La deliciosa austeridad de Adriana Calcanhotto
"Público", recitales de Adriana Calcanhotto (voz y guitarras), presentados por Alfiz Producciones en La Trastienda.
Nuestra opinión: excelente.
Cuando hace un año y medio Adriana Calcanhotto emprendió en su país el espectáculo "Clandestino, o ilegal, inmoral o engorda, o Si el amor es fantasía yo me encuentro en pleno carnaval" -que finalmente derivó en su CD en vivo "Público" (y en este show que ahora llega a Buenos Aires)-, quiso que fuera "un recital de voz, guitarra y silencio". De ahí la austeridad: en escena, bajo un móvil que aquí apenas si tiene espacio para mostrarse como tal, están solamente el banquito donde ella habrá de sentarse, las tres guitarras con las que se acompañará, su microsystem de audio, la hoja de papel donde está escrito un poema de Waly Salom‹o y el plato y el cuchillo que a su hora serán inesperados auxiliares de la percusión bahiana.
No necesita más: todo es administrado en el recital con economía y elegante precisión. Incluida la voz, que es maleable y circula fluida por las complicadas ondulaciones de sus melodías. Y el magnetismo personal, que se va adueñando lenta y deliciosamente de la colmada platea hasta seducirla por completo cuando remeda gestos de Caetano al emprender su antropofágico homenaje al ídolo, cuando marca con el pie el ritmo de los versos del posmoderno "Polyvox" o cuando al final deja su asiento e insinúa unos breves pasitos de danza sobre el ritmo de la contagiosa "Maresía".
Todo en la artista gaúcha responde a esa singular contención: hace lo máximo con lo mínimo a fuerza de poesía y música. Sin demagogias ni concesiones: su show, en el que no caben exotismos ni euforias carnavalescas de exportación, es el mismo que recorrió Brasil. Está hecho de canciones urbanas -samba o rock, baladas pop o bossa nova- cuyas riquezas poéticas Adriana desentraña en las sutilezas de la media voz, con la inteligencia, la sensibilidad y la discreción de quien tiende un puente entre la palabra cantada y el público.
Por esa especial atención que presta a los textos y por la multiplicidad de sus intereses culturales puede entendérsela como heredera de los artistas del sesenta; también cabe encontrar en su concisión la huella de Jo‹o Gilberto; en su humor, la de Caetano; en sus imágenes, la de los poetas concretos, pero Adriana Calcanhotto sortea todas las etiquetas. Y se ha ganado un lugar importante sin renunciar a su espíritu abierto ni sacrificar su placer personal. Canta lo que le gusta, y ese deleite se contagia.
Una notable autora
No sería exagerado afirmar que lo más sustancioso del programa lleva su firma: ahí están los ejemplos de "Vambora", "Metade", "Uns versos" e "Inverno", bellas piezas de separación o de saudade. O los de "Esquadros" e "Mentiras", dos de los hits que recuperó de su segundo album, "Senhas", y que fundaron su popularidad.
Pero Adriana prefirió otros títulos para empezar el show: un viejo samba de Assis Valente; la espléndida "Mais feliz", de Dé, Bebel Gilberto y Cazuza, y la pegadiza y encantadora pieza de António Cícero y Paulo Machado que después usaría para despedirse bailando. Si alguna sombra de nerviosismo despuntó en esas versiones, ellas se esfumaron en seguida con el auxilio de Jobim-Vinicius y su "Ela é carioca", con la que la artista cosechó la primera gran ovación y cuyo tema volvería a asomar incidentalmente en "Cariocas", uno de sus clásicos más festejados.
Su fino sentido del humor, que brota en algunos recursos expresivos mechados en las canciones (a veces, Adriana canta sobre las consonantes), se evidenció también en los comentarios que intercaló en portugués ("para no usar el portuñol, que es peor") a lo largo del programa. Alguno para explicar por qué canta "Devolva-me", vieja balada pop que le quedó en la memoria desde la infancia y que ahora ella convirtió en éxito, o para señalar que en "Traduzir-se", poema de Ferreira Gullar puesto en música por Fagner, descubrió una vez dónde estaba el camino que quería seguir. Y si cantó en español, no lo hizo para complacer al auditorio sino porque así figuraban en el programa original.
Igual, no le hubieran hecho falta tácticas compradoras. Hay en ella un secreto encanto que viene de algún lugar impreciso: el modo discreto y elegante con que se instala en escena, la brevedad de los gestos, la serenidad de su mirada franca, la chispa juguetona que sugiere la sonrisa, el clima cálido e intimista que crea a su alrededor. Ese encanto, contenido también, asoma en sus grabaciones, pero crece en vivo hasta darle al show su pulso, su atmósfera y su respiración. Por eso, hubo una expresión que muchos tuvieron a flor de labios al concluir la segunda presentación porteña de esta gaúcha de nacimiento y carioca de corazón: "Una delicia".





