado de pasajes de rítmica racional, hay predominio de multirritmia por el empleo simultáneo de valores irracionales. En cuanto a la voz, está sometida en forma casi permanente a un tipo de canto de bravura, con amplios intervalos, siempre en la búsqueda de una dramaticidad enervante. En cuanto al tratamiento instrumental, hay momentos densos, al lado de pasajes sonoramente delicados y poéticos, muy transparentes.

Si sumamos el hecho de que este concierto que promete el Colón incluye además una obra tan extraordinariamente hermosa como es Las bodas de Stravinsky, su audición resulta imperdible.

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