La guerra perdida de Jiang Qing
Al frente de la llamada Revolución Cultural, intentó acabar con el "arte decadente y burgués"
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La historia no ha sido piadosa con la figura de Jiang Qing, la última esposa de Mao Tsé-tung y compañera de gran parte de sus luchas militares y políticas. El retrato que perdura es el de una mujer agresiva y cruel, que no reparaba en usar una brutal dialéctica revolucionaria al servicio de sus ambiciones de poder.
Los retratos negativos se repiten en crónicas, libros, piezas de teatro y hasta en una ópera, "Nixon en China", de John Adams. Adams creó el papel de Jiang Qing para una soprano de coloratura, el mismo registro usado por Mozart en "La flauta mágica" para caracterizar a la Reina de la Noche, una de las grandes archivillanas de la lírica.
La acción de la ópera se desarrolla durante la histórica visita a China del presidente norteamericano Richard Nixon, en 1970. Para ese entonces, el poder de Mao estaba contrabalanceado por el de otros dirigentes y los días de gloria de su esposa habían quedado atrás. Esos días habían sido los de la llamada Revolución Cultural Proletaria de 1966, cuando Jiang Qing pudo favorecer a sus amigos, cobrar un despiadado desquite de sus enemigos y hasta acariciar el sueño de constituirse en heredera de un imperio.
En el momento de su casamiento con Mao, en 1939, Jiang era una actriz a punto de cumplir sus 25 años (el líder tenía entonces 46) que desde su adolescencia militaba en el comunismo. Sus ambiciones ya habían puesto sobre alerta a los dirigentes del politburó, que sólo dieron consentimiento al matrimonio de Mao con la expresa condición de que su mujer quedara al margen de toda actividad política. Limitada por esa cláusula humillante que le impedía desarrollar una carrera propia, Jiang acompañó a su marido en las luchas armadas y, después de la victoria final, en 1949, en la organización de la República Popular.
Fue en el terreno de la cultura donde Jiang comenzó a desarrollar su lucha por un espacio propio de poder. A partir del pronunciamiento de Mao de que el arte debía estar al servicio de la causa revolucionario, Jiang inició en la década de 1960 una implacable revisión de todas las expresiones artísticas del país, en especial de las producciones teatrales y cinematográficas. Poco antes, entre 1956 y 1957, con el lema "Que broten cien flores", Mao había estimulado a los intelectuales a exponer "en forma constructiva" sus críticas a la dirigencia. Los resultados no fueron halagadores y esto generó una nueva ola de represión. Por la misma época, el líder inició otra etapa en el proceso de industrialización y de socialización de la economía, conocida como el Gran Salto Adelante. El fracaso de este programa debilitó la posición de Mao como jefe del Estado y dentro del Partido Comunista.
Pero estaba dispuesto a volver a tomar todo el poder y a utilizar a su esposa como el principal instrumento.
Jiang encontró que la producción artística estaba lejos de reflejar los ideales revolucionarios. Lo que comenzó como un proceso crítico se convirtió pronto en una ola de terror. La primera dama visitaba a los artistas y a sus asociaciones para instarlos a seguir la línea del líder. Recorría los teatros y hablaba directamente con actores, músicos y bailarines incitándolos a enfrentar a sus directores y reaccionar contra el arte decadente y burgués. Es curioso que el producto más celebrado de esta nueva escuela haya sido el ballet "El destacamento rojo de mujeres", que desarrolla un tema revolucionario en las formas más tradicionales de la escuela de danza occidental.
Una extraña combinación
La Opera de Pekín, con su tesoro de tradiciones, fue el principal escenario de las reformas. Había que terminar con los viejos dramas de princesas y emperadores, guerreros y monstruos. Había que dar lugar a la presencia y la voz de los millones de obreros y campesinos, a las luchas populares.
Para desarrollar estas nuevas formas, Jiang Qing impulsó un método que a muchos artistas debió de parecer soñado en el infierno, la llamada "combinación de tres en uno". El proceso creativo era desarrollado por tres grupos: los dirigentes políticos, los autores y las masas. Los dirigentes fijaban el tema que los autores debían desarrollar; luego las masas, que conocían el tema por su propia experiencia, discutían la obra, daban su opinión y proponían cambios. Este método de tres en uno serviría de modelo para los comités revolucionarios instaurados durante la Revolución Cultural.
A comienzos de 1966, Mao y su esposa estaban listos para la gran batalla. Con la pregunta "el poder del Estado, ¿debe estar en manos del pueblo o de la burocracia del Partido, que quiere llevar a China al capitalismo?", el líder convocó a las masas a la lucha. Jiang Qing encontró que los dirigentes supuestamente encargados de orientar a los estudiantes estaban en realidad tratando de neutralizarlos. Se puso al frente de los "guardias rojos", los millones de jóvenes que salían a las calles a pedir cuentas a los dirigentes. Uno a uno vio caer a sus enemigos, entre ellos el presidente Liu-Shaoqi y el futuro jefe del Estado Deng-Xiaoping. El movimiento arrasó los cuadros políticos y universitarios. Miles de intelectuales fueron desterrados a zonas rurales pobres, expuestos a la miseria y el hambre.
El resultado fue el caos político y el atraso económico. Un año más tarde, la Revolución Cultural estaba terminada. Mao Tsé- tung nunca recuperaría la plenitud del poder. Después de su muerte, en 1976, su esposa y los otros tres integrantes de la llamada "Banda de los cuatro" fueron procesados como responsables de los desmanes de la Revolución Cultural. La sentencia de muerte de Jiang Qing fue conmutada y se la condenó a prisión perpetua, luego transformada en arresto domiciliario. Enferma de cáncer, la viuda de Mao Tsé-tung se suicidó en 1991.
En la ópera de Adams, el aria que introduce al personaje de Jiang Qing comienza con la línea "Soy la señora Mao Tsé-tung", y la frase encierra un significado que va más allá de la simple presentación. Alude a la vez al logro y la frustración de las ambiciones de Jiang Qing y de otras mujeres encumbradas gracias al matrimonio, pero que fracasaron en su intento de crear una base de poder propio en un mundo dominado por los hombres.
Desde ese punto de vista, algunas intelectuales chinas han iniciado una revisión de la figura de Jiang, prestando más atención a la complejidad de su carácter, a las circunstancias que debió atravesar y al hecho de que la imagen construida por sus detractores repite algunos arquetipos convencionales de maldad femenina.




