La cultura del gallinero
Me encantó poderle preguntar a mi madre, hace unos días, cómo funcionaba el gallinero en aquella casa de ciudad provinciana donde transcurrió mi infancia. Pero mucho más me gustó que me contestara lo que yo quería oír de ella: tanto el gallo como las gallinas y los pollitos morían allí de muerte natural. A nadie se le habría ocurrido mandar a "la Negrita" o a "la Batarasa" (cada cual con su nombre) a la cacerola o al horno. Con ese afecto que teníamos hacia nuestras aves de corral pude explicarme con el tiempo que tantos compositores les dedicaran parte de su genio e ingenio. Uno de ellos fue Rameau, que escribió una preciosa piecita para clave titulada "La poule" (La gallina), en la que, con pleno dominio del estilo rococó y del "galant" musical francés, se las ingenió para describir, en el modo de sol menor, un larguísimo co-co-co-co-co-co-ro-có en los sonidos del teclado. Dos siglos después, Respighi le rendiría homenaje a la gallinita de Rameau en una obra orquestal.
Con el tiempo llegaron muchas otras fantasías, algunas con ropaje tan suntuoso y sarcástico como el de la ópera de Rimsky-Korsakov "El gallo de oro" y otras tan provocativas como el "Renard" de Stravinsky, donde el gallo resulta fácil presa del zorro, el protagonista que da nombre a ese genial hallazgo de teatro musical. Y también surgieron aquellas deliciosas creaciones de Mussorgski, llamadas a describir "La cabaña de Baba Yaga sobre patas de gallina", o la "Danza de los pollitos al salir del cascarón", obra maestra de refinado humorismo, que forman parte de sus "Cuadros de una exposición".
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Todo esto se me ocurrió cuando el secretario de Cultura de la Nación nos mandó al gallinero. Afortunadamente, el exabrupto del funcionario ha provocado en toda la sociedad una reacción beneficiosa y fructífera, como es la de tomar conciencia de dónde estamos, qué podemos esperar y cómo debemos actuar. Lo malo es que los argentinos hemos sido muy duramente maltratados en esta última semana, no sólo por el "genéticamente provocador" secretario, sino por el arzobispo de Resistencia que nos calificó de "fallutos, ladrones y groseros". Me temo que en cualquier momento el ministro de Justicia nos llame "ladrones de gallinas", para redondear la idea. En mi opinión conviene ser firmes y estar bien ubicados: nadie pretende que se alimente a un chico muerto de hambre con una sinfonía de Mahler, porque nadie es tan estúpido. Pero tampoco debemos renunciar al derecho de velar por nuestra salud espiritual. Que no se nos vaya la vida amargándonos por obra de quienes nos humillan. Justamente, la cultura que hemos recibido de los grandes gobernantes, científicos, artistas e intelectuales del pasado argentino, y de nuestros propios padres, esa herencia que mantenemos y cultivamos día tras día como a una florcita, debe convertirse en nuestra más saludable herramienta de paz, de alegría y de plenitud.
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